El Aprendiz y sus Misterios Primer Grado
Dr. Jorge Adoum
CAPÍTULO IV
La Iniciación Egipcia y su Relación con el Hombre
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41. Todo aspirante debe comprender los misterios de la Iniciación antigua
para entender y practicar, a conciencia, la verdadera Iniciación moderna.
Todos los Misterios Antiguos eran símbolos de hechos futuros que deben suceder.
Para comprender la Verdad debemos estudiar los símbolos antiguos que constituyen
el camino más directo a la Sabiduría.
42. Los egipcios practicaban la Iniciación en la Gran Pirámide. Ese monumento
maravilloso jamás fue tumba de faraón alguno, como pretenden demostrar algunos
expertos. La Gran Pirámide es fidelísima copia del cuerpo humano y podemos
decir, simbólicamente, que es la tumba del Dios Íntimo que se halla dentro
del hombre. Para volver a la Unidad con el Dios Íntimo, el hombre debe buscar
su propia Iniciación en su mundo interno, tal como en los tiempos antiguos
el principiante debía penetrar al Interior de la Gran Pirámide en busca
de la Gran Iniciación. Todas las religiones y escuelas materializaban y
continúan materializando los misterios, por dos razones: para velarlos a
los ojos de los profanos y para facilitar su comprensión por el candidato.
43. Amedes le dice a Sethos, cuando llegan al pie del misterioso Santuario
de la Iniciación: “Sus caminos secretos conducen a los hombres amados por
los dioses a un fin que ni siquiera puedo nombrar. Es indispensable que
ellos hagan nacer en sí el ardiente deseo de alcanzarlo. La entrada de la
Pirámide está abierta a todo el mundo, pero compadezco a quienes tienen
que buscar la salida por la misma puerta cuyos umbrales franquearon, no
habiendo conseguido sino satisfacer muy imperfectamente su curiosidad y
ver lo poco que les es dado contar”. Sin embargo, el aspirante insiste en
su propósito de recibir la Iniciación y escala, detrás de su Maestro, el
lado norte de la Pirámide hasta llegar a una puerta cuadrada, siempre abierta,
de reducidas dimensiones (tres pies de largo y tres de alto), que da acceso
a un pasadizo estrecho. El discípulo y su guía lo recorren arrastrándose
con dificultad. El guía va delante con una lámpara, símbolo del saber humano,
que apenas alumbra su camino. La palabra Pirámide viene de pyr, fuego, o
sea espíritu. La Iniciación en la Pirámide equivale a la comunicación con
los grandes misterios del Espíritu, “la Unión en el Reino de Dios Interno
con el Padre”. El fuego de que se habla aquí no es el fuego material, ni
tampoco el fuego o luz de los soles, sino otro fuego, mil veces más excelso:
el del Pensamiento.
44. La Gran Pirámide Iniciática, a la que penetraba el candidato, es el
símbolo de nuestro propio Cuerpo. En efecto, ¿dónde, si no en él, nos iniciamos,
más o menos, a lo largo de la vida y de las vidas?. En esta Gran Pirámide-Cuerpo
nos iniciamos evolutivamente, hasta llegar a la condición de Adeptos Divinos,
iniciadores, a nuestra vez, de los seres inferiores a nosotros. La puerta
estrecha de la Pirámide es la misma puerta estrecha del Evangelio, que conduce
a la salvación. Está siempre abierta, pero para entrar por ella, el hombre
debe inclinarse o doblarse, conduciéndose a sí mismo al mundo Interno con
el pensamiento. El pasadizo angosto es el camino abrupto y penoso que conduce
al Reino de Dios dentro del cuerpo, porque el camino de la perdición es
ancho, dice Jesús; el Guía es el buen deseo o aspiración y el candidato
es el hombre.
45. Después de muchas angustias, de breves instantes que le parecen siglos,
el aspirante llega a una habitación de regulares dimensiones (dentro de
la caja torácica). Allí lo reciben dos Iniciados (dos intercesores: el YO
SUPERIOR y el ÁNGEL DE LA GUARDA ). Ambos son creados por el propio hombre,
con la mejor de sus aspiraciones presentes y pasadas, pero no debe hacerles
pregunta alguna. Más, como el aspirante ignora esta prohibición, trata de
pedirles explicaciones, pero se le informa que no debe malgastar su tiempo
ya que no obtendrá respuesta a nada, pues los intercesores no son sino sus
propias criaturas (y solamente el Dios Íntimo puede dar respuestas verdaderas).
Esos dos intercesores llevan el pensamiento al mundo interno y entran en
un largo corredor que conduce al borde de un precipicio profundo e insondable
(el precipicio de las tentaciones de los deseos, que conduce a la parte
inferior del cuerpo físico; el aspirante debe ser tentado con esta prueba
y tiene que bajar al pozo oscuro de su propio cuerpo).
46. Una luz, emanada del intelecto, puesta al borde, le permite apreciar
el peligro de la espantosa caída (cuando el pensamiento se dirige a ese
mundo inferior y en él se deleita). Mirando con atención, el aspirante distingue
unas barras colocadas a un lado de la negra cueva y que permiten, aunque
no sin riesgo, el descenso (del pensamiento) por ellas, a los hombres de
mente firme y ánimo imperturbable. El aspirante prefiere bajar para no sufrir
las dificultades del regreso. A bastante profundidad terminan las gradas
(las costillas) sin llegar aún al fondo. En la última grada (la del vientre)
busca una solución al terrible problema y entonces encuentra en la pared
una abertura o ventana angosta por donde puede entrar a otro corredor, siempre
descendente, pero en forma de espiral estrecha. Al fin de ese pasadizo,
el neófito tropieza con una sólida puerta. La empuja, ella cede, pero al
cerrarse tras de él, golpea en los quicios y produce un fragor infernal.
47. Sigue adelante, mas otra grada le corta el paso. Al aproximarse ve que
continúa un corredor bajo y estrecho, sobre cuya entrada brilla una inscripción:
“Todos los que recorren esta senda, solos y sin mirar atrás, serán purificados
por el fuego, por el agua y por el aire. Si consiguen vencer el miedo (de
la mente) a la muerte, saldrán del seno de la tierra (de la profundidad
del cuerpo humano), volverán a ver la luz (del Sol, en el corazón) y tendrán
el derecho de preparar el alma para recibir la revelación de los misterios
de la gran Diosa Isis (los misterios de la naturaleza humana)”. (Desde su
entrada por la puerta de la Pirámide, o por su propio corazón, el aspirante
ha tenido que avanzar, hasta aquí, por cuatro corredores que se comunican
entre sí mediante aposentos o gradas). El pensamiento, durante esa penetración,
tiene que recorrer los cuatro corredores que unen y comunican los cuatro
poderosos centros mágicos del cuerpo humano, que llevan a las cuatro etapas
inferiores del mundo interno siguiendo las leyes cósmicas de la involución;
pero, una vez llegado a la última etapa, comienza nuevamente su ascenso
tras haber sido probado, en su evolución, por el fuego, por el agua y por
el aire.
48. El aspirante sigue el camino de la Iniciación. Aunque nadie lo vea,
está siempre vigilado por sus intercesores: a la menor debilidad, acudirán
presurosos y, por otros pasadizos, lo conducirán a la puerta de entrada
para que se reintegre a la Luz y a la vida exterior, no sin haber jurado
que a nadie referirá lo ocurrido. El perjuro será terriblemente castigado,
porque ese descenso a las etapas ínfimas confieren al aspirante los poderes
de las tinieblas y ¡ay de quien se atreva a comunicar a los demás esos poderes
o los utilice para fines personales!. Al final del oscuro corredor, el aspirante
encuentra a tres iniciados que tienen la cabeza y el rostro cubiertos con
la máscara de Anubis. (Hay tres iniciadores de los tres cuerpos, que nos
guían por esas etapas antes de que lleguemos al altar de los Misterios Mayores).
49. Esa puerta es, en la Iniciación, la puerta de la muerte. Uno de los
enmascarados dice al aspirante: “No estamos aquí para estorbar tu paso.
Puedes continuar si los dioses te conceden el valor que necesitas; sabe,
sin embargo, que si traspasado este lugar, llegas al fuego sagrado de tu
Divinidad y tratas, en cualquier momento, de retroceder, aquí estamos para
impedir que huyas. Hasta ahora eres libre de retroceder; mas, si sigues
adelante, perderás la esperanza de salir de estos lugares sin obtener la
victoria definitiva. Aún es tiempo: ¡decídete! Si renuncias, aún puedes
salir por este corredor (que da hacia el mundo exterior) sin volver la vista
atrás; si avanzas, sigue el camino del frente (que te conduce al centro
de la médula espinal), por el cual debes subir al cielo. Debes recorrer
ese camino sin vacilación (si no quieres ser retenido en tu propio infierno).
Escoge”.
50. Tras responder el aspirante que nada le arredrará, los tres guardianes
lo dejan pasar, cerrando la puerta (la cuarta). Otra vez queda solo en un
largo pasadizo en cuyo extremo advierte un resplandor. A medida que avanza,
la luz se vuelve más intensa, hasta ser deslumbradora. Luego llega a una
sala abovedada donde, a lado y lado, arden piras enormes cuyas llamas se
entrecruzan en el centro (la base de la columna vertebral). Esa parte está
cubierta por un enrejado incandescente. Los clavos le impiden al aspirante
poner el pie en un lugar donde no arriesgue quemaduras y, al transponerlo,
hay no solamente el peligro de perecer abrasado sino también el de morir
asfixiado en ese ambiente irrespirable. Cerrando los ojos penetra en la
habitación ígnea; pero ¡Oh increíble encanto!, al tocar los pies el enrejado
fino (cuando el pensamiento puro penetra sin temor en el fuego sagrado),
las llamas desaparecen, las hogueras se apagan al instante y el paso por
ellas se vuelve posible sin temor a que se trate de una mera apariencia:
es una realidad tangible. En las entrañas sobremanera misteriosas de nuestro
cuerpo, como en las de nuestro planeta, arde, según la física, un gran fuego
y duerme, según la metafísica, un fuego más intenso aún: el fuego del pensamiento
Cósmico. Esos fuegos, ocultos a la vista del profano que vive fuera del
Templo, son vistos y sentidos por el Iniciado.
51. Juan decía a sus discípulos: “Yo os bautizo verdaderamente con agua;
pero el que vendrá después de mí os bautizará con fuego y con el Espíritu
Santo”. Juan, el asceta, la mente carnal, no puede comunicar a sus discípulos
mayor sabiduría que la de losmisterios relacionados con el ámbito de la
materia, cuyo símbolo es el agua, mientras que la sabiduría que comunicaría
Jesús, como Iniciado en los Misterios superiores, era el propiofuego de
la Sabiduría, nacido de la verdadera Gnosis o real Iluminación Espiritual.
52. Debemos comprender aquí la naturaleza de ese fuego. Dijimos ya que no
se trata del fuego físico sino del aspecto superior de ese elemento. La
prueba del Fuego Superior a que se somete al aspirante en la Iniciación
Interna, lo pone frente a sí mismo, o sea la naturaleza divina frente a
la naturaleza terrena. Es el viaje de regreso, el viaje mental a su propia
Divinidad. Debe atravesar para ello las esferas de los Señores de la Llama,
así como las atravesó en su viaje de involución o descenso. El Poder Ígneo
del hombre es lo que lleva a la Humanidad a su prosperidad espiritual y
material y da origen a los Maestros y Guías de las Naciones. En esas esferas
residen los Señores de la Llama y cuando el aspirante a la vida superior
los evoca por la Iniciación Interna, dentro de la parte inferior del cuerpo
Sus llamas consumen lo inferior, lo mezquino, lo denso y lo grosero y lo
convierten en Dios Omnipotente. Esas llamas, en el cuerpo humano, constituyen
el Fuego Creador y son las emanaciones del Espíritu Santo - Tercer aspecto
del Dios Íntimo -; por ellas el hombre se acerca a su Divinidad. Para poder
atravesar el mundo de las llamas divinas son necesarios un pensamiento y
un cuerpo puros, castos y fuertes. El Mundo de los Señores de la Llama tiene
siete divisiones, como los demás mundos, pero esas etapas o divisiones se
penetran mutuamente. En la parte superior gobierna el Dios Ígneo de la Luz
y en la parte inferior domina el demonio del humo. En la Humanidad actual
predomina el elemento ígneo con humo y por ello hay guerras de destrucción,
particularmente con fuego e incendios, al paso que los Iniciados tratan
de dominar el mundo por medio de la Luz pura y no por medio del Fuego destructor.
El fuego del Sol Central y su representante en la cabeza arden más no queman,
a la manera de la zarza de Horeb, mientras que el fuego del sol físico quema
y arde por su rebelión contra el Sol Central, como sucede en el cuerpo físico.
53. El pensamiento es un poder que tiene sonido, calor y forma. Una vez
dirigido hacia la parte inferior del cuerpo, asciende el fuego sagrado,
mas la Pureza del pensamiento y su castidad eliminan del fuego su humo y
su calor destructivo y dejan solamente Su Luz, y Dios es Luz. Entonces el
Iniciado es elevado por los Ángeles de la Luz al Trono de la Luz. Todo hombre
debe pasar por esas etapas, mas los que toman el camino del regreso, ascendiendo,
son los magos blancos o hijos de la Luz, mientras los que se detienen en
esas esferas se convierten en magos negros o hijos de las tinieblas. En
ese viaje mental el Pensador procede a la iniciación de sus átomos; únicamente
la pureza y la castidad pueden librarlos del Infierno del Fuego y tinieblas
para conducirlos al Cielo de la Luz pura, libre de todo humo y ardor. El
hombre que domina sus instintos se hace servir por esos dioses elementales
del Fuego.
54. Siguiendo luego por otras galerías, dentro de su propio organismo, el
aspirante iba a desembocar en la líquida extensión que invadía toda la amplitud
de un subterráneo. En el otro extremo se distinguía, al fin, una escalinata.
Era preciso vencer el peligrosoobstáculo y, consecuentemente, el aspirante
se desnudaba, rápido, y, sosteniendo sus ropas enrolladas en lo alto de
la mano con que sujetaba la lámpara, se valía de la otra para nadar y vencer
la corriente de las aguas agitadas (de los deseos). Antes de serle autorizado
el ingreso para llevar a término sus deberes de sacerdocio en el mismo santuario,
el aspirante debía ser sometido a la prueba del agua. El divino Jesús cumplió
esa ley en el Jordán, donde pasó por el rito místico del bautismo de agua.
Dícese que entonces el Espíritu Santo descendió sobre Él. Cuando el aspirante
se somete a la prueba del agua siente que se desprende de su cuerpo físico
y de sus cinco sentidos; esta separación es parcial, como la que se experimenta
en los momentos de entrada al sueño. El hombre, pasando primero por la prueba
del fuego y luego por la del agua, sigue la misma evolución del planeta
Tierra, que un día fue ígneo y que, al enfriarse por el contacto con el
espacio, generó humedad que, al evaporarse, se elevaba y luego caía hasta
que llegó a ser agua. De modo que, por la acción del calor y el frío, se
formaron los espíritus de la tierra, del agua y del aire que hasta hoy siguen
conformando el cuerpo humano. O sea que esos elementales nos acompañan desde
la remota edad de nuestra formación física. Una vez descritos los elementales
del fuego, debemos decir algo sobre los del agua, o ángeles del agua, distinguiendo
siempre entre el agua física y sus elementales.
55. En la Iniciación interna, después de vencer los elementales del fuego,
dominando el instinto, el Iniciado tiene que dominar los elementales del
agua o de los deseos. Y es preciso distinguir la diferencia que existe entre
el instinto y el deseo. La prueba del agua es el símbolo del vencimiento
del cuerpo de los deseos. Debe advertirse al candidato que, para regresar
al Cielo del Padre, a la Unión con Él, tiene que deshacerse de los groseros
goces de la carne sin menoscabar su inclinación a los gozos espirituales.
El fuego que radica en la parte inferior del cuerpo es el del instinto;
el de los deseos se encuentra en el hígado y ambos influyen en la mente,
con participación de ella. El Aprendiz, después de seguir por otras galerías
en su cuerpo, llega al hígado, morada del cuerpo de los deseos. El Rey elemental
del agua reside en esa víscera que dirige sus huestes en el cuerpo por medio
de los deseos. Nuevamente debemos insistir en la necesidad de no confundir
el agua con su elemento superior, que es el Deseo, así como no debe confundirse
el cuerpo con el Espíritu. El mundo de los elementales del agua es como
un vapor diáfano; sus habitantes son seres vivos e inteligentes que intensifican
nuestros deseos e impresiones. Los elementales del agua se apoderan de la
sustancia mental para adoptar la forma deseada; sin embargo, al verlos desde
adentro, se asemejan a una constelación y por eso los ocultistas llaman
mundo astral al mundo de los elementales del agua, por su similitud con
los astros.
56. Cuando el Iniciado vence ese mundo y ese cuerpo astral de los deseos
en su hígado, puede penetrar en la inteligencia de la naturaleza y levantar
el velo de Isis. El hombre que se entrega a la satisfacción de sus deseos
groseros se encuentra asido por estos, como por un pulpo: ellos se apoderan
de los átomos mentales para crear formas con las cuales encadenan al hombre.
Esos elementales tienen sus escuelas internas dentro del hombre, aunque
dan sus enseñanzas solamente a las personas que los dominan y ese dominio
debe basarse en el amor. Los elementales del agua admiran y respetan mucho
a los seres que se sacrifican por los demás y a los que enfrentan el peligro
para salvar a los náufragos. Las siete divisiones de ese mundo están pobladas
por elementales de desarrollo diferente. Los inferiores nos incitan a los
deseos bajos, mientras que los superiores nos enseñan la sabiduría de las
edades pasadas, cuando la chispa Divina del hombre penetraba en la densidad
de la materia. Cuando un hombre domina sus deseos, los elementales del agua
acuden a servirle con obediencia, buscando así llegar a la inmortalidad
por medio de la energía que reciben de lo Íntimo del hombre.
57. Al llegar a la otra orilla, el neófito se vestía y, tras un breve descanso,
comenzaba a subir la escalinata en cuya cima había una plataforma fronteriza
y una gran puerta con dos argollas fijas a ella, como llamadores. Al empujarla,
perdía apoyo en el descansillo y el neófito quedaba en el aire, colgado
de las manos, sacudido por un furioso vendaval y sin lumbre, por haber dejado
caer la que llevaba, para agarrarse a las argollas. Después de algunos momentos
de angustia y terror, que debían parecerle eternos, cesaba el viento. El
neófito volvía a sentir, bajo sus pies, el terreno firme del descansillo
y, ante sus ojos atónitos, se abría la puerta para ponerle delante un magnífico
templo intensamente iluminado. La prueba del aire pertenece al mundo mental.
58. En la región abstracta del mundo de la mente habitan los elementales
del aire, que desempeñan un papel importante en la evolución del hombre.
Allí se encuentra también nuestra mente propia, heredada de nuestro pasado
remoto. Los elementales superiores del aire poseen la inspiración en cualquier
ciencia o arte; los inferiores se interesan mucho por los fenómenos espirituales.
En la Iniciación interna el neófito debe dominar los elementales inferiores
para ser servido por los superiores. Una vez dominados los primeros y servido
por los otros, el hombre llega a la omnisciencia, pudiendo entonces conocer
o, mejor, reconocer las historias del pasado y ver el futuro. Podrá saber,
con exactitud, la hora de su muerte y librarse de los tormentos ilusorios
y alucinantes de las regiones del Infierno y el Purgatorio. Los elementales
del aire estimulan y guían nuestra mente hacia los pensamientos altruistas
y elevados, gracias a la visualización interna. Con tal visualización podemos
concentrar y aprender todas las ciencias y religiones del pasado y, al mismo
tiempo, crear nuevas ciencias y religiones de mayor perfección.
59. Cuando un hombre domina el fuego sexual en la prueba del fuego, impregna
la región de su mente con sus átomos luminosos, solares, cuyo brillo infunde
profundo respeto a los elementales del aire. Por su omnisciencia llega el
Iniciado a saber la razón de las cosas sin necesidad de pensar en ellas,
porque ese saber está dentro de nosotros mismos y, para comprenderlo, no
debemos vacilar. Entonces el hombre no huye del peligro porque sabe de antemano
lo que va a suceder y cómo ha de ponerse en lugar seguro. Los elementales
del aire son los depositarios de los archivos de la naturaleza; todo cuanto
desea saber el hombre lo encuentra en los archivos, en manos de esos elementales
que habitan dentro de nosotros. Los elementales del aire son los que leen
los pensamientos ajenos y comunican esa lectura al hombre, a quien respetan
y sirven. Jamás se manifiestan a la gente orgullosa o vanidosa. Son muy
amigos de los simples y humildes y por ello vemos que muchas verdades salen
de boca de los niños y de los pobres de Espíritu, como dice el Evangelio.
Nos dice también que, después de su tentación en el desierto, Jesús fue
servido por ángeles que no eran otros que los elementales superiores del
aire. Nadie que sea orgulloso de su mente y su saber humano logra dominar
a las Potestades del Aire, como las llama San Pablo, pese a que son muy
obedientes a los que alcanzan el dominio mental por la concentración, siempre
que esta tenga una finalidad constructiva.
60. El orgullo y la magia negra pertenecen a la división inferior de esos
elementales. Muchas veces enloquecen y enferman a sus médiums y producen
en ellos perturbaciones mentales. La Legión que fue dominada por Jesús y
sacada de los dos locos sensitivos que vivían en los cementerios, era la
división inferior de los elementales del aire, porque hay personas que se
dedican a la nigromancia y otras ramas de la adivinación, sea por lucro
personal o por vanagloria, y caen en las redes de los elementales inferiores
al ejercer tales dones de manera inadecuada. El mundo mental inferior es
dominado por el Enemigo oculto en nosotros. Él tiene a sus órdenes a las
huestes inferiores del aire, mientras que los elementales superiores son
huestes del Pensador Padre de la creación, que los envía al hombre en forma
de intuición o de inspiración superior a través del corazón. Los superiores
son defensores de los órganos delicados del cuerpo astral, mientras que
los inferiores los rompen para dejar pasar, por las roturas, ciertos conocimientos
del más allá.
61. La concentración del Adepto o Santo puede compararse a una evaporación
de la Inteligencia para llegar al conocimiento de los misterios ocultos;
mas las provocaciones de los espiritistas, hipnotizadores y otros, tienen
por objeto la materialización de lo sutil y diáfano para poder juzgar a
través de los sentidos físicos. El primer método espiritualiza la materia;
el segundo materializa lo espiritual creyendo, de ese modo, poder conocerlo.
Todo discípulo que se vanagloria de sus poderes ahuyenta de sí a los elementales
superiores del aire.
62. La mente humana tiene, en sus movimientos, analogía con el aire: así
como no se puede retener ni dominar el aire, sólo consigue dominar el pensamiento
quien alcanzó, en su Iniciación, los grados superiores. La finalidad de
la Iniciación externa es dar al aspirante un símbolo de la dominación de
sus pensamientos después de haber dominado sus instintos y emociones. Esa
es la única verdad que lleva a la Unidad. Una vez terminadas sus pruebas
y vencedor en todas, entraba el aspirante en su magnífico Templo Interior,
iluminado por la Luz divina.
63. Desde el altar avanzaba el Sacerdote, lo felicitaba por su firmeza y
valor, le ofrecía un vaso de agua pura, símbolo de su Iniciación y perfeccionamiento
moral. En seguida, se arrodillaba ante la triple imagen de Osiris, Isis
y Horus, la Trinidad Sagrada. Siguiendo ese maravilloso relato en el mundo
interno podemos llegar a significados sorprendentes. Cuando el aspirante
triunfa en sus pruebas internas dentro de su propio Templo- Cuerpo iluminado,
llega hasta su corazón, el Altar del Dios Íntimo; entonces se adelanta a
recibirlo el Gran Sacerdote, el símbolo del Hombre Perfecto, que es el Átomo
Nus que vive siempre cerca del Altar Divino en el hombre y está esperando
al discípulo en su viaje mental para guiarlo hasta su propia Divinidad.
El Átomo Nus, después de felicitarlo, le da de beber el agua de la Vida
Eterna como recompensa a su llegada al Reino de su Padre Interno. En seguida,
arrodillase frente al Altar, ante las tres representaciones del Dios Íntimo
que son: el Poder, el Saber y la Manifestación, la Trinidad Sagrada.
64. Pero todavía no está unido con su Íntimo: se encuentra, apenas, ante
sus atributos. Con esa ceremonia concluía la primera parte material de la
Iniciación. El aspirante tuvo el valor y la fuerza necesarios para su adelanto;
pero eso no es todo: aún le falta saber si, no habiéndolo vencido el terror,
no lo avasallarán las seducciones del bienestar, de la pasión y del placer.
Para demostrarlo, y sin que el aspirante lo advierta, en el transcurso de
su educación iniciática debe ser tentado como Jesús en el desierto, a fin
de apresurarse a cumplir sus obligaciones de vida pura y dominio de los
apetitos y sensaciones. Si venciera sería un discípulo de la Iniciación;
si, por el contrario, lo venciesen sus apetitos y pasiones, sería sentenciado
a permanecer en la categoría inferior hasta que aprenda a vencerse a sí
mismo.
65. Durante las pruebas morales y la meditación el aspirante aprende, en
las escuelas internas, toda la sabiduría: el significado de las ceremonias
religiosas, la simbología, la conciencia y la magia de los números y letras,
la relación de la astronomía con su propio cuerpo, que lleva a la astrología
hermética. Aprende el poder de la palabra y del pensamiento y sus efectos,
manejando el poder magnético e hipnótico, y recibe gradualmente la ciencia
de la Magia y el modo de utilizarla.
66. Más, para llegar a la cima del poder, debe preparar sus tres cuerpos:
el cuerpo físico, el cuerpo de los deseos y el cuerpo mental, de los cuales
salió vencedor en las pruebas. Domina el cuerpo físico por medio del ayuno
y el ascetismo. El ayuno purifica y el ascetismo domina sus sensaciones
venciendo la sed, el frío, el calor, el cansancio, el sufrimiento y todas
las molestias materiales. Debe mantener el cuerpo limpio, dormir poco, trabajar
mucho; su alimentación debe ser buena y natural y no debe beber sino agua.
67. Domina el alma o cuerpo de los deseos matando las pasiones, la ambición,
el ansia de poseer, el bienestar personal, el egoísmo, etc. Debe lograr
ser indiferente a las alegrías y los dolores, a los placeres y sufrimientos,
de modo que nada altere jamás su tranquilidad de pensamiento. En este periodo
tiene que aprender ciertas obligaciones místicas, rituales y costumbres,
prácticas y oraciones. Para dominar su tercer cuerpo, que es el mental,
debe dedicar todos sus pensamientos al mundo interno, silencioso en sus
meditaciones, enviando su poderosa voluntad a distancia para cumplir ciertos
deberes. Desde ese arte puede llegar a los planossuperiores de la Vida Espiritual,
donde se alcanza la Iluminación y el conocimiento de la verdad. El dominio
de los tres cuerpos es necesario para la última prueba que equivalía al
coronamiento de toda la Iniciación. Significaba la renuncia completa a todo
lo vulgar y terreno para alcanzar la suprema Luz, que sólo brilla ante los
ojos cerrados por la muerte física.
68. Esta última prueba consistía en colocar al discípulo en un sarcófago.
Metido en él, debía pasar, inmóvil, toda la noche, entregado a una meditación
profunda y a rezos especiales. En esas condiciones realizaba la proyección
del cuerpo astral según los métodos que le habían enseñado, y su cuerpo
invisible, arrastrado por las corrientes de los mundos superiores, ascendía
a las alturas donde se le decía la última palabra, donde conocía el último
secreto de la Verdad absoluta. AI rayar el día siguiente, se levantaba del
sarcófago otro hombre: un Adepto, perteneciente a la suprema Jerarquía de
la Iniciación. Sus poderes eran indescriptibles, y sus obligaciones y responsabilidades,
espantosas. Nadie sino un Maestro de la Sabiduría Secreta sería capaz de
hacerles frente.
69. La entrada al mundo astral exige el dominio de los tres cuerpos arriba
indicados: el aspirante debe ser puro en el cuerpo físico, en el cuerpo
de los deseos y en el cuerpo de los pensamientos o, en otros términos, puro
en pensamientos, deseos y obras. La Verdad es interna y, para llegar a ella,
debemos entrar en nuestro mundo interno y hacer de nuestro cuerpo físico
un sarcófago. Gracias a la meditación profunda y a la oración mental, el
espíritu penetra en las corrientes divinas y asciende hasta el Padre que
“dará al vencedor el maná escondido y le entregará una piedrezuela blanca
y, en ella, un nuevo nombre escrito, que nadie conoce sino aquel que lo
recibe”. Al final indicaremos los ejercicios adecuados para estos ensayos.
70. Hay quienes creen que los templos de la Iniciación se extinguieron antes
de la Era cristiana. Tal vez sea verdad, pero no debe olvidarse que, si
la Iniciación Egipcia desapareció, otras Iniciaciones, más importantes y
más prácticas, surgieron del judaísmo y que el Cristianismo nos trajo la
más acabada. Hoy se nos dice que conviene ir a buscar en el Tibet la palabra
perdida; que en las cimas inaccesibles del Himalaya está el retiro misterioso
de los Maestros. No negamos “la existencia de seres excelsos en esa región,
pero debemos comprender siempre que el Himalaya es también un símbolo, igual
que la Pirámide de Egipto, de cuanto permanece en el mundo interior del
hombre. La entrada invisible sigue abierta; la senda, hoy como entonces,
existe. No la pueden recorrer sino quienes ponen en práctica los cuatro
consejos de la Esfinge, guiados por un propósito decidido y desprovisto
de curiosidad malsana. Dondequiera que estén, pueden hallar el camino porque
los Maestros Internos velan y su atención llega a todas partes. Hablamos
de la Iniciación Egipcia que se celebraba en la Pirámide y de su relación
íntima con el cuerpo humano. Ahora hablaremos de la Iniciación Hebraica
que, aunque
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