Instrucción 09
Instrucciones A Los Hombres De Deseo
Louis Claude de Saint Martín



De la Reintegración de las Formas

Mis hermanos,

Todo lo que comenzó tuvo un principio, y todo lo que fue creado debe terminar. Es un axioma inconmovible, generalmente acepto, tanto por los hombres espirituales Divinos, atemporales, como por los hombres materiales temporales. Mas, como la indagación es bien diferente, voy a hablaros de la reintegración de las formas, con el auxilio del Eterno.

Ya vimos como el número ternario, 3, es el del cuerpo, por sus tres esencias espirituales; el senario, 6, es el de su división, representando los seis pensamientos que el Creador empleó para la creación universal general y particular. El número novenario, 9, es el de la reintegración. En el principio de la producción de un cuerpo, como en la formación de una criatura en el cuerpo de su madre, esa simiente reproductiva nos representa en su primer principio la materia en su indiferencia, las tres esencias no tienen todavía ninguna distinción, y estando en relación unas con las otras, sin forma; pero, tan pronto ellas están en la matriz, reciben un movimiento que parte del grado de fuego que allí se encuentra, y que es producido por la acción de los espíritus del eje del fuego central y de los espíritus elementares que, accionando sobre el vehículo de la mujer, comienzan a trabajar, modificar y diferenciar las esencias. En el momento en que son diferenciadas, el embrión toma forma; lo que ocurre al final de los 40 días, por un número de experiencias reiteradas, para repetir siempre a toda la posteridad de Adán el pecado de su primer Padre, cometido en la cuarta hora del día, para repetirle su penitencia de 40 días, su reconciliación luego de cuarenta años, lo que fue repetido por Noé, Abrahán, Moisés y definitivamente por nuestro Divino Maestro Jesucristo cuando ayunó 40 días sobre la montaña del Tabor. En el cuadragésimo día, el espíritu menor desciende en el cuerpo, el envoltorio, o en la prisión, que acaba de serle hecha, y comienza, desde este instante, a experimentar un sufrimiento, porque la mayor pena que un espíritu pueda sentir es la de estar limitado en su acción. Consideremos un momento la posición de ese ser. Tiene los dos puños apoyados sobre los ojos; envuelto en el amnión (la más interna de las membranas que envuelven al feto), nada en un fluido de corrupción, privado del uso de todos sus sentidos espirituales, Divinos y corporales; recibe el alimento por los abismos de su forma, sometido a tan grande privación que no se agarra a la vida sino por aquella de un ser casi tan débil como él; que participa de todas sus penas, sus sufrimientos y sus males. ¡Oh! ¡Crimen de nuestro primer Padre! He aquí el justo castigo que tú mereces. La justicia del Eterno sometió toda la posteridad de Adán a pasar por las mismas vías.

Consideremos aquí, Mis hermanos, que el ser espiritual Divino que está en el cuerpo de la mujer está encerrado bajo tres velos espesos: el primero, su propia forma; el segundo, el de su madre; y el tercero, el del universo. En el momento que sale del cuerpo de su madre, no está preso sino en dos velos: el de su forma y el del universo; y, en el instante que hace su feliz reintegración, no le queda sino el del círculo universal. He aquí un bello ternario: el menor, en el cuerpo de su madre, 1; el menor en este universo, 2; y el menor reintegrado, 3; lo que prueba aún la hechura de este universo, o los seis pensamientos, por medio de la adición de estos tres números que dan 6. En su primer principio, Adán, revestido de su forma gloriosa, dominaba por encima de todo este universo, sin estar subyugado. Por su

 

crimen, lanzó a toda su posteridad abajo de la escala que ella quedó obligada a ascender.

El número novenario, 9, es el de la reintegración y de la destrucción, porque subdivide las tres esencias que, en su principio, no contenían sino un número ternario por su unión: mercurio, azufre y sal, 3. Mas como en la parte mercurial existe una mixtura, porque todo lo que tiene forma es mixto, en la parte mercurial se encuentra azufre y sal, 3; en la parte sulfurosa se encuentra sal y mercurio, 3; y en la parte de la sal se encuentra azufre y mercurio, 3/9. Lo que los hace denominar mercurio, azufre y sal, es que esas tres partes dominan en cada una de esas mixturas; pero, en el instante en que el hombre alcanza, grado por grado, su formación perfecta, él organiza y perfecciona lo que se puede denominar vegetación; comienza su reintegración, inexorable, antes de todo como había sido su formación, hasta el momento en que, al fin, comienza su reintegración completa por la disolución o la división de las esencias.

En el primer principio, el germen conteniendo las tres esencias da inicio a la producción de la forma. En el momento en que el hombre nace, los elementos de las tres esencias, 3, le dan la vida, y todo el tiempo de su duración aquí abajo. Pero, en cuanto las tres esencias cesan su producción y la vegetación, ellas comienzan su reintegración, 3, subdividiéndose, esto significa que su unión en el primer principio determinó su producción, su división por la parte elementar originó su vegetación, su subdivisión produjo su reintegración, porque ningún cuerpo de los tres reinos, vegetal, mineral y animal, puede subsistir sin estar, todo el tiempo que tiene forma, en uno de esos tres estados de producción, vegetación y reintegración. Entraré ahora en la demostración de la reintegración. En el momento en que el vehículo eje del fuego central, que formaba la vida de la forma, residiendo en la sangre y teniendo su fuente en el corazón (de lo cual se dará la demostración anatómica a continuación), hace su reintegración, desde entonces, la forma comienza su reintegración por lo que sigue:

La forma del hombre contiene el germen de una turba de animales reptiles o de insectos que comienzan su crecimiento por el trabajo de reintegración, que se hace por la humedad grosera del cadáver que, por su movimiento, traba combate en los ovarios de los animales rastreantes que existen en el cadáver. Los espíritus elementares, agentes de las formas conjuntamente con el fuego terrestre, o del cuerpo general, batiendo sus fuegos espirituales, entrechocan los ovarios de esos reptiles, y, por su reacción, descubren el envoltorio ovario que los mantenía encerrados. Esos insectos poseyendo existencia en cada una de las tres esencias, mercurio, 1, azufre, 1, y sal, 1/3, y conteniendo en si mismos esas tres esencias - aquellos que vivieron en la parte del mercurio, 3, aquellos que vivieron en la parte de la sangre, 3, aquellos que vivieron en la parte de la sal, 3. La reintegración de esos insectos da la cesación de toda la especie de apariencia de la forma del cadáver, lo que forma la reintegración perfecta de la forma humana. Es poca la diferencia de tiempo del crecimiento, de la producción y de la reintegración de esos insectos que llegan aproximadamente a la duración de la reintegración de la forma humana, lo que prueba que el número 9, o novenario, es el de la reintegración. Observemos aquí, Mis hermanos, la analogía que el cuerpo del hombre, denominado "pequeño mundo" tiene, con razón, con el universo. Como el universo, contiene 3 partes: lo universal, lo general y lo particular; la imagen de lo universal por el número innumerable de fibras que forman su parte cartilaginosa y que no es posible calcular, sino enumerando los espíritus del eje del fuego central; lo general, o la tierra, como ella, es triangular. Como ella, él da la vida a tres géneros de seres de forma, como acabo de demostrar, lo que nos representa los tres reinos, vegetal, mineral y animal; como él, en fin, contiene lo particular por el número innumerable de pequeños vasos capilares sanguíneos, no siendo posible enumerar esos pequeños vasos mas que enumerando las estrellas que componen el firmamento.

 

El cuerpo del hombre contiene aún una correspondencia puramente espiritual con el ser menor que él contiene en privación. Es que él (el cuerpo del hombre) representa a los ojos de la forma todo lo físico espiritual que se opera sobre el alma espiritual Divina eterna. Observando bien a uno, se verá que es el prototipo del otro: el alma, como el cuerpo, tiene la necesidad de alimento de su naturaleza Divina; ese alimento, tomado con moderación, la mantiene con vida, como el cuerpo; el alimento envenenado le da, como al cuerpo la muerte de la privación; ella tiene sus dolencias como él, pero no es jamás afectada por aquellas del cuerpo, que, así como ella, participó, por el mal uso de su libre albedrío de la dolencia del cuerpo; por medio del cual podemos convencernos por los suplicios que han sufrido los felices electos del Eterno, cuya alma disfrutaba de la contemplación del Espíritu Santo y, en virtud de eso, estaba en las delicias, en el tiempo en que se oprimía la forma por todos los suplicios que la malicia demoníaca puede inventar. El alma de esos menores, muy lejos de participar de los dolores del cuerpo no tenía de ellos ningún conocimiento. Aquellos que, habiendo cometido cualquier crimen, sintiendo el justo castigo, no sienten sus efectos, aunque por designios bien diferentes en su alma el suplicio del cuerpo; al contrario, el suplicio que su alma experimenta es incomparablemente superior al de su cuerpo. En ese estado de justicia, el alma no experimenta sino satisfacción, aunque el cuerpo sufra y, en el estado del justo castigo que sigue al crimen, el alma siente incomparablemente dolores más vivos que el cuerpo; lo que hace ver la necesidad del castigo del alma, de la pena del cuerpo y de la del espíritu, para readquirir los conocimientos que tuvimos la infelicidad de perder por el pecado de nuestro primer Padre, puesto que los conocimientos no son sino la recompensa de nuestra resignación de soportar los diferentes sufrimientos a los cuales la posteridad de Adán fue muy justamente condenada.

Es por la más santa virtud de la paciencia que se alcanza la feliz reintegración de su ser espiritual Divino en el lugar del reposo, y de su forma en su principio eje del fuego central. Que Dios nos conceda a todos esa gracia.

Amén.



Regresar a Instrucción 08Instrucción 08 Adelante Instrucción 10Instrucción 10