Discurso de 1780 a un Recién Iniciado
Manuscrito MS 5921-10 depositado en la Biblioteca Municipal de Ley
Sabio e iluminado discurso para la recepción
de un aprendiz francmasón, recibido de Italia y originario de Alemania,
1780.
Nota escrita a mano por J. B. Willermoz, puesta al dorso del discurso
La Masonería es un secreto que subsiste desde que el mundo fue creado.
Este secreto ha ido pasando de generación en generación hasta nuestros
días, y así lo continuará haciendo hasta el fin de los siglos. Este
secreto, resulta impenetrable no tan solo a los profanos, si no también
para los masones tibios, perezosos y superficiales. Ser masón, es pues
buscar sinceramente el merecer ser iniciado en nuestros misterios.
Para tener idea de esta búsqueda, es preciso ser guiado; la naturaleza
se encarga de inspirarnos este sentimiento. Todo hombre nace con el
deseo de ser feliz, todo hombre nace con el deseo de la virtud. Pero la
naturaleza por sí sola no es suficiente para perfeccionar al hombre,
ella lo sabe bien, y ella misma lo motiva a consultar la razón. Ésta lo
recibe y le proporciona todos sus cuidados; la razón no rechaza jamás a
aquellos que a ella se abandonan.
Del concurso de cuidados e impresiones de la naturaleza y la razón se
forma la educación. La educación de dos tan excelentes guías solo puede
producir la perfección. La perfección en el hombre, es el amor por la
justicia; nuestra tercera guía será pues la sabiduría.
La naturaleza, la razón y la justicia quieren la felicidad del hombre,
no
ya solamente en la otra vida, sino también en ésta. Todo lo que existe
ha sido creado para el hombre, es preciso pues que goce de todo ello,
pero sólo lo puede hacer a título de gracia: su poder no es más que un
depósito, tiene el usufructo, pero no puede creerse el propietario. Debe
pues hacer valer esta repartición gozando de sus ventajas, pero no puede
apropiarse del depósito, debe estar siempre dispuesto a renunciar a ello
y no contemplarlo como su única posesión.
Con la vida, el hombre ha recibido el libre albedrío, es decir que,
situado entre el bien y el mal es libre para elegir. Se le hace ver toda
la felicidad que debe sacar siguiendo el bien que ya conoce y se le
amenaza con los más crueles tormentos, si se libra a un enemigo
peligroso que también se le muestra. Aquí, el impío clama la injusticia,
porque quiere seguir esta última decisión, mientras que el justo, al
contrario, bendice a su Creador que, por ello, otorga al hombre rango
por encima de los ángeles. El justo y el impío tienen su libre albedrío,
¿por qué entonces este contraste.
Por que la presunción se desliza en el hombre en ayuda de los
conocimientos que él adquiere, si no tiene el sumo cuidado de
relacionarlos con el solo objetivo para el que le han sido dados. Toma
un camino equivocado y marcha por él con seguridad. Seducido por la
apariencia, se abandona por entero al lenguaje adulador de su enemigo
que solo busca su ruina, celoso de la superioridad y de ser suplantado.
Una vez que el hombre ha perdido de vista la verdadera luz, o que
impelido por una criminal curiosidad, quiere servirse de aquella que le
ha sido dada, para sobrepasar los límites que le son prescritos, no hace
más que caer de error en error, recorriendo espacios inmensos, mientras
su presunción le hace contemplarlo todo como simples medios para
alcanzar el término que se ha propuesto. Éste término esta claro que no
es otro que la verdad o la felicidad, pero privado por su culpa de la
antorcha que ha dejado atrás, no hace más que murmurar, por que las
tinieblas le impiden ver que no está en la buena vía. En lugar de la paz
y la verdad que busca, no encuentra nada parecido, antes al contrario,
toda suerte de penas. El remordimiento y la confusión se amparan de él,
habrá viajado mucho, habrá trabajado mucho, pero en tanto siga en este
camino, no encontrará nada.
Solo después, asqueados y fatigados de tanta búsqueda inútil, después de
tanto esfuerzo mal empleado, después de haber enjuagado todas las
fatigas del cuerpo, del alma y del espíritu, es cuando finalmente,
volviendo a esa primera inclinación por lo verdadero, lo bueno y lo
bello, abjuramos de nuestros errores, nos sacudimos los prejuicios y
volvemos sobre nuestros pasos en ayuda de nuestra conciencia
trastornada. Es cuando el grito de nuestros guías bienhechores se hace
oír imperiosamente; nuestros guías que buscan sin descanso recuperar sus
derechos sobre el hombre.
Pero para volver a encontrar la verdadera felicidad, es preciso que se
someta, que se resigne, que haga el sacrificio de lo que tiene como más
querido, que renuncie a sus derechos, que sufra la muerte y la privación
de todo lo que había poseído. Y si se somete a este castigo del todo
merecido por su rebelión, el hombre ingrato y perverso obtendrá su
gracia, cuando sólo aguarda su destrucción. ¿Cuál es este amigo generoso
que intercede por él? es su Creador, es la sabiduría misma.
¿Qué se exige todavía del hombre? Nada más que las consecuencias
necesarias de su pecado: la vergüenza, el remordimiento, el trabajo, la
pena y los males.
En cuanto el hombre vuelve seriamente sobre sí mismo y encuentra este
rayo de luz que todos hemos recibido, si hace éste examen con el deseo
sincero de conocerse, de conocer a su autor y la perpendicular que los
une, si el deseo lo conduce a la práctica más escrupulosa de sus deberes
que ya conoce. Si por el contrario el desaliento y el asombro estéril no
hacen mella en él, si es constante con la sinceridad, la constancia y el
fervor, el hombre se servirá provechosamente de este fulgor para
alcanzar la gran Luz. Pero no olvidemos que esta recompensa debe ser el
fruto de un largo y penoso viaje, que aún y habiéndonos hecho indignos
en el pasado de ella nos es dada bajo un nuevo signo de confianza y bajo
las pruebas más auténticas de nuestra fidelidad, nuestra prudencia y
nuestra sumisión.
Hasta aquí el hombre que estamos considerando no está ni desnudo ni
vestido, no sabe todavía desenmarañarse muy bien por sí mismo, no puede
conciliar sus inclinaciones y sus facultades, se sorprende de su
libertad, se compara; la fidelidad, el amor y la confianza le son
ordenadas, se somete a ellas, y su arrepentimiento, su penitencia y su
confesión le hacen merecer la gracia. Es llevado hacia ella en tanto que
el recuerdo de las circunstancias de su creación le hacen concebir toda
la nobleza de su origen.
Pero el hombre solo adquiere lo que desea consultando la naturaleza, la
razón y la justicia; la primera es la puerta en la que debe llamar, la
segunda es el camino que debe seguir y la tercera el objetivo al que
debe aspirar. Entrad pues en vos mismo, estudiaros y llamar para ser
oídos; buscad en la sabiduría y fuera de lo material lo que solo ella
puede haceros encontrar, y pedir al autor de toda justicia la
inteligencia de lo que habréis buscado y encontrado.
El hombre librado a sus pasiones y en las tinieblas esta ofuscado; su
origen y su fin no los tiene presentes. Olvida la parte espiritual que
entra en su existencia, para solo librarse a su parte animal y material.
Se degrada ocupándose solamente de lo temporal, y en tanto que está en
este estado de adormecimiento, no puede elevarse más allá, incluso no
percibe nada, porque es él mismo quien pone un espeso velo entre él y la
luz.
Pero cuando el velo cae, percibe con los votos del deseo y la confianza,
lo que su espíritu ofuscado por las pasiones no le permitía ver. Tres
grandes estrellas se presentan ante él, son los tres mandamientos que
encuentra grabados en su corazón...
El hombre había recibido el uso de los metales, como un depósito y no
como una propiedad, pero equivocado por la concupiscencia, abusa de ello
por el uso desmesurado que hace del mismo. Había que despojarlo de ello.
Todas las pasiones pueden ser inocentes, si éstas no se hacen criminales
por el abuso que el hombre haga de ellas. Entregarnos estos dones, de
los que habíamos sido despojados con merecimiento, es entregarnos la
gracia de hacer un buen uso de los beneficios de la naturaleza; pero
sólo podemos volver a nuestros derechos que con un corazón puro, fruto
del arrepentimiento y de una buena resolución.
La excelencia del hombre esta efectivamente apoyada sobre tres columnas
o tres impresiones que encuentra grabadas en su corazón, si acaso quiere
examinarlo; éstas no son otras que las tres virtudes teologales. Sin su
práctica, todo edificio moral se viene abajo, estando el hombre así
mismo apoyado sobre la fuerza, la sabiduría y la belleza que nos
representan la divinidad; el hombre mismo y los elementos; la
naturaleza, la razón y la justicia; lo espiritual, lo animal y lo
material; la inteligencia, la concepción y la voluntad, etc.
Los aprendices en el norte del Templo para dedicarse a la obra, a la
espera que hayan adquirido la fuerza y los conocimientos de los trabajos
masónicos, es decir, que al hombre al que se hace vislumbrar
conocimientos que cree más allá del alcance de su espíritu, tiene
necesidad de un poco de espacio y reflexión para acostumbrarse a las
ideas que deben nacer en él, estas nuevas nociones, a las que cree que
la razón repugna; y a menudo toma por su razón al cuerpo de
consecuencias que sus prejuicios hacen sacar ciertas falsas nociones que
ha recibido o que se ha dado. No resulta tarea fácil vencer estos
prejuicios y vencer su voluntad, pero es sin embargo un sacrificio
necesario y es condición previa para adquirir nuevos conocimientos.
Pero estos nuevos conocimientos le parecen al candidato como una piedra
bruta en manos de un tallador inexperto. Esta piedra es informe, sus
conocimientos lo son también. Los primeros golpes de cincel dados sobre
esta piedra, aunque la van cortando, no parecen darle todavía forma
alguna; de igual modo nuestras primeras búsquedas hechas sobre una
verdad encubierta no nos aportan tampoco nada de positivo. Pero
infaliblemente, si actúa con deseo, amor, y confianza, el verdadero
masón se abrirá un camino a la perfección de la misma manera, que con la
práctica, el tallador inexperto logrará escuadrar su piedra en sus
justas y requeridas proporciones. La ignorancia o el error le harán
contemplar aquello que busca como un caos que aún no sabe como ordenar,
como una luz envuelta todavía en las más espesas tinieblas que es
preciso disipar. Son necesarios tiempo y reflexión para ordenar las
nuevas ideas, vencer los prejuicios y adoptar nuevas nociones sobre
asuntos que, el espíritu enemigo de la materia, no ha podido ni dejar
suponer a aquellos que lo han despreciado.
Siendo la recompensa proporcional al mérito de cada uno, el hombre que
no se halle todavía en el estado a que nos referimos, no puede pretender
una satisfacción que razonablemente vaya más allá de su mérito actual.
Hay diversos lugares en el templo; la columna J. esta destinada a la
paga de los verdaderos aprendices. El significado de esta columna quiere
decir: "confianza en Dios".
¡Ah!, ¿no es acaso una gran recompensa el haber obtenido el
convencimiento de que debemos poner toda nuestra confianza en aquél del
que todo lo hemos recibido?. ¿Quién sino puede darnos nuestra
recompensa?. Sabemos ya que otro que no él nos ha hecho equivocar, y que
vanamente hemos buscado fuera de él, lo que sólo podemos encontrar en
él. Es pues en este estado de sincero retorno a él cuando el hombre
recibe su paga, ya que, cuando este retorno es realmente sincero, es
infaliblemente seguido de una dulce emoción, la cual es más fácil sentir
que expresar. Uno entiende claramente que no se encuentra al final del
camino, pero al menos, goza de la satisfacción de verse en la buena ruta
que conduce al objetivo deseado, y por alejada que se encuentre la luz,
ésta es tan grande que ilumina el camino a aquel que la busca
sinceramente.
Relegados a la parte septentrional del porche del templo, es decir, aún
absorbidos por el recuerdo de nuestros errores y nuestras faltas,
rodeados aún de las consecuencias de nuestra prevaricación, no podemos
recibir nuestra paga si no bajo las tres condiciones siguientes: el
arrepentimiento, la penitencia y la confesión de nuestra culpa,
representadas por el signo de la cuádruple escuadra, por un sincero
ejercicio del culto que nos es prescrito, y un santo uso de la plegaria
que nos es enseñado.
Para terminar este discurso, convengamos, Hermanos míos, que el hombre
no puede recibir esta gracia, esta favor insigne deseado por todos,
aunque poco conocido, que cuando el hombre, queriendo salir
absolutamente de las tinieblas y el error, busca de buena fe la sólida
luz, que indignado de su propia presunción, solo quiere seguir la
virtud, y que convencido de la existencia de un ser perfecto, deposita
toda su confianza solo en él, en quien reside la verdadera Logia, justa
y perfecta, la fuerza, la sabiduría y la belleza.
El aprendiz que apenas sabe deletrear y en absoluto escribir, nos es una
buena representación del hombre, tímido observador de la ley que quiere
seguir, pero incapaz de hacerse un plan exacto de sus deberes, ni una
aplicación justa de sus conocimientos. Salido de las tinieblas de la
ignorancia y el error, solo puede acostumbrarse poco a poco a las nuevas
nociones que a duras penas puede entrever, y de las que solo mediante
los distintos grados, hacerse una idea justa y proporcionada.
Este número tres, ¿no tendrá acaso relación con los tres mandamientos,
las tres virtudes teologales, las tres personas de la trinidad, con
alguna época determinada y con alguna alianza?.
La luz preside el trabajo, las tinieblas el reposo. Todo lo que el
hombre hace debe ser digno de la luz, y si por error busca las
tinieblas, parecidamente al primer hombre, mostrará la confusión de su
conciencia. Siempre es tiempo de hacer el bien, puesto que para los
masones, la hora siempre es antes del mediodía y tiempo para ponernos a
trabajar. Si buscamos la luz con decisión la encontraremos; el desánimo
es una verdadera renuncia a la luz.
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