Instrucción 04
Instrucciones A Los Hombres De Deseo
Louis Claude de Saint Martín



De la Explosión de las Formas y de la Necesidad del Cuaternario

Mis hermanos,

Desde que la inmensidad de los espíritus del eje fue modificada, las esencias que habían extraído fuera de su seno hasta el punto de retener impresión, esto es, que distinguieron los tres principios en sólido dado al mercurio, en móvil dado al azufre y el fluido dado a la sal. A partir de ese momento, todo toma vida por el vehículo eje central, que los espíritus insertaron en cada cuerpo para servir de punto de reunión a la operación de esos mismos espíritus para la producción, vegetación y reintegración; desde entonces, el vacío de que habla la Escritura cesa. No se puede entender el vacío sino por medio de la privación de ese vehículo en todos los cuerpos, de forma que lo que ella dice, que todo era sin forma, debe comprenderse como la indiferencia de la materia de su principio, por la ausencia de la modificación y de la distinción que da forma a lo que era informe, y vida a lo que estaba privado de ella. La materia residiendo en el matraz filosófico conforme los espíritus del eje la habían emanado fuera de si mismos, era en su indiferencia, 1. Los espíritus del eje la modificaron, y, desde que sus principios fueron distintos en sus mezclas, todo tuvo forma, 2. Después de todo tener forma, ellos dieron, para formar la vida o el movimiento de todos los cuerpos, su vehículo eje central en todos esos cuerpos, 3.

Paremos aquí. Los espíritus del eje, habiendo hecho todo ese trabajo, realizaron la ley, el precepto y la orden, que estaban innatos en ellos desde su emanación, ejecutando seis pensamientos del Eterno contenidos en el triángulo equilátero, imagen que el Eterno había concebido para la creación de este universo y de aquel que debía allí presidir, y en el verbo ternario residente en el centro del triángulo tal como la figura del discurso precedente lo representa, y da claramente la idea del número ternario, ya que cualquier hombre que sea del universo no podrá refutar que el ángulo del oeste no es el ángulo del sur, el ángulo del sur no es el ángulo del norte y el ángulo del norte nada tiene de los otros dos, lo que da claramente la idea del número ternario.

El verbo que estaba en el centro es también ternario, como lo demostraré por lafigura presentada abajo.

Consideré el triángulo inscrito en los tres círculos. No es necesario ser matemático; la naturaleza actúa más simplemente que sus procedimientos fatídicos y puramente materiales. No es preciso sino dos ojos para ver que el centro es el generador del triángulo; y no solamente de él, mas de toda la figura. Para convencerse de eso, no tenemos sino que observar la dificultad que tenemos en describir un triángulo equilátero sin su centro, que se describe con facilidad cuando se parte de ese triángulo. La naturaleza escoge siempre la más simple vía, y todo lo que no está marcado con ese sello debe ser observado como apócrifo. No solamente el centro es el generador del triángulo, mas es también su vida: las tres líneas que parten del centro nos hacen ver su relación íntima con los tres ángulos. Si esa relación cesase, el triángulo equilátero estaría muerto, esto es, tendría otra figura que no sería más la suya. Ahora, la figura del triángulo equilátero conteniendo todos los números coeternos, no puede pues morir, ya que ella fue producida por el pensamiento directo del Eterno.

Ahora, lo que sale de esa fuente inefable e imprevisible como ella, es ciertamente el plano de los espíritus del eje, como haré sentir bien claramente. ¿No es verdad que una vez que los tres principios, mercurio, azufre y sal, habiendo sido distintos,

 

formaron todos los cuerpos de este universo? Me atengo a aquel principio del cuerpo general, o la tierra, que es un triángulo equilátero. ¿No es verdadero que esos tres ángulos terrestres, o de cualquiera otra forma, no podrían tener aquí movimiento, ni vegetación, ni producción alguna, sin ese vehículo que es la vida de todos los cuerpos? Ahora, veamos bien, físicamente, que ese vehículo es ternario: por una de sus modificaciones opera sobre el mercurio, por otra opera sobre el azufre, y por la tercera opera sobre la sal. Si no tuviera el número ternario, no podría accionar sobre los tres principios de los diferentes cuerpos, por una ley inmutable que el Eterno estableció en el universo de los espíritus como en los cuerpos, que ningún ser puede unirse a otro si no tiene principios de la naturaleza de ese ser. Ahora, todos los cuerpos del universo se unen unos a los otros, lo que prueba bien claramente que todos ellos tienen los mismos principios. Vemos, pues que la vida de todos los cuerpos es necesariamente ternaria, para poder mantener los tres principios de la mezcla que los compone. Esto es tan verdadero que la retirada de ese vehículo produce lo que se denomina vulgarmente la muerte del cuerpo, y que llamamos reintegración.

Si existe algún incrédulo sobre lo arriba citado, he aquí una experiencia para convencerlo. Cuando tú buscas bien lejos en el universo, ¡oh hombre!, mis obras, tú ignoras que ellas están junto a ti; búscalas, no en los libros, compilación de la imaginación orgullosa de tus semejanzas, mas en mis obras más simples. Observa tu hornillo, para convencerte que la reintegración del cuerpo viene de la retirada del vehículo. Observa que tú tienes necesidad de salir de ese vehículo, primeramente del fuego, 1, que se comunica con el de una piedra, 2, y que da, al fin la explosión a un fuego más sutil, que es el del azufre contenido en un fósforo, 3. Se puede considerar el fuego de ese fósforo como el generador del de la leña. El fósforo, 1, ocasiona el fuego de la leña, 2, y el de la leña aquel del aéreo, que es la llama, 3. Veamos ahora su reintegración y comencemos por el aéreo dado a la sal. El humo, 1, comienza a reintegrarse en su principio, el aire o la sal; lo fogoso, 2, se reintegra en su principio solar, o azufre; y, al fin, el mercurio, cuerpo sólido, caída sobre la superficie terrestre componiendo la ceniza, 3.

Vemos, por todos esos ejemplos, que la materia tomó forma por la disposición de las tres esencias, y que las formas tuvieron vida a través del vehículo. De la misma manera ocurre con la ruptura del matraz filosófico, que se hizo por la retirada del espíritu doblemente fuerte del Creador, que mantenía en privación del movimiento todas las formas contenidas en el matraz. Pero, una vez que vio que ellas habían sido formadas por los espíritus del eje, y que habían operado según el pensamiento de su Padre eterno, ese Verbo del Padre rompió la barrera que había colocado en todos los cuerpos y les traza, así como a los diferentes seres espirituales Divinos que los conducían, las diferentes operaciones que deberían seguir, ya fueran acciones espirituales Divinas como leyes de curso para los diferentes seres corporificados. Ahora, la ruptura del matraz filosófico, o lo que denominamos vulgarmente, el caos, se comienza a hacer en el lugar que el cuerpo general, dirigido en esa actividad por la Sabiduría, vino a ocupar en el centro del círculo universal, el cuerpo general debiendo ser por su forma triangular, el punto central de la operación de los diferentes cuerpos de todo el universo; lo que demostraré aún mejor a continuación cuando hablaré de los cuerpos celestes.

Desde que el cuerpo general tomó su lugar, los cuerpos particulares tomaron los suyos, que les fueron fijados de la misma forma por la Sabiduría Divina del Padre. Veremos aún el número ternario por el círculo universal, el cuerpo general y los cuerpos particulares. Es por la reunión de la acción de esas tres clases de seres de este universo que toda la vida pasiva, y que la ley de las formas aparentes subsiste durante su curso de vegetación, producción y hasta el momento de su reintegración; aquello que se ve con los ojos de la forma, que, sin la acción espiritual de los espíritus del eje del fuego central que actúan sin cesar sobre todos

 

los cuerpos, sobre el vehículo eje central que allí habían insertado, sin la reacción del astro solar, nada, no teniendo vivificación en esa superficie, nada podría producir.

Observad bien, Mis hermanos, que, desde que el universo tuvo su lugar, conforme el Eterno lo concibió en su pensamiento, fue presentado por nuestro Divino Maestro, que le mostró su obra realizada, para que se dignase concederle el sello de su bendición. Es esta bendición, o esa dedicación del templo universal hecha al Eterno, la que nos hace concebir el principio del número cuaternario hecho de cuerpos y del número septenario. Haré ver, por todo lo que fue precedido, que el universo, siendo senario por su doble ternario de forma aparente y de vida de forma, fue hecho sobre el plano que el Eterno había enviado a los diferentes espíritus del eje, por su verbo ternario al centro del triángulo, porque las tres esencias son para su vehículo lo que el triángulo es para el verbo del Eterno. Es ese verbo que Dios concibió y manifestó, en el centro de su triángulo, a los espíritus del eje del fuego central, que sustenta todo este universo, de la misma forma que el vehículo hace la sustentación de todas las formas. El vehículo termina su reintegración entre los espíritus del eje que lo produjeron, en cambio el verbo del Padre, siendo eterno, subsistirá para siempre en el Ser todopoderoso que lo emanó, después de haberse reintegrado dentro de si mismo.

El número cuaternario tuvo su inicio en la unión que el Eterno hizo de todo su universo en él dedicando y formando la vivificación de todos los espíritus, de todas las vidas y de todas las formas, y sirviendo de centro vivificante, vivo y de vida eterna para los seres espirituales Divinos y de vida de producción, vegetación y reintegración, durante el período de duración de todas las formas de este universo. Dios es tan esencialmente esencial a la duración de todo ser de este universo que un grano de arena no puede tener forma sino estando unido a Él. El grano de arena contiene las tres esencias y el vehículo, 6. Ahora, el mismo vehículo no puede tener vida sino cuando está vivificado. Luego, la vivificación pertenece necesariamente a Dios, que mantiene sin cesar todo el universo de los seres, lo que forma el número cuaternario: las esencias, 1: la forma, 2: la vida, 3; y la vivificación, 4. Igualmente, dividiendo las tres esencias, 3, la vida de las formas, 3, da el número senario, 6.

La vivificación no puede tener lugar sino por el septenario: es el rayo dividido seis veces, que es engendrado por el centro, y que forma seis triángulos equiláteros, para mostrar que la ley del Eterno es universal, ya que es imposible describir un círculo sin partir del centro. El centro está para el círculo así como el vehículo está para todos los cuerpos. La ignorancia de ese centro vuelve el círculo inútil para todo hombre que quiera operar sobre él, y la retirada del vehículo torna toda forma sin movimiento, en putrefacción, y hace cesar definitivamente su ley de apariencia para su reintegración.

Hagamos sentir mejor la necesidad del número cuaternario. El eje central, 1, produce y mantiene todos los cuerpos de este universo, 2; el sol los vivifica, 3. Ahora, como el círculo del eje central está en comunicación directa con los supracelestiales, toma la vivificación, que les comunica, de la Divinidad, 4; lo que nos hace ver que, desde el cedro hasta el hisopo, desde el insecto hasta el elefante, desde la ballena hasta el icneumón, todo subsiste en este universo por el número formidable del cuaternario, siendo el de la Divinidad, y que completa su cuátriple (en francés quatriple, expresión creada por Martínez de Pascually, significando el cuaternario Creador que deriva de la Trinidad Divina) esencia indivisible, inmutable, infinita e inalterable. Indivisible, porque nada puede subsistir sino por su unión y que, fuera de él, todo deja de ser, incluso como vida espiritual Divina, una vez que cae en la muerte de la privación eterna; inmutable, porque no muda jamás, siendo su naturaleza inagotable; infinito, puesto que es coeterno con la Divinidad, sin principio ni fin; e inalterable, porque es a través de él que la Divinidad opera toda

 

emanación, toda creación, toda reintegración. Es en fin por él que toda ley Divina opera, tanto sobre los seres más perfectos de los espíritus eternos como sobre los seres más brutos de forma aparente de esa superficie, puesto que nada puede tener forma, movimiento y vida sino por él, y que nada puede existir sino por su unión. Es, en fin, él que nos hace ver al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo y al menor.

En el discurso siguiente, hablaremos de las diferentes producciones de la naturaleza, de las diferentes formas de este universo. Por el momento, observemos, Mis hermanos, que todo lo que dije en los discursos precedentes, y que acabé de decir, nos prueba que este universo tuvo forma y ya comienza a operar, antes que el hombre hubiese salido del seno del Creador. Ese asunto será tratado en la sexta INSTRUCCIÓN, donde abordaré, con el amparo del Eterno, su emanación.

Amén.



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