Instrucción 05
Instrucciones A Los Hombres De Deseo
Louis Claude de Saint Martín
De las Diferentes Producciones de la Naturaleza y de las Diferentes Formas de este Universo
Mis Hermanos,
Este vasto universo, creado por el pensamiento todopoderoso del Eterno, ofrece muchas bellezas que se pueden contemplar en detalle. Los tres círculos de la figura de arriba son las tres principales partes que vivifican la superficie del cuerpo general terrestre. El primero de esos círculos, denominado círculo universal, está compuesto por un número inmenso de espíritus fogosos del eje del fuego central, que actúan sin cesar sobre todo lo que tiene vida en este universo, que contiene uno de sus vehículos. La acción de esos espíritus es tan prodigiosa que ella consumiría luego todos los cuerpos celestes y terrestres; mas la Sabiduría eterna allí destinó el segundo círculo que llamamos cristalino, que está compuesto también de un número prodigioso de espíritus, cuya acción benigna acuática, húmeda, calma el gran fuego de los primeros. El tercero círculo está compuesto por espíritus elementares que nos rodean. Es por medio de esos tres círculos que toda la naturaleza se mantiene.
La prueba física de lo que digo de esos círculos se encuentra en los tres ángulos del triángulo equilátero de nuestra tierra, que nos muestra la acción de esos tres círculos sobre ella. El ángulo del oeste contiene todos los sólidos; en él se encuentran todas las rocas; corresponde también al mercurio. El ángulo del sur corresponde al azufre; también notamos que ese ángulo de la tierra está repleto de fuego, todos los volcanes allí parecen reunidos. El ángulo del norte, que corresponde a la sal, reúne todos los hielos que, como todos saben, no es sino una sal congelada, ya que se hace hielo por medio de la sal, etc. La reunión de esos tres ángulos y de esos tres círculos nos da el número senario, que nos hace ver los seis pensamientos del Eterno.
La parte superior alimenta la inferior, de la misma forma que la boca, que no es sino por donde pasan los alimentos, nutre el resto del cuerpo: de la misma forma ocurre con toda la superficie terrestre. Una prueba palpable de que no hay allí sino tres elementos, la tierra, el fuego y el agua - y no el aire, que no es sino un agua más enrarecida, que corresponde a los tres reinos: no hay seguramente ningún reino en la parte aérea. Todo lo que aquí está nació sobre el cuerpo general, o la tierra, y ella misma está contenida en esos tres reinos. Toda especie volátil nació sobre la superficie terrestre y no puede siquiera sustentarse sobre lo aéreo sino por un movimiento continuo que no le hace sentir bien, por la fatiga que le da, que ella no está hecha para vivir en el aire, como el pez, por ejemplo, que pone sus huevos y se reproduce en el agua. No ocurre lo mismo con lo aéreo: todos los insectos que aparecen en esa parte comenzaron a nacer aquí abajo, y la prueba de eso está bien clara, porque no existe ninguna especie que no se alimente de los alimentos que están sobre esa superficie.
Los diferentes reinos que están sobre la tierra nos prueban aún la virtud del número ternario: el vegetal, el mineral y el animal son considerados cada uno en su especificidad como particularidades distintas de los otros. ¿Entre tanto, qué número prodigioso de seres de forma aparente no contiene cada uno particularidades en su especificidad? Lo que nos da aún una confirmación de lo que digo en esos discursos precedentes sobre la mezcla ternaria que compone todos los cuerpos, mercurio, azufre y sal; ellos están, en efecto, en todas las formas del universo como los tres reinos están en todos los cuerpos de la tierra. De la misma forma que esos tres
reinos encierran una prodigiosa cantidad de seres de formas diferentes, que vienen a habitar en cada uno de esos tres reinos, igualmente la modificación prodigiosa de todas las formas universales se acomodan bajo la mezcla ternaria de mercurio, azufre y sal, que es el generador, el sustentáculo y el alimento de todos los cuerpos. Así que si ellos cesan su unión, no hay más formas; lo que se puede ver por la reintegración del azufre, que se opera sobre el cuerpo de madera en una chimenea: luego que la esencia sulfurosa se reintegró, no existe allí más forma; mientras que si estuviera allí, el cuerpo no está destruido. Como en el carbón: existe allí una forma, pero en el momento que el carbón recibe una nueva acción fogosa que reintegra lo que le restaba de su parte sulfurosa, no caída más forma sino la ceniza; si colocamos nuevamente esta ceniza en un gran fuego, ella se reintegra también.
Preguntaré ahora: ¿Qué da la forma a esa madera? ¿Qué son las leyes esenciales que la componen? ¿Y qué dio el número de su figura? Responderé que la forma está enteramente disipada, una vez que de ella no se tiene más ningún vestigio; que esas esencias están reintegradas en la parte elementar, pero que allí siempre caída el número, y he aquí como lo pruebo. El número es coeterno, así como hice ver en los discursos precedentes; las formas, por más que varíen, no poseen sino una pura apariencia, los espíritus que las formaron las produjeron y les comunicaron su número. No pueden pues perderlo; es absolutamente necesario que retorne a ellos, tal como ellos lo dieron. Los espíritus del eje recibieron desde su emanación el número ternario. Es preciso que lo que se opera porte el número de sus hacedores, agentes o fabricantes, puesto que es por ese mismo número que obran sobre todos los cuerpos que salieron de su seno. Ellos allí operan por su número ternario: es preciso, pues, que ese mismo número de cualquier cuerpo retorne a su fuente primera, ya que el número no tiene seguramente ni figura ni forma alguna, aunque no podamos concebirlo como tal. Pero sentimos bien, por ejemplo, que un espíritu no tiene forma; y lo mismo ocurre con el número. Vemos, pues, por eso, que toda la materia no subsiste, no tiene forma y duración, sino por la operación continua de los espíritus del eje del fuego central que la producen, sino a través de los espíritus cristalinos que la modifican, y a través de los espíritus elementares que le dan su sustento por la parte de influencia que le comunican según la recibieron de la supraceleste Divinidad.
No es preciso creer que el número prodigioso de espíritus que mantienen todos los cuerpos de este vasto universo, tengan ellos mismos necesidad de recibir una materia real subsistente para mantenerlo. Realmente no. Esos espíritus tienen innata en su seno, desde su emanación, la facultad de extraer esencias espirituales y de mantenerlas, como un Padre alimenta a su Hijo, porque tiene con que proveerle para comer: lo mismo acontece con los espíritus. Ellos tiene todo lo que puede mantener la producción, la vegetación y la reintegración de todos los cuerpos de este universo, sin que necesite de un vehículo de materia real existente, ya que a materia no tiene realidad sino por su apariencia, y que su apariencia no subsiste sino por la operación de esos mismos espíritus, que es puramente espiritual, distinta de esos espíritus puros e simples, en que los espíritus ternarios están dotados de toda especie de facultad, de movimiento y de correspondencia para la manutención de todos los cuerpos, mas ellos no tienen la inteligencia ni el pensamiento que son dados a los espíritus puros, tales como el hombre, etc. He aquí lo que significa la acción espiritual, y se puede calificar de movimiento, ya que la acción propiamente dicha pertenece a seres superiores de los cuales hablamos y es puramente espiritual, lo que se puede concebir por la diferencia inmensa e incomparable del pensamiento como toda especie de movimiento de los cuerpos. Se puede dar muchas veces la vuelta al universo a través de él en un instante; mientras que para desplazar al más pequeño ser de la superficie a una distancia cualquiera es necesario un tiempo considerable, lo que no se refiere de modo alguno al pensamiento, que no tiene límite y que no está sujeto al tiempo.
Los cuerpos no son pues lo que los niños nos hacen ver sobre el vidrio donde colocan agua y jabón y con un canutillo forman un cuerpo aparente que tiene su llenura o su peso, su medida o su figura, y su número que es la operación de los agentes de las formas. Se sopla ese cuerpo aéreo a una altura encima de aquella donde se formó: la reacción que él opera cayendo le hace romper su unión, se reintegra en lo aéreo, sin que quede de él el menor vestigio a los ojos de aquellos que lo miran. Lo mismo ocurre en todas las formas: todo lo que tiene principio debe tener un fin. Ese cuerpo, cuya duración nació en un instante, es la imagen real de los cuerpos sólidos de la tierra, como los diamantes, las piedras, las rocas más duras. Su reintegración se dará por las mismas leyes que las de las pompas de jabón, cada uno siguiendo la modificación del que la compone. Tampoco podemos concebir más una materia real existente porque no podemos concebir el uso continuo de un hábito sin usarlo. Un hábito forma todos los días su reintegración y tiene necesidad de ser renovado; lo que nos hace ver la duración sucesiva de los diferentes cuerpos que no subsisten sino por la operación continua de los diferentes seres que los accionan, que podemos ver el fin continuo de esos mismos cuerpos en el final de este universo aparente. Apresurémonos a considerar el instante en que todos los seres no tendrán más límites sino aquellos que ellos mismos se dieron, por el uso de su libre albedrío que habrán conquistado aquí abajo. El Ser todopoderoso que preside todo y cuya bondad infinita se hace sentir en todos los seres, no contento con haber grabado con características inefables las santas leyes en nuestras almas y en nuestros corazones, quiso Él mismo dar el ejemplo de aquello que debíamos seguir para participar de la felicidad de sus elegidos. Sus tres santas manifestaciones de gloria comienzan con Adán, 1; son renovadas bajo la posteridad de Adán por el santo hombre Enoch, 2; continúan con Noé, 3, la reconciliación de la tierra; señalaron en fin su potencia bajo Abrahán, 4; después bajo Moisés, 5, en la liberación del pueblo elegido. La misma liberación se hizo ver bajo Zorobabel, 6, por el retorno del cautiverio de Babilonia, viniendo a formar el centro de sus operaciones espirituales Divinas; por la regeneración del menor, por el nacimiento de nuestro Divino Maestro Jesucristo, que vino a colocar el sello en los menores que se volvieron, se vuelven y se volverán dignos por la 7ª elección que hizo en el centro de su receptáculo, que debería ser el punto de reunión de todos los espíritus que unieron su voluntad a la suya, participando de las promesas del Eterno, del fruto de tantos elegidos, de la acción del Espíritu Santo, de la operación de tantas gracias, de la destrucción de la barrera que nos separaba de la comunicación Divina por el pecado de nuestro primer Padre, de la operación de los apóstoles, de los profetas y de los patriarcas, de los dones inefables del Espíritu Santo, y más que todo eso, de la sangre preciosa de Jesucristo ofrecida al Eterno para nuestra santificación y aspergida sobre el ser espiritual Divino y sobre la forma aparente de cada uno de nosotros que deseamos seguir las santas leyes que Él nos trazó durante su vida.
Unámonos todos con un solo pensamiento, voluntad y acción para llegar al altar de sus compasiones en el santo tiempo de la semana santa, donde el universo entero celebra la muerte de nuestro Divino Salvador; muramos todos con Él al mundo, a su orgullo y a sus codicias, para resucitar con Él, con el hábito de la santificación, o con el hábito de una nueva vida toda espiritual Divina, enteramente dedicada a seguir en todo las santas leyes, preceptos y mandamientos del Eterno. Dios nos conceda la gracia.
Amén.
|
|
|