Para la recepción de los caballeros se observaban formalidades particulares.
El cap. LVIII de la regla prevenía que cuando algún caballero, queriendo huir o
renunciar el mundo, desease entrar en la milicia del Templo, no fuese admitido en
seguida, sino que, siguiendo el consejo de San Pablo, se probase antes si el espíritu
era de Dios. Justificado éste, se accedía en cierta manera a su petición y se le
leía la regla, y entonces era cuando el maestre y los demás hermanos determinaban
si habían de recibirle o no en la Orden. Admitido ya, y cumplido el término de las
demás pruebas preparatorias, se señalaba día para su solemne recepción. Para ésta
se reunía todo el capítulo, y la ceremonia solía celebrarse durante la noche en
una iglesia de la Orden. El aspirante, sin capa y sin espada y con la sola túnica,
esperaba a la parte de afuera con su padrino; y el gran maestre o gran prior que
presidía el capítulo diputaba por tres veces consecutivas dos caballeros templarios
profesos a preguntar al postulante de parte del gran maestre; en la primera quién
era y qué se le ofrecía, y en las otras dos si era verdad que quería ser admitido
en la milicia del Templo. Después de sus tres respuestas afirmativas, era introducido
con ciertas ceremonias en la iglesia. Arrodillado entonces en medio del respetable
capítulo y a los pies del gran maestre pedía por tres veces "el pan y el agua y
la sociedad de la Orden". El jefe le decía en seguida: "Caballero, vais a contraer
grandes obligaciones; tendréis que sufrir muchos y dilatados trabajos, y habréis
de exponeros a peligros eminentes. Será preciso velar cuando quisierais dormir;
soportar la fatiga cuando desearíais descansar; sufrir la sed y el hambre en ocasiones
que ansiaríais comer y beber; pasar a un país cuando os placiera quedar en otro".
Después de esta corta alocución el mismo superior le hacía estas preguntas:
"¿Sois caballero? ¿estáis sano de cuerpo? ¿habéis contraído esponsales? ¿sois casado?
¿habéis pertenecido ya a otra orden? ¿tenéis acaso deudas que no podáis satisfacer
por vos mismo o por medio de vuestros amigos?" Cuando el aspirante había respondido
de una manera satisfactoria, pronunciaba los tres votos de pobreza, castidad y obediencia
en manos del gran maestre, consagrándose al mismo tiempo a la defensa de la tierra
santa. Recibía en seguida el manto de la Orden con la cruz y la espada, y los caballeros
que habían asistido a la ceremonia le daban el abrazo o acolade y el ósculo de fraternidad,
con cuyas ceremonias quedaba recibido templario.
El cap. LXII de su misma
regla prohibía recibir en ella muchachos pequeños hasta que estuvieran en edad de
poder echar varonilmente a los enemigos de Cristo de la tierra santa, y a fin de
evitar que después, siendo ya hombres hechos, faltasen a lo que sin la reflexión
suficiente prometieron.
La fórmula particular de la profesión de los caballeros
era la siguiente, según se cree lo dejó prevenido San Bernardo y se hallaba manuscrita
en la abadía de Claraval.
"Yo N. caballero de la orden del Templo prometo
a N. S. Jesucristo y a su romano Pontífice N. y sucesores que legítimamente entraren,
perpetua obediencia y fidelidad para siempre. Y a más prometo sujeción, castidad
y obediencia a Vos el R. N. maestre de la orden del Templo y sucesores, según los
estatutos de los monjes del Cister, delante de Dios y de sus Santos, cuyas reliquias
se conservan en este lugar que se llama N. de la Orden de los templarios. Así Dios
me ayude y estos Santos Evangelios".