Portal En Honor A La Orden Martinista Del Perú
La Vía Cardíaca
Colegio de Lima
Grupo Lucien Chamuel Nº 37
Círculo “Acanto” Nº 19
Nota:
El contenido de este Portal es independiente de cualquier Orden
Martinista.
Este Portal es en recuerdo del S
I
I
Carlos E. Cornejo López,
Instrucciones dirigidas a su Hijo
Jean-Baptiste Willermoz
Explicaciones preliminares que sirven de introducción
a los capítulos siguientes conteniendo la descripción de los hechos
espirituales concernientes a la Creación del universo físico y temporal
y sus partes principales, de la creación del hombre y la mujer,
de su prevaricación y castigo, y los principales hechos sobrevenidos
en su posteridad hasta la época del diluvio universal.
Siguiendo fielmente, como hasta ahora hemos hecho, las sublimes
instrucciones de Moisés ese gran legislador amigo de Dios, conductor
esclarecido y fiel del pueblo hebreo, conseguiremos alcanzar el
conocimiento cierto de los hechos espirituales concernientes al
origen y creación del universo físico temporal y sus partes principales,
de los que fue encargado por Dios de dar a conocer y transmitir
en toda su verdad y pureza por medio de una iniciación secreta y
proporcional a los especialmente elegidos y designados para ello,
y que las Santas Escrituras nos dan a conocer como hombres llevados,
la mayor parte de ellos, por una gran saber e inteligencia. Apartemos
por el momento el velo material que forzosamente ha debido cubrir
su descripción para la inmensa mayoría de seres de esta nación,
compuesta por hombres groseros e ignorantes que no la hubieran podido
comprender en toda su verdad, o que al poco tiempo hubieran abusado
de ella, velo que desde entonces ha dado lugar a tantas equivocaciones.
Apreciaremos a continuación, por justas comparaciones, las versiones
de este velo llegadas a nuestras manos que han materializado casi
todas las partes de su descripción, y aprovecharemos cuidadosamente
las ocasiones que se presenten, naturalmente de señalar las causas
particulares de éstas subversiones materiales que tanto fatigan
la inteligencia de los verdaderos fieles, de los verdaderos sabios,
y entregan las armas mortíferas a la multitud de incrédulos que
desgraciadamente aumenta día a día.
Pero como pudiéramos vernos expuestos, por razón de dar alguna explicación
apremiante, a interrumpir el hilo del relato que vamos a emprender,
nos creemos en el deber de dar aquí y de modo preliminar, ciertas
explicaciones y definiciones sobre algunos complementos importantes,
con el fin de facilitar su entendimiento a los amigos de la sabiduría,
y prevenir en tanto nos sea posible la necesidad de penosas interrupciones.
Así pues, empezaremos por explicar lo que es preciso
entender en esas palabras, a menudo repetidas, que ordinariamente
expresan un todo, pero que en ocasiones no expresan más que una
parte notable de ese todo, a saber: la inmensidad divina o mundo
divino increado; la creación del universo físico temporal y del
espacio universal que encierra y contiene todas las partes; la formación
y explosión del caos, la creación de la materia dicha mala o malvada
y sus principios constitutivos, del porqué de tres elementos y no
cuatro, la vida universal pasiva que anima todo el espacio, a todos
los cuerpos y corpúsculos y todos los individuos por un tiempo;
la bendición de la Gran Obra de seis días por el acto sabático divino
del séptimo día. Por otro lado, no nos cansaremos de repetir esas
explicaciones en su lugar y sitios naturales, ya que juzgamos esa
repetición útil y conveniente para fijar la atención sobre estos
detalles.
La inmensidad divina, que también nombramos como mundo divino e
increado, que es por consecuencia indefinible, que domina y separa
el espacio universal y los mundos creados, es una inmensidad sin
hitos ni límites que se acrecienta sin cesar y aumenta sin fin para
contener la multitud inmensa de seres espirituales e inteligentes
emanados del seno del Creador.
Dios es el Centro, y desde ese Centro lo llena todo.
Esta concentrado en su incomprensible unidad, tanto, que la manifiesta
por los actos y producciones de su inefable Trinidad divina, que
adoramos bajo los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo, que forman
conjuntamente el eterno triángulo divino en el que la unidad divina
es el principio y el centro.
Este triángulo divino esta rodeado de la multitud inmensa de seres
espirituales e inteligentes del que son emanados, y forman conjuntamente
cuatro clases distintas en acciones, virtudes y poderes, que la
Iglesia cristiana reverencia bajo los nombres de ángeles, arcángeles,
querubines y serafines.
Nombramos con Moisés la primera: círculos de espíritus superiores
y le damos el número 10, como corresponsales y agentes inmediatos
del poder divino del Creador. Hagamos mención de la segunda: círculo
de espíritus mayores y le damos el número 8, que es el doble poder
que pertenece a los Hijos de lo divino, que manifiestan el poder
del Padre del que son imagen y operan el suyo propio, los denominamos
espíritus octogésimos y agentes inmediatos del poder octogésimo
de los Hijos.
Mencionaremos la tercera clase: círculo de espíritus inferiores
septenarios, como corresponsales y agentes inmediatos de la actividad
divina del Espíritu Santo, en que el número característico es el
7. Finalmente nombremos la cuarta clase: círculo de espíritus menores
ternarios al que damos el número 3, como agentes y corresponsales
de la cúatriple esencia divina para la manifestación de las operaciones
del sagrado ternario divino.
Pero no perdamos de vista que los números de acción 10, 8, 7 y 3
que caracterizan estas cuatro clases, reunidos suman 28 = 10; lo
que demuestra que toda acción espiritual proviene de la unidad;
y si trazamos este número 10 así: I , figurará la omega, el Principio
y el Todo, una parte por la I central, la otra por la circunferencia
que la rodea. Los seres espirituales de estas cuatro clases son
todos iguales por naturaleza, pero difieren todos, lo mismo en cada
círculo, como ya hemos dicho en otra parte, por su modo de acción,
su virtud y su poder; de suerte que cada círculo tiene también sus
superiores, sus mayores, sus inferiores y sus menores. Esta inmensidad
era todo lo que existía antes de la prevaricación de los ángeles
rebeldes.
El universo físico temporal es un espacio inmenso e inconmensurable
creado por el Todo Poder en el instante mismo de la prevaricación
de los ángeles rebeldes, por la manifestación de su gloria, su poder
y su justicia, y por ser el lugar de exilio y privación de los prevaricadores.
Este espacio está limitado y rodeado por todas partes por una inmensa
circunferencia ígnea e impenetrable, denominada filosóficamente
"eje del fuego central", formado por la multitud de espíritus inferiores
que permanecieron fieles, y que recibieron la orden del Creador
de defenderlo contra toda contracción demoníaca durante la duración
del intervalo de tiempo fijado por la justicia.
Es en este maravilloso espacio, donde, en el momento de la explosión
del caos, fueron puestas en acción y movimiento todas las partes
del universo creado, cielos, astros, estrellas, planetas, los cuerpos
terrestres y celestes, y en general todos los seres activos y pasivos
de la naturaleza, donde todas sus partes y cada una en particular
operan con una precisión admirable sus acciones diarias, conforme
a las leyes de orden recibidas del divino Creador.
Este espacio se compone de dos partes principales. En el centro
de la parte inferior denominada mundo terrestre, esta emplazado
el cuerpo general terrestre o tierra propiamente dicha, rematada
de tres planetas inferiores denominados Júpiter, Venus y Luna que
esparcen su influencia y operan inmediatamente sobre ellos su acción
en correspondencia con los cuatro planetas superiores.
La parte superior del espacio universal, llamado mundo celeste,
contiene los cuatro planetas superiores denominados Saturno, Sol,
Mercurio y Marte, que forman en su conjunto las cuatro regiones
celestes, dominan lo universal y están en correspondencia con los
cuatro círculos espirituales del mundo sobre celeste que los corona
y del que hablaremos más adelante. Es en el centro de las cuatro
regiones celestes de este cuaternario temporal donde Moisés ha situado,
con el árbol de la vida, el paraíso terrenal que los geómetras materialistas
buscan en la tierra. Es en este mismo centro regional que ha situado
al hombre emancipado, pura y santa imagen y semejanza de Dios, y
donde ha establecido la sede de su dominio universal sobre los seres
y las cosas creadas.
Por debajo del mundo celeste y las cuatro regiones planetarias superiores
que la componen, existe otro espacio inmenso denominado inmensidad
y mundo sobre celeste o por encima de lo celeste, creado al mismo
tiempo que los mundos inferiores. Esta inmensidad rodea, protege
y defiende poderosamente contra toda acción demoníaca la circunferencia
ígnea del eje de fuego central que marca y limita para siempre el
espacio universal. Ella separa la inmensidad divina increada de
los tres mundos inferiores creados; esta habitada y ocupada por
la multitud de seres espirituales que el Creador ha sometido a la
ley del tiempo, forman en similitud de la inmensidad cuatro clases
distintas por su número de acción, por su virtud, su facultad y
grado de poder temporal del que están revestidas.
El cuarto círculo que los sabios han nombrado como círculo de los
espíritus menores cuaternarios esta hecho a imagen y semejanza del
centro divino con el cual esta unido por su línea perpendicular.
Es en este círculo donde al Creador le ha complacido emanar de su
seno y establecer la clase general de las inteligencias humanas
llamadas hombres, por el acto absoluto de su sexto pensamiento de
creación, por ser su cabeza de emanación, sexto pensamiento del
que ha hecho un sexto día como si en Dios pudiera haber ni tiempo,
ni día, ni intervalo. Es de este mismo círculo de donde le ha complacido,
acto seguido, emancipar y sacar al primer hombre que nosotros llamamos
Adán, aunque este no sea su verdadero nombre, y de enviarlo puro
y santo a habitar el centro de las cuatro regiones superiores del
mundo celeste, y establecer allí la sede del dominio universal con
que le había revestido sobre todas las cosas creadas.
Es también en este centro regional que deberían ser emancipados
y enviados a su alrededor todos los otros hombres menores de su
clase, para los que pediría al Creador la emancipación para venir
a ayudarle en sus augustas funciones con el fin de oponerse a la
multitud de espíritus rebeldes y contener todos juntos su acción
perversa.
Dios, emancipando a Adán y enviándolo a cumplir su misión en el
centro de las cuatro regiones celestes, donde todo esta sujeto a
formas corporales necesarias para devolverse mutuamente la acción
de los seres que son sensibles a aquellos que les rodean, lo ha
revestido de un forma corporal gloriosa impasible e incorruptible,
que podría reintegrarlo en él y reproducir fuera de él, tal como
nuestro divino Redentor Jesucristo ha presentado después de su resurrección
a los hombres por modelo. Revistiéndolo de ese cuerpo glorioso,
Dios lo dotó al mismo tiempo del verbo de creación de formas gloriosas
parecidas a la suya, con el fin de que pudiera a su vez revestir
a los hombres menores que fueran emancipados después de él, y enviar
al centro regional celeste para ayudarlo contra los culpables en
su misión que tornaría común a todos.
La expresión empleada de "un puro limo de tierra", que indica naturalmente
una sustancia fina y sutil, pues es dicho en nuestras versiones
que Dios formó el cuerpo del primer hombre puro e inocente, no contradice
en absoluto lo que acabamos de decir sobre la naturaleza de los
cuerpos gloriosos impasibles e incorruptibles. Pero no obstante,
esta expresión ha inducido a los traductores del texto hebreo y
sus comentaristas a considerar el cuerpo de Adán únicamente como
terrestre y en consecuencia material, cuando esto no era así, y
he ahí una de las causas principales de las subversiones materiales
que formulan en el resto de su descripción. Esta inducción por ellos
transmitida, sin duda alguna de buena fe, ha podido subyugar la
docilidad de los lectores, un tanto ya predispuestos por razón de
un cierto respeto religioso por las cosas santas reveladas, a admitirla
sin examen previo, pero esta inducción no ha podido convencer a
aquellos que reflexionan desde un punto de vista de madurez sobre
los hechos que les son presentados. Nosotros decimos a todo aquel
que quiera oírnos que Adán no fue asimilado a los otros animales
por la vida pasiva que le fue dada, y que su cuerpo glorioso no
fue materializado, más que en los abismos de la tierra donde fue
precipitado por orden del Eterno después de su crimen, y condenado
a venir después sobre la superficie terrestre, a unirse por su reproducción
corporal, al fruto material que había retirado de su única operación
librándose a los consejos pérfidos del jefe de los Demonios.
La materia general, tal y como la conocemos, dicha novena porque
es un compuesto de tres elementos o principios elementales denominados:
Fuego, Agua y Tierra, que son cada uno de los tres, un mixto ternario
de tres sustancias simples o esencias espirituales denominadas Azufre,
Sal y Mercurio; no es lo que aparenta, y esa apariencia misma no
es más que pasajera, y se desvanecerá totalmente con el fin de los
siglos. Solamente Dios conoce su duración, ya que, el mismo Nuestro
Señor Jesucristo, dice que el fin del mundo no es conocido más que
por el Padre y que esa misma apariencia es a la vez desconocida
por el Hijo considerado en su humanidad.
Algunos se extrañarán que sólo hablemos de tres elementos en lugar
de cuatro que son los vulgarmente aceptados, comprendiendo en este
número el aire común, casi siempre sobrecargado de las exhalaciones
más groseras de los otros tres elementos. En efecto, nosotros no
contamos más que tres.
El aire, principio tan sutil, no es en absoluto uno de ellos. Es
mucho más superior a los otros tres como para poder ser asimilado
ni confundido con ellos. Es el carro de vida elemental, que nutre,
conserva y vivifica los elementos. Es el punto central del triángulo
elemental del que esta unido íntimamente a los ángulos para su conservación
temporal. Que aquellos que se extrañen, reflexionen profundamente
sobre lo que acabamos de decir en relación al aire como principio,
y la extrañeza que venimos de señalar pronto cesará.
Para no caer uno mismo en una gran confusión de ideas, es preciso
no confundir jamás las esencias espirituosas simples, que son la
base fundamental de toda corporación cualquiera, con los principios
elementales de los que proviene, ya que unas y otras tienen un origen
distinto, con un destino diferente, que la prevaricación del hombre
ha podido cambiar, pero no ha podido destruir.
La materia no tiene y no puede tener ninguna realidad ni estabilidad
absoluta, porque sólo Dios puede dar esa realidad a las producciones
inmediatas de su esencia divina, como en efecto la ha dado y la
continuará dando a los seres espirituales e inteligencias humanas
ya que todas son emanadas de su seno, de donde toman la individualidad,
la actividad, la inteligencia, la vida inmortal que los caracteriza,
y se convierten de este modo, por su emanación del centro divino,
en partícipes de la naturaleza misma de su principio generador que
es Dios, quedando, sin embargo, en libertad de quedársele para siempre
unidos por el amor y reconocimiento, o por el contrario, separársele
por el desprecio absoluto de sus leyes y sus beneficios, en cuanto
llega Lucifer y sus seguidores.
Llamamos espirituosas a esas tres esencias fundamentales, porque
ellas no tienen nada de espiritual, no siendo más que producto de
la acción de seres espirituales ternarios, habitantes de la inmensidad
divina, que desde el origen de las cosas temporales recibieron del
Creador la orden de descender en el espacio creado y de producir
fuera de ellos, según la facultad y el poder que esas tres esencias
habían sido dotadas. Tampoco podemos considerarlas como materiales,
puesto que aún no lo son aunque estando destinadas a convertirse
en ello, cuando la justicia divina fije el momento que juzgue conveniente
para in corporizar en formas materiales a los espíritus prevaricadores
arrepentidos que, motivados por el intelecto y las buenas inspiraciones
del hombre menor, hayan deseado el estado de expiación satisfactorio,
sin el cual, ningún culpable puede esperar su retorno al bien.
Tal es el propósito de la misericordia activa de común acuerdo con
la justicia; y he ahí el momento en que el hombre, haciendo uso
de sus poderes según la voluntad de su Creador, habría creado la
materia por su incorporación en esas formas por medio de una sabia
combinación de esencias espirituosas de las que era el principio.
Pero el hombre primitivo, engañado y subyugado por los consejos
pérfidos de su enemigo que sí conocía el destino de la materia y,
sólo deseando separarla de él y de todos su cómplices por todos
los medios, fue arrastrado al crimen, equivocando a su alrededor
los designios de la justicia divina y destruyendo los de la misericordia,
al anticiparse audazmente al tiempo que la justicia divina había
decidido para la creación de la materia y agravando su crimen.
Por ello, pone colmo a su desgracia haciendo recaer sobre sí mismo
y toda su posteridad, el justo castigo expiatorio reservado a su
seductor, puesto que por esta culpable anticipación acababa de crear
su propia prisión.
Aquellos hombres seducidos por las apariencias que sin cesar sacuden
sus sentidos, cuyos ojos materiales sólo ven en todo y por todas
partes mas que materia, que por ella caen en una especie de embrutecimiento
que nos les permite discernir ningún signo de espiritualidad en
su ser pensante, se sublevarán contra nuestra aserción de que la
materia no es más que aparente y no tiene nada que ver con la realidad,
pareciéndoles errónea y loca, pero no es a ellos a quien dirigimos
nuestro aserto. Sabemos que son sordos y ciegos e incapaces de comprendernos.
Les dejamos, ahí, enterrados en la alta ciencia a la que están fuertemente
aferrados.
Pero hay una multitud de otros, que flotando aún en cierta incertidumbre,
están sin embargo mejor dispuestos a asirse a la verdad cuando ésta
se presenta ante ellos, y tienen necesidad de socorro para ayudarles
a percibirla. A éstos, les decimos, buscad en las fuentes que la
ocultan y no desfallezcáis en esta búsqueda.
Que sepan pues que, en la naturaleza, todas las cosas dignas de
ocupar al hombre radican en los números fundamentales comprendidos
del 1 al 10. Buscad con buenos guías para preservaros del error.
La materia tiene también su número propio que ha demostrado ser
el 9. Para conocer su valor, buscad su producto, multiplicar pues
este número 9 por el mismo, y sumar los números que resultarán,
reducirlos a su raíz y el resultado que se obtendrá será 9, lo que
viene a demostrar que la materia no puede producir más que materia.
Para una segunda operación unir un número cualquiera al número 9,
signo característico de la materia, adicionar esos dos números y
no quedará más que el número que se le había unido, y el de la materia
habrá desaparecido totalmente; lo que también demostrará que la
materia no es en absoluto real. Dejamos a los eruditos materialistas
que expliquen la razón de porqué de entre todos los números que
componen la decena, sólo aquel que caracteriza la materia, es el
único que desaparece totalmente ante todos los otros.
Nosotros hablamos a menudo de la vida espiritual activa que es la
vida del espíritu, y de la vida universal pasiva, y es preciso definir
una y otra, pues esta definición es todavía necesaria para muchos
seres pensantes.
Existe en la naturaleza y principalmente para el hombre menor, para
el Adán degradado y castigado, dos vidas muy distintas que no pueden
nunca confundirse sin caer en el más grande de los peligros: una
es la vida espiritual activa o del espíritu, en tanto que la otra
es la vida universal pasiva que es de la materia.
La vida del espíritu no ha sido creada, sino que ella emana con
el ser que ha salido del seno de Dios de donde es originaria.
Es inmortal, indestructible, inteligente y activa. Ella piensa,
quiere, actúa y distingue, ya que esta hecha a imagen y semejanza
de su principio generador; ella se fortifica en el ejercicio del
bien y sólo puede debilitarse y oscurecerse en el ejercicio del
mal.
La vida animal pasiva, denominada también alma universal del mundo
creado, no es más que pasajera, ya que ha sido emanada, y por sólo
un tiempo, por los seres espirituales inferiores, agentes del poder
senario del Creador, que recibieron de Él mismo desde el origen
de las cosas creadas, la orden y la poderosa facultad de emanar
de ellos y de producir de su propio fuego, esta vida general que
anima, sostiene y conserva por el tiempo determinado la masa entera
de la creación, todas sus partes y cada especie de individuos destinados
a habitar el espacio creado a lo largo de la duración de los siglos,
y que están puestos en este espacio como vehículo de esta vida general
insertada en ellos.
La vida animal era totalmente extraña al hombre en su estado primitivo
de pureza e inocencia, pero después de su prevaricación perdió sus
primitivos derechos asimilándose a los otros animales, fue condenado
a vivir temporalmente de la misma vida que era común a todos los
otros, y lo distinguirá eternamente de todos los otros animales
que no han participado jamás de ese primer estado de vida.
Todos los animales, desde el más grande hasta la más pequeña lombriz,
están dotados con la vida pasiva, y por el autor de la naturaleza,
de un instinto particular para dirigir su acción diaria, en todas
las clases donde estén situados, tanto para la conservación de su
ser como para su reproducción y multiplicación de su especie. Este
instinto, siempre proporcionado a su necesidad, es muy fino y sutil
en determinadas especies, sorprende algunas veces al observador
atento que conoce los límites, y es casi imperceptible en ciertos
animales, pero en cualquier caso siempre suficiente a su necesidad.
Esta gran variedad, tiene su principio en la misma causa divina
que pone ante nuestros ojos la asombrosa diversidad que tanto nos
llama la atención en los árboles, en sus hojas, en las briznas de
hierba y en todas las producciones de la naturaleza.
El hombre intelectual en su estado de inocencia no estaba en absoluto
sujeto a las leyes del instinto, que le eran totalmente extrañas;
pero asimilado por su caída a los otros animales, su embrutecimiento
fue dotado del instinto particular propio de su naturaleza, que
queda unido a su ser hasta el fin de su existencia temporal. Pero
también ha estado dotado por causa de su emanación, de una facultad
activa muy poderosa que llamamos razón. Esta razón es un rayo de
la esencia divina misma, es una antorcha que le ha sido dada para
dirigirse en el ejercicio de las sublimes funciones de las que ha
sido encargado y que le ha sido conservada en su segundo estado
para iluminarlo en sus nuevas necesidades y en el uso que en lo
sucesivo debe hacer del instinto animal del que viene de ser dotado.
Pero entregado a la atracción de los sentidos y a las pasiones de
las que se convierte en esclavo, a los prejuicios y prevenciones
que le arrastran, junto a las costumbres más o menos arraigadas
que contrae, oscurecen de tal modo lo que le queda de ese rayo divino,
que a menudo parece inferior a los animales que tienen el instinto
por guía y habitualmente lo siguen.
El hombre actual es pues un ternario de tres sustancias que son:
el espíritu inmortal, que es su ser esencial, el alma pasiva con
su instinto, y el cuerpo material que ella anima. El animal bruto
no es más que un compuesto binario de estas dos últimas sustancias
de la vida pasiva, que son su instinto y su cuerpo material.
En el hombre, cuando el principio vital que anima su cuerpo material,
termina su acción particular, sea por las leyes de la naturaleza
o por accidente, se escapa y va a reintegrarse a la masa general
de donde proviene. Entonces el espíritu, que estaba unido al cuerpo
material por este principio vital, se convierte en libre, y sube
o desciende a la esfera que haya escogido a lo largo de su unión
al cuerpo material, por sus sentimientos y actos habituales. En
cuanto al cadáver, queda libre a su disolución por la separación
de los principios elementales que quieren reintegrarse a su estado
primitivo, como ya fue explicado y demostrado en las primeras instrucciones.
Pero, ¿ cómo puede ser que sobre un asunto de la mayor importancia
- ya que sus bases reposan sobre principios evidentes generalmente
reconocidos por todos - reine aún hoy entre los cristianos semejante
discordancia y oscuridad sostenidas de tantas sutilidades que no
hacen mas que embrollarlo todo todavía más ? Lo que acabamos de
exponer, no sorprenderá a los materialistas declarados y a los incrédulos
que, por ser más libres en su conducta y extravíos, no se ruborizarán
en absoluto por asimilarse a los animales y especialmente a aquellos
cuyo progreso en su instinto provoca su mayor admiración. Y es que,
si pedimos a los hombres instruidos, que a menudo están encargados
de la formación religiosa de los demás, en qué consiste la diferencia
característica que se encuentra y debe existir entre el hombre y
el animal bruto, responderán sin vacilar:
Dios, en tanto Creador de todo lo que existe, ha creado al hombre
y al animal, pero, ha dado al hombre un alma racional y a los animales
una alma irracional, y ahí está lo que los distingue esencialmente.
Esta respuesta establece una paridad absoluta de origen que, sin
embargo, debería ser sólo relativa; pero aquellos que la funden
y están profundamente convencidos de ello, vemos que por ella confunden
el Fiat divino, que es una orden dada por el Creador de hacer, con
el Faciamus que expresa la acción misma e inmediata del Creador
y su voluntad de operar Él mismo, que es claramente manifestada
sólo en la creación del hombre. Esta inmensa diferencia, por sí
misma, debería tener sin embargo grandes resultados. Además, la
facultad de razonar de la que reconocen que el hombre está dotado
y el animal privado, no es más que una facultad del ser espiritual,
y no de un ser real y distinto, y las definiciones más sutiles que
la teología moderna emplea para sostener esta opinión no conseguirán
jamás probar la verdad de lo que no es, en tanto que la cuestión
que nos ocupa, reducida con San Pablo a sus términos más simples,
y tal como nosotros la profesamos, establece una doctrina pura,
simple, luminosa e incontestable, ya que apela a nuestros sentidos.
San Pablo dice formalmente en su Primera Epístola a los Tesalonicenses
(Cap. V, vers. 23): "Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente,
y que por entero vuestro espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo
se conserven sin reproche en la venida de nuestro Señor Jesucristo".
He aquí bien diferenciadas las tres sustancias distintas que reconocemos
en el hombre. ¿ Porqué pues obstinarse en tener otro lenguaje que
el del Gran Apóstol, para preferir uno más humano que sólo la costumbre
ha consagrado ? Dejamos estas reflexiones a la meditación de los
verdaderos amigos de la sabiduría.
El Génesis nos enseña que el Señor Dios terminó al sexto día sus
obras de creación universal del cielo y la tierra con todos sus
ornamentos, y que, habiéndolas considerado de nuevo las halló muy
buenas, es decir, conformes a sus planes, su voluntad y sus órdenes.
Esta simple exposición nos da un nuevo testimonio de que no fue
Dios mismo quien obró esta creación, y que ella fue operada por
sus agentes espirituales encargados de la ejecución de sus órdenes,
ya que de lo contrario no hubiera tenido necesidad de verificación
alguna si lo hubiera hecho el mismo. Esta misma exposición nos enseña
también que el Señor Dios, después de haberlas acabado, reposó el
séptimo día, que se termino ese día toda la obra que había hecho,
y que bendijo y santificó este séptimo día por haberla terminado.
Habría quedado pues alguna cosa por hacer en ese séptimo día, y
el Génesis no nos lo explica; pero nosotros sabemos por Moisés que
los astros, los cuerpos planetarios, las estrellas y todos los cuerpos
celestes y terrestres que por la explosión del caos habían sido
animados de la vida pasiva, no habían aún recibido la vida espiritual;
que el Señor Dios emancipó del círculo de los espíritus septenarios
existentes en la inmensidad divina, los cuales Lucifer acababa de
mancillar por su rebelión, a los seres espirituales fieles de esta
clase a los que quería dar la dirección superior de los astros,
los cuerpos planetarios, las estrellas y los cuerpos celestes y
terrestres que acababa de crear, y que situó en el centro de cada
una de sus producciones para gobernarlas y mantenerlas, tanto en
su propia acción como en su marcha diaria por la duración de los
siglos, maravillosa armonía que venía de establecer; lo que hace
el entero cumplimiento de su gran obra, y al mismo tiempo la bendición
y santificación sabática del séptimo día.
Libro de Visitas
Vea Mi Guestbook
Firme Mi Guestbook


