Instrucción 07
Instrucciones A Los Hombres De Deseo
Louis Claude de Saint Martín



De la Prevaricación del Hombre

Mis hermanos,

Luego de haberos trazado el estado glorioso de nuestro primer Padre, vamos a examinar aquel en que cayó por su prevaricación. Él había sido emanado para manifestar la mayor gloria del Eterno, y deseó manifestar su potencia para su satisfacción particular, dejándose seducir por su enemigo, que le comunicó un plano totalmente opuesto al de las leyes del Eterno. Adán se revistió de la potencia demoníaca para atacar al Eterno y cometió su crimen en presencia de los espíritus perversos y para su menoscabo, porque, como ya había dicho, él había sido emanado para operar en favor de esos primeros espíritus un culto de reconciliación.

Adán, precipitado por la justicia del Eterno del centro de las regiones celestes, fue obligado a revestirse en los abismos de la tierra de una forma semejante a aquella que tenemos: se volvió sombrío y tenebroso por su crimen y por la desnudez, en que se encontraba con la compañera y el objeto de su desgracia, por el despojamiento que Dios le hizo de su cuerpo de gloria, como la Escritura, hablando emblemáticamente, dice que Dios los vistió. Ahora, la vestimenta que Él les dio no fue otra que la forma aparente que cubrió nuestro ser espiritual Divino, nuestra alma.

Dios los expulsó del paraíso terrestre, o del cielo, para arrastrarse sobre la tierra, como el resto de los animales y los sujetó al tiempo. Fue esa sujeción la que hizo a Adán sentir todo el horror de su crimen, ya que, en su primera etapa de gloria, siendo ser pensante en la Divinidad, no conocía ningún obstáculo para comunicarse con ella; al paso que, en su cuerpo segundo, de materia, se encuentra sujeto a los ataques del intelecto que vienen incesantemente a atacar su forma aparente, para atacar inmediatamente después, desde que allí dominó, al ser espiritual que ella encierra. Ahora, mientras el alma realiza ese combate, no está pensante, sino pensativa. Lo que de modo alguno ocurría con Adán, que, habiendo recibido de la Divinidad un cuerpo de gloria incorruptible recibía comunicación del pensamiento del Eterno por medio de un ser superior que Dios le enviaba bajo una forma aparente y que le comunicaba sin ningún velo su voluntad; mientras que habiéndose tornado pensativo por el trabajo que fue obligado a hacer sin cesar contra el mal intelecto, no puede más ser pensante sino con el tiempo, por la unión íntima con el espíritu.

Ahora, esa unión no es sino la recompensa de la fuerza con la cual él rechaza el intelecto malo, lo que satisface la justicia del Eterno tocante al crimen de nuestro primer Padre, puesto que el ser de la tierra que gozará la mayor unión con el espíritu debe necesariamente ser aquel que sintió la mayor privación, pues durante el tiempo que trabó combate contra los malos, su alma estaba en el compartimiento de la privación y del temor, que es lo que llamamos padecimiento del espíritu: de la privación por el alejamiento del espíritu bueno y la proximidad del mal, y de miedo por el terror de llegar al estado en que está el hombre - presa de su enemigo.

Ahora, es la fidelidad del menor en esta batalla espiritual la que hace a los apóstoles y a los profetas, y es ella todavía la que hace a los sabios. El ser pensante está directamente en la Divinidad, al paso que el ser pensativo no puede allí leer jamás mientras está pensativo, ya que ésta es su privación. El hombre es, pues, ahora pensativo y pensante; pensativo por la sujeción en que está de hacer

 

un combate de expiación; y pensante por la recompensa que Dios concede a sus victorias uniéndolo íntimamente al espíritu por el cual lee, entonces, en la Divinidad. Si cada uno de nosotros desea observar lo que pasa todos los días sobre él, sentirá la certeza de lo que acabo de decir.

Esa caída de Adán, tal como está calificada en las Escrituras, donde está escrito que Dios le había dicho comer todo fruto del paraíso terrestre con excepción del fruto del árbol de la vida, de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida no es sino el jefe demoníaco, que es el árbol de la vida del mal por una eternidad. Fue, en efecto, por haber comido de su fruto, o por haber retenido la impresión de su mal pensamiento, porque, como ya dije antes, Adán era un espíritu puro que no bebía ni comía ningún alimento elementar, mas era alimentado de un nutriente todo espiritual Divino de su naturaleza. El fruto prohibido no era otra cosa sino el pensamiento demoníaco que Adán recibió y que le acarreó la muerte, colocándolo en la privación de la comunicación espiritual Divina, y por la cual ataca, con sus partidarios, a la Divinidad.

Es ese crimen horrible que le hizo sentir su desnudez, ya que después de haber comido (el fruto prohibido) fue despojado de su cuerpo de gloria y fue expulsado del cielo, o del paraíso terrestre, y vino a arrastrarse sobre la tierra como el resto de los animales. Adán sintió una perturbación inconcebible en su forma de materia. El espíritu bueno compañero le presenta sin cesar el horror de su crimen, ofreciéndole sin cesar aquella imagen. Adán concibió el arrepentimiento puro más amargo y comenzó su penitencia que duró cuarenta días, en los cuales no cesó de sufrir con su compañera por su crimen. Ese primer culto de expiación fue inspirado en Adán por nuestro Divino Maestro Jesucristo bajo el nombre de Hely; que ofreció Él mismo a Dios su Padre, un culto para que el hombre, o el menor, no fuese colocado por la justicia del Eterno en la privación Eterna. Sin ese culto del hombre Divino, Adán no hubiera podido hacer penitencia de su crimen y hubiera vuelto el menor de los menores demoníacos, porque la penitencia, o el dolor del pecado, no puede venir jamás directamente de aquel que lo cometió, puesto que él está, entonces, en la condición de muerto; ella le es siempre comunicada por el Espíritu Santo. Ahora, es su unión con el Espíritu Santo lo que hace su mérito, y es por Él que adquiere todas las luces sobre los medios más eficaces para obtener la remisión de sus faltas. Ahora, es preciso siempre un mediador entre Dios y el pecador, ya que Dios, siendo inmutable y habiendo condenado a todos los pecadores a la muerte eterna, es necesariamente indispensable que se encuentre un justo que tome para si el peso de la muerte a la cual todos los pecadores son condenados. De donde se puede ver la necesidad de la operación de justicia, de misericordia y de reconciliación que Jesucristo, nuestro Divino Maestro, vino a obrar en medio de los tiempos a favor de Adán y de su posteridad que se volvía susceptible como él, una vez que Adán, por su prevaricación, encontrándose muerto en privación eterna no podría jamás haber podido retornar a la vida si Jesucristo no hubiese quitado de encima de ese ser infeliz el peso de la justicia del Eterno sobre la cual él estaba, ofreciéndose a si mismo a Dios , su Padre, cubierto de todo el peso del crimen de Adán y de su posteridad. Sin esta justicia de Jesucristo, Adán no hubiera jamás podido obtener el perdón de su crimen y no hubiera jamás podido obtener su reconciliación, ya que no tendría condiciones de disfrutar la comunicación del Espíritu Santo. Era preciso necesariamente, para que Adán comenzase un culto de expiación, que su Divino mediador, y de su posteridad fuese desde ese momento ofrecido como víctima de expiación de ese mismo crimen.

Esa justicia del hombre Divino en favor de Adán nos debe hacer entender cual era el culto que Dios esperaba de su primer hombre a favor de los primeros espíritus prevaricadores, ya que Cristo dice viendo el mundo: "Yo soy el verdadero Adán." La forma de nuestro primer Padre, después de su trasgresión, no se alteró; era

 

semejante a la forma gloriosa que tenía en cuanto a la imagen, correspondiente al triángulo equilátero que Dios había concebido para ser la imagen del jefe de este universo. El culto que Jesucristo ofreció a favor de Adán lo hizo susceptible de operar, incluso en el centro de su forma de materia aparente, un culto espiritual temporal que lo condujese a su reconciliación perfecta, y que él transmitió a su posteridad con ese mismo fin. Adán habiendo mudado de forma, ya que estaba en su principio revestido de una forma gloriosa, totalmente espiritual y que descendió bajo una forma tenebrosa de materia pasiva; mas la imagen es exactamente la misma, ella contenía en sus extremidades el triángulo equilátero.

El cuerpo del hombre se dividió en tres partes: la primera es la cabeza, la segunda es el pecho, y la tercera son los huesos. Esas tres partes están unidas por ligamentos cartilaginosos que se pueden desunir sin romper los huesos. Vemos aún aquí el número ternario: los huesos, la sangre y la carne, que, con las tres divisiones, nos hacen sin embargo ver el número senario, o los seis pensamientos que el Eterno empleó para la creación de este universo. Se encuentra todavía el número senario en las tres esencias que componen el cuerpo del hombre, y los tres ángulos del triángulo equilátero, que son seis; adicionando a esos dos números, tenemos el número 12, o 3, que nos hacen ver que el cuerpo del hombre es la operación de los espíritus del eje del fuego central, que portan el número ternario y cuyo trabajo debe contener el número.

Podrían, tal vez, preguntarme si las leyes que Adán tenía en su cuerpo de gloria son las mismas que tiene en su cuerpo de materia aparente. Responderé que un ser que muda de acción, muda necesariamente de leyes. En su primer principio, Adán tenía una acción toda espiritual Divina, puesto que no estaba asociado a ninguna especie de acción temporal. Consecuentemente, su ley era puramente espiritual, al paso que, en su cuerpo de materia, su acción habiendo sido extremadamente limitada y estando sujeta a lo temporal, su ley fue transformada de espiritual pura y simple en espiritual temporal, lo que lo volvió un ser de privación, ya que los cuerpos, cualesquiera, son siempre un caos, o tinieblas al espíritu, lo que prueba demostrativamente que la forma de materia de la cual Adán se revistió por el decreto del Eterno fue hecha para servirle de prisión, y para hacerle sentir todo el tiempo de su morada en aquella forma, el castigo de su crimen. Es por medio de las diferentes divisiones que sufrió en esa forma de materia pasiva que satisfizo en parte la justicia del Eterno. Aquí se puede ver la necesidad absoluta en que se encuentra el menor aquí abajo para soportar el castigo del alma, del cuerpo y del espíritu, y para expiar la falta de nuestro primer Padre.

Entraremos, a continuación, más concretamente en el detalle de la prevaricación de Adán. Hablaré ahora del agente físico que se utiliza para la purificación del pecado. Daré por ejemplo una barra de hierro que se saca de una matriz, o de una mina. ¿No es verdad que está repleta de partes groseras y de suciedad, que le impiden servir para algún uso? ¿Que se trabaja en ella para poder devolverla a un estado de pureza susceptible de conservar las diferentes formas que se le desea dar? Se emplea el fuego más violento de un carbón de piedra, cuya llama espesa y sucia atrae hacia ella todas las partes que son de su naturaleza, mientras que otro carbón de madera, más leve esparce una llama pura, que, por su acción superior a la del fuego contenido en el carbón terrestre, separa todas las partes sucias que el otro atrae, puesto que son de su naturaleza. La llama del carbón de madera teniendo un movimiento muy activo, a medida que separa las partes sucias, se comunica con los vehículos innatos en el fuego, y le da un movimiento considerable, hasta el punto de darle su propio calor fogoso. Ahora, puesto que existe ese calor, hay una prueba cierta de que está en comunicación directa con su superior fogoso. Entonces, se detiene esa gran acción fogosa por medio del agua, que lleva entonces al fuego a su pureza natural y adecuada para ser empleado según los usos de su ley.

 

Veréis en ese cuerpo bruto lo que pasa en el cuerpo del hombre más favorecido por los dones de la naturaleza, como era Adán en el momento en que descendió a su cuerpo de materia, que era el cuerpo de pecado por la maldición que había lanzado sobre él y sobre toda la tierra. El cuerpo de Adán siendo terrestre estaba, pues, repleto de partes sucias, groseras y de manchas que su enemigo allí había hecho. ¿Qué empleó Dios para la purificación de su hombre arrepentido, penitente y suplicante? Empleó los fuego de los cuales ya hablé en la comparación que hice: uno bueno, procedente de la acción todopoderosa del Espíritu Santo, cuya santidad, pureza y acción operan con su eficacia sobre la forma de ese primer hombre, separó gradualmente las manchas inmundas extrañas que el espíritu de tinieblas allí había colocado, mientras que ese espíritu malo que lo golpeaba sin cesar, atraía hacia él lo que era de su naturaleza.

¿Cuáles eran los vehículos de su naturaleza? La fe, la esperanza y la caridad, innatas por orden del Eterno en Adán. Es sobre esas facultades del hombre que el Espíritu Santo soplaba sin cesar para separarlas de la inmundicia del crimen de Adán, mientras que el mal espíritu contraatacaba de su lado para hacerlo perseverar en su falta. Ahora, vimos que todo el mérito de Adán fue el de estar unido al Espíritu Santo por la fe. Es por ella que separó, por el fuego del Espíritu Santo, todas las inmundicias que estaban en su alma y en su forma, y que alcanzó su reconciliación, presentando al Eterno su alma y su forma en su estado de blancura, de pureza e inocencia, tal como su naturaleza espiritual Divina lo exigía. No cesemos, pues, Mis hermanos, de trabajar sobre nosotros para que seamos perseverantes en la fe, puesto que es el único medio de obtener la remisión de nuestras faltas. Se ve bien que los mayores actos de la humanidad no son nada sin ella (la fe), puesto que no son sino esos actos lo que nos unen al espíritu. Es por la fe única en Jesucristo que somos salvos; es por ella solamente que cerramos las fauces del león; es por ella que tenemos la inteligencia, la esperanza y la caridad, que es el centro de todas las virtudes: sin ella nada tenemos.

Amén.



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