ALQUIMIA

Tradición que no murió
Dr. Gerard Encausse (Papus)

Capítulo XV
Un Alquimista Práctico


En esa época yo realizaba un trabajo que todavía permanece inconcluso.
Trataba de reducir todos los términos alquímicos a sus equivalentes de la química contemporánea.
La tarea era fácil con algunos de ellos, y dificultosa con otros.
Cuando la mera teoría no me bastaba, entonces apelaba a la experiencia.
Fue por eso que, cuando estaba sublimando una mezcla de nitrato de potasio y mercurio, mediante el procedimiento alquímico, observé que se produjeron tres sales de diferente aspecto físico, aunque de idéntica composición química.
Estas tres sales eran las indicadas claramente por los alquimistas, sin que los químicos las mencionaran para nada.
Esto mismo fue lo que me había impulsado a intentar la experiencia.
Todo trabajo ocultista despierta y repercute en un nivel de ideas que guarda una correspondencia exacta en los tres mundos.
Tampoco me asombré cuando inopinadamente recibí la visita de un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, quien me confesó que se ocupaba de la Piedra Filosofal hacía diez años.
Aducía haber hallado la dirección del fuego astral y dedicarse a mostrar su acción a la persona que pudiera, no para que le adelantara dinero, pues no lo quería, sino para que le alquilara una casita por un año.
La persona que eso hiciera seguiría siendo propietario de esa casita.
Eso le permitiría concluir cómodamente su trabajo.
Puesto que “mis aposentos” están constituidos por una habitación situada cerca del cielo, y todo lo que puedo ganar lo consagro a difundir el Ocultismo, me era imposible adelantar los mil doscientos francos necesarios para satisfacer el sueño de aquel alquimista.
Por ello, le llevé a ver a diversos ocultistas ricos, pero éstos no quisieron arriesgar esa suma.
Yo habría hecho cualquier cosa por ver la prometida experiencia, pues ésta era la condición sine qua non de la entrega del dinero.
Para recompensar mis esfuerzos, el alquimista, me regaló una botella que contenía una sustancia blanca, de olor muy penetrante y dotada de curiosas propiedades físicas.
Esta sustancia es tan higrométrica que una porcioncita puesta sobre el agua se agita de inmediato violentamente, recordando un poco al sodio, pero sin inflamarse jamás.
Todavía no he tenido tiempo para analizar esta materia que, según pienso, es de origen orgánico.
Desde entonces, el alquimista de quien hablo continúa sus trabajos.
Vive en Winterthur, en la Suiza de habla alemana, y se llama H.
Etter.
Es un hombre muy serio y sumamente erudito en Ocultismo.
Si algunos de mis lectores visita ese lugar, puede ir a ver las experiencias de este “filósofo del fuego”.
Es el único alquimista práctico a quien yo conozco, además de una Asociación situada en los alrededores de Gortiz, en Austria.
Hice ese descubrimiento hacia la misma época de un zapatero, portero en un callejón de Menilmontant, quien poseía la más completa biblioteca sobre Alquimia que yo jamás había visto.
Muy afecto a sus estudios, el zapatero al que me refiero, socialista de la escuela de Fourier y de Torreil, durante cuarenta años había estado comprando esos libros, uno tras otro, a revendedores de curiosidades.
Entre otras obras raras, tenía manuscritos herméticos de gran valor.
En la actualidad se vio obligado a vender casi todos sus tesoros.
Había leído y tomado nota de todo, y era muy erudito en Ocultismo como para ser un interlocutor del Venerable Maestro el día de su Iniciación.
Sin embargo, nunca había intentado practicar la Alquimia.
Nuestra monografía no sería completa si concluyéramos sin indicar, por lo menos, los libros más útiles para quienes quieran llegar más lejos en estos curiosos estudios.
Esto es lo que intentaremos hacer.

 


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