Portal En Honor A La Orden Martinista Del Perú
La Vía Cardíaca
Colegio de Lima
Grupo Lucien Chamuel Nº 37
Círculo “Acanto” Nº 19

Nota:
El contenido de este Portal es independiente de cualquier Orden Martinista.
Este Portal es en recuerdo del S 6 puntos  I 6 puntos  I 6 puntos Carlos E. Cornejo López,

Instrucciones A Los Hombres De Deseo

Instrucción 08

Louis Claude de Saint Martín


Del Cuerpo del Hombre y de su Pensamiento

Mis hermanos,

Así que Adán fue perdonado de su crimen, por la pura misericordia del Eterno, por la bendición que le dio, así como a su compañera, Dios le dijo: "Adán, realiza tu obra y opera con ella una posteridad de formas particulares, en las cuales enviaré un ser espiritual semejante al tuyo." Adán operó, entonces, en conformidad con Eva, la forma de su Hijo Caín, con un desvelo excesivo de los sentidos de su materia; lo que volvió esa posteridad susceptible de todos los flagelos de la justicia eterna. Ese nombre que Adán dio a su primer Hijo, Caín, que significa "Hijo de mi dolor" profetizaba el gran dolor que ese Hijo le haría experimentar después por su gran trasgresión. La orden que Dios dio a Adán, al separarse de él, nos hace ver que Dios lo había hecho depositario de su simiente reproductiva, de la cual él no podría abusar sin crimen, como haré ver.

Dividimos el cuerpo del hombre en tres partes, a saber: en sólido, dado al mercurio, o a los huesos; en sangre, dado al azufre; y, en sal, dada a la carne. El ser espiritual Divino encerrado en ese cuerpo preside no solamente los movimientos de esa forma, sino también la preservación de las esencias que lo componen en su pureza. La sangre está compuesta de seis glóbulos linfáticos blancos, que son de la misma naturaleza que la simiente reproductiva, con la diferencia de que ellos están mucho más sueltos que los de la médula de los huesos y del semen; donde vemos reaparecer aún el número ternario: la medula, la simiente y la linfa. Los seis glóbulos conservan su color blanco, hasta que hayan formado su unión circular con aquel del centro que, conteniendo en él un vehículo del eje del fuego central contiene el envoltorio del azufre, comunica, desde el instante de su unión con los seis glóbulos blancos linfáticos, el color rojizo de la sangre. Ese color es, él mismo, un compuesto de tres colores: el blanco dado a la linfa, el amarillo dado al azufre, que sirve de envoltura al vehículo, y el vehículo del eje del fuego central, el fuego increado, que es del más bello púrpura.

Observad, os ruego, mis hermanos la perfección de ese glóbulo por su número; como el círculo, no tiene valor sino por su centro, que, como sabéis, se divide en seis rayos. Ahora, del mismo modo, esa división no se puede hacer sino por el centro, que es el generador, el sustentáculo y la vida del círculo, así como el glóbulo del centro comunica su color, el movimiento y la vida a los otros seis, de los cuales estarían privados sin su unión. Sabemos que Dios no empleó sino seis pensamientos para la creación de este universo, y que consagró el séptimo. ¿Qué hubiera ocurrido con todo el universo sin la bendición del Eterno? Hubiera permanecido sin vida. Igualmente, los seis glóbulos linfáticos están desprovistos de vida, privados de la unión con su septenario que les comunica el calor, el movimiento y la vida.

Vamos más lejos. Este universo, concebido por el pensamiento del Padre, la voluntad del Hijo y la acción del Espíritu Santo, unamos ese número inefable 3 con los siete pensamientos que Dios empleó para la creación de este universo: tendremos el número 10, dado a la Divinidad. Del mismo modo, unid el número septenario de los glóbulos que componen un glóbulo sanguíneo con los tres principios, o colores, el blanco dado a la linfa, el sangre al azufre, formando el envoltorio del vehículo, y el vehículo púrpura. Adicionad esos tres números, 3 con el número septenario: tendréis el número denario, 10, dado a la Divinidad. Esas pruebas, que todo hombre que tenga ojos puede verificar por si mismo y que hemos mil veces observado, te deben convencer, ¡oh hombre!, que el Eterno colocó

 

su imagen en las menores, como en las mayores partes de la forma, para que todo hombre tuviese sin cesar, delante de sus propios ojos, de su forma, la prueba convincente de la existencia de un Dios vengador y remunerador. No hay ningún ser bajo el cielo que pueda dudar de la existencia de esa gran Divinidad. El mismo demonio está convencido de eso, y no tiene el poder de poner en duda ese hecho a cualquier ser que sea.

Todo ser espiritual, sea bueno, sea malo, posee el pensamiento, que la propia Divinidad no le puede suprimir. El pensamiento es, ciertamente, sin extensión; él se desenvuelve y aumenta cuanto quiere; recorre todas las bellezas de la creación, engendra seres de toda especie y los hace existir, los hace actuar. Ahora, las facultades del pensamiento no son otra cosa que la semejanza inefable de la fuente Divina de donde emanan. El Eterno, siendo pensante, y existiendo necesariamente por si mismo, transmitió a todos sus Hijos su semejanza, pues vemos que el pensamiento de cada ser puede engendrar: así como Dios creó a los seres. La Divinidad les da la existencia dándoles leyes, y el pensamiento les da la existencia por medio de las dimensiones que les proporciona; la Divinidad los hace actuar, el pensamiento del mismo modo hace actuar a los seres que generó. La semejanza del pensamiento del hombre con la Divinidad es perfecta. La diferencia que existe es que Dios, siendo todopoderoso, no puede tener ningún pensamiento que no tenga su realización; al paso que el hombre, siendo un ser limitado, no puede realizar sino un pequeño número de sus pensamientos. Pero en cuanto tenga el pensamiento, como cualquier otro ser, tendrá siempre dentro de si una prueba convincente de la existencia de un Dios. El ser más perverso de la tierra puede, por la insinuación del malvado demonio, decir que ningún modo existe Dios, mas, en el mismo instante que lo dice, pasa por el un pensamiento que le prueba la existencia necesaria de ese ser Divino, que imprimió en él mismo, en su alma, caracteres indelebles. Todo mal pensamiento del hombre puede, pues, reducirse a decirlo, pero no hay nadie en este universo que pueda llegar a creerlo, porque sería necesario para ello que pudiese destruir su pensamiento; cosa imposible a todo ser emanado, ya que, destruir el pensamiento, es destruir el mismo ser espiritual; ahora, ningún ser eterno por su naturaleza puede destruirse. Puede volverse bueno o malo, pero no destruirá jamás su pensamiento, o su facultad pensante. Es sobre ese pensamiento que el Eterno opera y operará sin cesar. Si el pensamiento es bueno, allí manifestará su gloria y, si es malo, allí manifestará su justicia, por que todo lo que se aleja de Dios está no sufrimiento infinito de la privación. Dios siendo la misma luz, ningún ser cualquiera puede participar de la luz sino en la medida en que se unió a Él. Todo ser se vuelve tenebroso en el momento en que se aleja de esa luz; porque esa luz es necesaria para la felicidad, la vida y la protección de todo ser, las tinieblas no hacen sino la infelicidad, la muerte y la destrucción de las facultades de todo ser que tuvo la infelicidad de separarse de ella. Todo ser tiene en si un fuego Divino, desde su emanación susceptible de establecer comunicación con esa luz eterna. Ese fuego es la fe, que no es otra cosa sino la unión perseverante del pensamiento del ser particular con el Ser todopoderoso. Es la resistencia de ese pensamiento bueno al choque continuo del mal pensamiento que forma lo que llamamos fe. Es por medio de ese fuego Divino que nos unimos a la luz eterna, del cual resulta necesariamente la vida de nuestra alma y de nuestro cuerpo. Separarse de ese fuego es caer en las tinieblas que no son sino la desgracia de aquel que allí se despeñó, porque esas tinieblas no contienen en su esencia ningún principio de felicidad, de satisfacción, ni de realidad física. Ellas no son todas sino ilusión, sino error y mentira, y no producen más que la infelicidad eterna de aquel que se dejó seducir, porque el verdadero bien es Dios. Ahora, toda felicidad existe necesariamente en la Divinidad, no puede haber allí (en las tinieblas) sino infelicidad eterna en todo lo que de la Divinidad se separó. Como el día más bello es el más claro, igualmente la noche más escura es aquella que tiene la mayor privación. Si el hombre presta atención, viendo con sus ojos, observa durante el día los objetos de la naturaleza de las formas, para la utilidad, la

 

precisión y la necesidad de manutención de su forma. Supongamos ahora que este hombre se extirpe los ojos; ¿cómo podría distinguir los objetos de la naturaleza en el más bello día? Estará ciego, tropezará, caerá, morirá de hambre y sed sino tiene a nadie cerca de él. Es el mismo caso de un hombre que hace un mal uso de las facultades de su alma. Ella tiene ojos más clarividentes que los del cuerpo, que la conducen en la senda de la luz. Su mala voluntad, el mal uso de su libre albedrío, es lo que le arranca los ojos del alma y la hace correr a ciegas detrás de los objetos falsos de ilusión y de mentira, y la precipita definitivamente en la muerte eterna, que no es sino la separación total de la luz.

Cualquier hombre bajo el cielo, por más estúpido, tenebroso o mentiroso que sea, no puede dudar de esas verdades sin dar una nueva prueba de lo que anticipo. Es que él se separó por sus crímenes de la luz. Todo lo que allí contiene será igualmente convencido que Dios, siendo la unidad existente necesariamente por si misma, contiene en si la plenitud de todos los seres; que cada uno de esos seres tiene sus leyes que tienen una relación con el ser necesario, porque fuera de Él nada existe, y, por otro lado, la nada es también imposible, como la no existencia del ser. Todo el ser teniendo, pues, necesariamente su relación absoluta con la Divinidad, aquel que está más unido a Ella es el más venturoso. La felicidad existe necesariamente en la Divinidad, el ser más desgraciado es aquel que está más alejado de la Divinidad; no que el ser pueda algún día separarse de Ella, estando siempre sujeto por la ley de su emanación del Ser necesario, que le sirve de freno, de sujeción y de barrera intraspasable a todas sus operaciones nocivas, ya que está siempre bajo la cadena de la justicia del Eterno si fue malo, y bajo la ley de la libertad si fue justo.

Esa libertad consiste en el aumento de sus facultades por haber hecho el bien. Puesto que su crecimiento es infinito, puede, pues, desenvolver toda la libertad de su pensamiento en un campo tan inmenso como las obras del Eterno, sin recelo de ser detenido, porque son infinitas, al paso que el mal se fija en la privación, o en el padecimiento eterno, porque si quiere trabajar sobre cualquier cosa, es preciso que trabaje sobre la nada. No puede, pues, atacar sino las obras del Eterno que son infinitas. Su padecimiento debe, entonces, ser infinito, porque no podrá jamás destruirlas ni destruirse a si mismo. Que Dios esté con vuestro pensamiento y el nuestro, para siempre.

!Amén!



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