Instrucción 06
Instrucciones A Los Hombres De Deseo
Louis Claude de Saint Martín
De la Emanación del Hombre
Mis hermanos ,
¿Es preciso describir el cuadro de la emanación del primer hombre para trazar el tema de nuestra gloria o de nuestras culpas: de nuestra gloria por el estado sublime en el cual él fue colocado en su primer principio, y de nuestras culpas por el estado de decadencia, errores y de tinieblas donde cayó por su prevaricación? ¿Pero como remontarnos a ese primer estado si no tenemos de él una justa idea? Es por tanto, nuestro deber porque todos nuestros trabajos tienen por fin readquirir los conocimientos que tuvimos la infelicidad de perder a causa de la prevaricación de nuestro primer Padre.
El universo fue creado, todos los seres que lo compusieron ejercían las leyes de su emanación, como la Divina sabiduría les había prescrito; todos los cuerpos ocupaban sus lugares, cuando el Eterno emanó al hombre, al Adán, al hombre rojo: réaux, que significa ser elevado en gloria espiritual Divina. Él lo emanó en un cuerpo de gloria, incorruptible, que no estaba sujeto a ninguna influencia de la parte elementar; no tenía necesidad de ninguna especie de alimento para su forma, que era toda espiritual; el espíritu más puro del eje del fuego central no tenía más influencia sobre esa forma sino aquella que opera sobre la parte más grosera de la materia, ya que un cuerpo de gloria no es sino la forma aparente de un espíritu puro, que lo toma a voluntad y que lo abandona igualmente volviéndose un espíritu puro y simple. Esa forma era semejante a la que tenemos en el presente. El triángulo equilátero, primera imagen que apareció en la imaginación pensante del Eterno tenía esa misma forma; ella no era diferente de la que tenemos, sino en la naturaleza: una era gloriosa, espiritual y positiva, y la otra tenebrosa, material y pasiva.
El Eterno había creado todo para ese hombre, a quien da el nombre de Hombre-Dios de la tierra. Después de haberle hecho manifestar su inmensa potencia sobre todo este universo creado que le obedecía con respeto, le dio su ley, su precepto y su mandamiento, para poder operar en relación y contra los primeros espíritus perversos; le instruyó sobre la finalidad de su emanación, que debería ser de atacar, combatir y reducir a la mayor privación a los primeros espíritus perversos y trabajar para su reconciliación; debía, en fin, hacer en su favor lo que siempre hicieron, y que aún hacen, contra el hombre, seduciéndolo y aprisionándolo en las trampas del error y de la seducción impura que empleaban contra él para conducirlo hacia el mal. Adán debía dirigirlos hacia el bien por los diferentes trabajos que debía operar sobre ellos. Él había recibido del Eterno un verbo de la posteridad de Dios semejante a él, por el cual vería renacer haciendo descender en las formas gloriosas semejantes a la suya, un ser espiritual Divino que el Eterno habría enviado: Adán operaría por su verbo un cuerpo de gloria en el cual el Eterno habría hecho descender un espíritu. De este modo, la operación de Adán habría sido realizada con el Eterno, y él se hubiera visto renacer en una posteridad de Dios, del cual toda la gloria hubiera logrado la admiración de los cielos y de la tierra.
Podrían, tal vez, preguntarme cómo un verbo puede producir una forma. Respondería que el Eterno siendo un espíritu puro, sin espacio, sin límites y sin extensión, ya que es infinito, no puede emanar seres espirituales Divinos y formas aparentes sino por su pensamiento todopoderoso. Ahora, el espíritu que Él emana es ciertamente verbo, como se puede discurrir: el pensamiento engendra la voluntad, y la voluntad el verbo. De igual modo ocurre en la Divinidad como en el
caso de los seres limitados: todo verbo en el Eterno es un espíritu, mientras que entre todos los seres emanados, todo verbo no es sino una acción de ese mismo espíritu. Ningún pensamiento en la Divinidad puede quedar sin acción. Ahora, todo ser que Ella emana fuera de la misma siendo dotado de su parte de las facultades necesarias para manifestar su voluntad, posee innato en él un verbo por el cual debe manifestarla. Ese verbo está tan íntimamente ligado a su ser que es considerado él mismo; lo que explicaré con mayores detalles antes de ir más adelante.
El Verbo eterno de la Divinidad, residiendo eternamente en unión intima con la Divinidad de Dios Padre, puesto que es su acción directa y es de esa forma la propia Divinidad, igualmente el Espíritu Santo, que es la acción eterna de uno y del otro, no debe ser confundido de modo alguno con ninguna especie de emanación, ya que son las esencias de la Divinidad. Mas todo ser espiritual Divino, siendo emanado de la Divinidad, es considerado como teniendo innato en si el verbo de su emanación, como habiendo venido de la tríplice esencia de la Divinidad. Por su emanación del Padre Eterno, posee innato en si el pensamiento; por la emanación del Hijo eterno, o el Verbo, tiene también su Verbo; y por el del Espíritu Santo tiene su acción. Ese verbo está tan íntimamente innato en si que es él quien constituye la ley, el precepto y el mandamiento que debe seguir; contiene en si el número que, siendo coeterno, hace la operación del pensamiento del Padre, de la voluntad del Hijo y de la acción del Espíritu. Es lo que quiere decir la Escritura cuando dice: "Los cielos y al tierra pasarán, mas Mis verbos no pasarán jamás"; porque toda la emanación es eterna: 1º - por el pensamiento; 2º - por el verbo; 3º - por el número; y, 4º - por la propia esencia que la compone, que, siendo espiritual Divina, encuentra innata en si cuatro facultades eternas, ya que ella es una emanación de la cuátriple esencia de la Divinidad. Un verbo propiamente dicho es un espíritu, porque la Divinidad no manifiesta su pensamiento todopoderoso sino por los espíritus. Ahora, pensamiento necesariamente siempre, emanó, pues, también necesariamente sin cesar espíritus, a los cuales creó virtudes, poderes y propiedades, lo que le da el nombre de Eterno Creador. Adán había sido hecho depositario, en nombre del Eterno, de uno de sus verbos de creación de una forma gloriosa, en la cual el Eterno había hecho descender un espíritu Divino semejante a él, y él se había visto, de esa forma, renacer en una posteridad de Dios.
Adán habiendo manifestado, por orden y en la presencia del Eterno, la inmensa potencia de la cual estaba revestido, fue dejado solo por la Divinidad, para operar la fuerza, la virtud y la potencia de que estaba revestido. Adán conocía perfectamente la finalidad de su emanación, y sabía que había venido para combatir sin cesar a los malos demonios, y para operar en su favor. Adán, dejado solo, comenzó a reflexionar sobre el inmenso poder de que estaba revestido, que creía ser igual al de la propia Divinidad y, en esa perplejidad, quería leer en la inmensidad Divina, cosa que le había sido prohibida por la Divinidad, que le había dicho expresamente de jamás leer sino con su participación o por su Orden. (Esa inmensidad Divina es incomprensible a todo ser emanado, puesto que es preciso ser el mismo Dios para comprenderla). Esas búsquedas irreflexivas lanzaron a Adán en una perplejidad, no consiguiendo definir lo que no le había sido permitido leer. El pensamiento que Adán había leído en la inmensidad Divina no tardó un instante en ser conocido por los primeros espíritus perversos.
Antes de ir más adelante, diré que Adán había sido emanado en el centro de las seis circunferencias espirituales Divinas, de las cuales era el centro, y que le hacían sentir que estaba hecho para regir a todo este universo. Él habitaba el centro del paraíso terrestre, que no es sino el centro de los cielos, ya que un cuerpo de gloria, siendo espiritual, no tiene necesidad de base sólida para sustentarlo. Los diferentes frutos que le son atribuidos alegóricamente en ese paraíso no son sino aquellos que el Eterno esperaba de ese primer hombre, si hubiese seguido el plan de su
emanación. Ellos representan aún que Adán no era susceptible de ser alimentado por ninguno de los frutos inmundos de esa materia, sino que era alimentado sólo por frutos puramente espirituales Divinos de su naturaleza, porque ningún espíritu puro y simple, tal como era Adán, ni bebe, ni come para mantener su forma, puesto que la deja y la retoma cuando le place. El paraíso de la tierra, o terrestre, no es sino el centro de los cielos, que Adán debía habitar con toda su posteridad, si no hubiese prevaricado, y los primeros espíritus perversos hubiesen habitado entonces la parte inferior, o la tierra, donde ellos habían sido encerrados en las formas de materia aparente más o menos semejantes a aquellas que nosotros tenemos. No hay duda de que, si Adán hubiese permanecido fiel a la ley del Eterno, hubiera sido un mediador de reconciliación a favor de esos primeros espíritus perversos. La primera logia que surgió en el universo fue aquella del Creador, de su Hijo Divino bajo el nombre de Hely y Adán. Ellos la dirigieron para concluir la forma que darían a los primeros espíritus perversos. Adán debía, pues, estar consciente de que todo plano de esa ley que debería aplicar a esos prevaricadores dependía de la fuerza con la cual él los resistiría en su combate, una vez que el jefe de los demonios, habiendo concebido el pensamiento impío de atacar a la propia Divinidad, atacaría sin duda a los seres emanados que ella emanaría y era, ciertamente, para ese combate que Adán había sido dotado, por la Divinidad, de un poder inmenso para resistirlos y reprimirlos.
Adán, siendo un aspecto de la Divinidad, leía entonces el pensamiento del Eterno; leía también el del espíritu perverso, porque de espíritu a espíritu puro y simple nada hay oculto. Lo que no ocurre entre los hombres, que esconden sus pensamientos y que los enmascaran con palabras muchas veces opuestas: delante del espíritu, todo es sin velo, sin nubes y descubierto. He aquí por qué el lenguaje del espíritu bueno es incomprensible para los hombres de materia, porque por su unión impura con el espíritu malo ellos recibieron sin cesar nuevos velos que les ocultan la verdad. Es ese velo de abominación que venda a todo hombre que se deja cubrir por él, hombre del error, de dudas, de oscuridad, y lo conduce definitivamente a la privación eterna persuadiéndolo de que sigue la ley del Eterno, del mismo modo que el demonio persuadió a Adán. Porque, si el espíritu malo mostrase al hombre todo el horror de sus pensamientos, no se hubiera dejado seducir, pero es por medio de un gran número de encantos que él era susceptible de seducción por la voluntad mala del ser espiritual que ataca, que seduce insensiblemente el sentido de su materia, y en seguida el ser Divino. Suponed un hombre que contempla claramente un lugar de delicias, donde todas las bellezas reunidas causan un deslumbramiento a su alma; suponed que ese hombre haya recibido orden de tener siempre los ojos vueltos hacia ese lugar, y que, desde el instante en que se dejase seducir para mirar otros sitios, cesaría entonces de ver el lugar de delicias.
Alguien detrás de él lo llama, y le dice que vuelva la cabeza, que hay otro lugar más agradable que el primero. Este hombre es libre, contempla ese lugar y ve claramente que nada puede igualarlo. Con todo, por su libre voluntad, dejándose seducir, vuelve la cabeza: en lugar de ver un lugar de delicias, ve sólo objetos de horror. Desea volver su mirada hacia su primer objeto, pero fue colocado un muro de diez pies de espesor que le impide verlo. Pedidle ahora que os dé el plano de ese primer lugar: eso le será bien difícil; llegará incluso, por el distanciamiento en que está, a dudar de lo que le dirán aquellos que lo ven en ese momento. Adán tenía su libre albedrío, de la misma manera que los primeros espíritus perversos: ya que él iba a operar sobre ellos una justicia, estaba dotado de la misma naturaleza, de la facultad por la cual los primeros espíritus perversos habían pecado para servirles de ejemplo, de INSTRUCCIÓN y de lección viva que hubiera operado sobre ellos una mudanza considerable. Restringiendo más y más la acción malvada de esos primeros espíritus y sirviéndoles de inteligencia buena, los hubiera
conducido gradualmente a un cambio de acción, o a una regeneración, ya que todo espíritu que muda de ley, muda necesariamente de acción.
Porque, si el jefe de los espíritus perversos hubiese cambiado, adaptándose a la ley del Eterno, no se trataría más con el mal en toda la extensión de este universo, puesto que es árbol de la vida y del mal; no que sea el mismo mal: ya que, por su emanación, posee innata en si la ley del Eterno, él no puede sino engendrar el mal, y no crearlo de alguna especie de materia. Toda la creación pertenece necesariamente a Dios, Eterno Creador. Los espíritus perversos no pueden engendrar más que acciones opuestas al bien; lo que se hace siempre en ellos, con una disminución considerable de su acción, ya que el soberano bien existe necesariamente en la Divinidad y la posibilidad del mal no habiendo jamás sido, es absolutamente necesario que todo ser particular que quiera atacar al ser necesario se vuelva el más débil de todos los seres.
Actuando según los principios opuestos a aquellos que están innatos en si, siente en el mismo instante de sus victorias, los combates en el interior de si mismo, que lo humillan más de lo que sus victorias pueden enorgullecerlo. Esos combates provienen de la convicción perfecta de que él no puede destruir por si mismo, que todo lo que hace es opuesto a su propia naturaleza de ser espiritual Divino, y por la falta de satisfacción en que se encuentra, que no es sino la división de aquellos que siguen las leyes del ser necesario; lo que se puede considerar por la vida de los hombres de aquí abajo, que no operan el mal sino con esfuerzo y trabajo, y no encuentran sino un vacío horrible luego del éxito en los malos empeños, por los cuales se prometen las mayores satisfacciones. Ese estado infeliz del hombre condujo a muchos de ellos al desespero, en el mismo instante que sus semejantes, guiados por el mismo error los juzgaban en el auge de la felicidad. Nada puede destruir, repito, la naturaleza de las leyes que el Eterno estableció. Todo ser que de ellas se aparta es el más infeliz de los seres, porque la naturaleza entera conspira contra él, estando todo basado en el bien.
Él se vuelve, entonces, el doble receptáculo del mal y del bien: del mal que opera con esfuerzo, y del bien que hace su suplicio, ya que no puede jamás destruirlo, porque es innato en él. Se puede constatar, por todo lo que acabo de decir, que el origen del mal no debe ser considerado como la misma obra de algún espíritu que sea el mismo mal; no significa propiamente que la voluntad, opuesta a la del ser necesario engendre el mal. Es ese engendramiento del mal lo que hace ver la poca solidez de todas las búsquedas de los hombres sobre los objetos opuestos a su naturaleza, una vez que ellas no tienden sino a volverlos los seres más infelices de la naturaleza, uniéndolos a los profesores del mal, lo que se ve todos los días ante nuestros ojos por la infeliz conducta de los hombres, que, se dejan conducir por lo que llamamos vulgarmente como pasiones y que denominamos el mal intelecto, buscan, mientras tanto, en esas tinieblas l luz, y no la encuentran jamás, semejante a esos navíos que, en la guerra, se creen estar, por la falta de su estima, en pleno mar y que, viendo algunas luces, las toman por navíos, y, navegando hacia ellos a toda vela, no creen jamás llegar a tiempo, no encuentran sino rocas abruptas, sobre las que se quiebran, y encuentran la muerte en aquello que creían deber hacer su felicidad en esta vida. Esta imagen es la de todo hombre que se deja seducir por nuestro enemigo común, cuyo trabajo consiste en hacer parecer a los hombres sus leyes de abominación tan claras como las leyes espirituales Divinas.
Mas el hombre tiene poderosas armas para oponerle. Las más poderosas son las de la oración: es a través de ella que el hombre se une más específicamente a la acción infinita del Espíritu Santo, que le comunica una fuerza superior a todas aquellas de sus enemigos. Después de la oración, coloco la regularidad de la conducta, porque es bastante difícil poder aproximarse al fuego sin quemarse. La
tercera son las buenas obras, que están propiamente en aquel que las hace, ya que ellas le proporcionan un fruto inalterable de gracias del Eterno; que lo conducen al fin, incluso desde esta vida, al abrigo de todos los ataques de sus enemigos. Lo que ruego al Eterno concedernos a todos. A Él sea la gloria, honra y loores por todo ser emanado y creado, por los siglos de los siglos.
Amén.
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