Portal En Honor A La Orden Martinista Del Perú
La Vía Cardíaca
Colegio de Lima
Grupo Lucien Chamuel Nº 37
Círculo “Acanto” Nº 19
Nota:
El contenido de este Portal es independiente de cualquier Orden
Martinista.
Este Portal es en recuerdo del S
I
I
Carlos E. Cornejo López,
La Clave De Los Grandes Misterios
Según Enoch, Abraham, Hermes Trismegisto y Salomón
Por Eliphas Levi
PREFACIO
El espíritu humano siente vértigo ante el misterio. El misterio
es el abismo que atrae sin cesar nuestra curiosidad inquieta ante
sus increíbles profundidades.
El más grande misterio del infinito es la existencia de Aquel para
quien todo carece de misterio. Al comprender el infinito que es
en su esencia incomprensible, El mismo es el misterio infinito y
eternamente insondable, es decir, que El es, bajo toda apariencia,
ese absurdo por excelencia en el que creía Tertuliano. Necesariamente
absurdo, puesto que la razón debe renunciar para siempre a comprenderlo;
necesariamente accesible por creencia, puesto que la ciencia y la
razón, lejos de llegar a demostrar que no existe, se ven fatalmente
movidas a reafirmar la fe en su existencia y a adorarlo ellas mismas
con los ojos cerrados.
Siendo este absurdo la fuente infinita de la razón, la luz que eternamente
resurge de la eterna tiniebla, la ciencia, esta Babel de la mente,
puede doblar y multiplicar sus espirales siempre en ascenso, podrá
hacer oscilar la tierra, pero nunca llegará al cielo. Dios es aquello
que eternamente estamos aprendiendo a conocer. Por tanto, nunca
llegaremos a ello totalmente. Sin embargo, el dominio del misterio
es un campo abierto a las conquistas de la inteligencia. Se puede
llegar allí con audacia; nunca se llegará a reducir su extensión;
tan sólo se cambiará de horizonte. Todo saber es el sueño de lo
imposible, pero desgraciado de aquel que no osare aprenderlo todo
y que no comprenda que para saber alguna cosa es preciso resignarse
a estudiar siempre.
Se dice que para aprender bien hace falta olvidar muchas veces.
El mundo ha seguido este método. Todo lo que se cuestiona en nuestros
días ha sido ya resuelto por los antiguos, con anterioridad a nuestros
anales, sus soluciones escritas en jeroglíficos no tenían mayor
sentido para nosotros. Un hombre ha vuelto a encontrar la clave,
ha abierto las necrópolis de la ciencia antigua y ha dado a su siglo
todo un mundo de teoremas olvidados, de síntesis sencillas y sublimes
como la naturaleza, irradiando siempre de la unidad y multiplicándose
como los números, con tan exactas proporciones, que lo conocido
demuestra y revela lo desconocido. Comprender esta ciencia es ver
a Dios. El autor de este libro, al terminar su obra, creerá haberlo
demostrado.
Pero, cuando hayáis visto a Dios, el hierofante os dirá: volveos,
y en la sombra que proyectáis en presencia de este sol de las inteligencias
veréis aparecer al diablo, ese negro fantasma que veis cuando vuestra
mirada se aparta de Dios y cuando creéis llenar de nuevo el cielo
con vuestra sombra, ya que los vapores de la tierra parecen agrandarla
al subir.
Conciliar, en un sentido religioso, la ciencia con la revelación
y la razón con la fe, demostrar en filosofía los principios absolutos
que armonizan todas las antinomias, revelar, en fin, el equilibrio
universal de las fuerzas naturales, tal es el triple objetivo de
esta obra que estará, por consiguiente, dividida en tres partes.
Mostraremos así la verdadera religión de tal forma que nadie, sea
o no creyente, podrá desconocerla; ello será lo absoluto en materia
de religión. Estableceremos en filosofía los caracteres inmutables
de esta VERDAD, que es en ciencia REALIDAD, en juicio
RAZÓN y en moral JUSTICIA. En fin, haremos conocer
las leyes de la naturaleza en virtud de las cuales, se mantiene
el equilibrio, y mostraremos cuán vanas son las fantasías de nuestra
imaginación frente a las fecundas realidades del movimiento y de
la vida. Invitaremos también a los grandes poetas del porvenir a
rehacer la Divina Comedia, no tanto de acuerdo a los sueños del
hombre, sino siguiendo las matemáticas de Dios. Misterio de los
otros mundos, fuerzas ocultas, extrañas revelaciones, enfermedades
misteriosas, facultades excepcionales, espíritus, apariciones, paradojas
mágicas, arcanos herméticos, lo diremos todo y lo explicaremos todo.
- ¿Quién nos ha dado este poder?
No tememos revelarlo a nuestros lectores.
Existe un alfabeto oculto y sagrado que los hebreos atribuyen a
Enoch, los egipcios a Thoth o a Hermes Trismegisto, los griegos
a Cadmos ya Palemedes. Este alfabeto, conocido por los pitagóricos,
se compone de ideas absolutas expresadas en signos y en números,
y reali1a, mediante sus combinaciones, las matemáticas del pensamiento.
Salomón había representado este alfabeto por setenta y dos nombres
escritos sobre treinta y seis talismanes, y es aquel que los iniciados
del Oriente llaman hasta hoy las pequeñas claves o clavículas de
Salomón. Estas claves están descritas y su uso explicado en un libro
que el dogma tradicional atribuye al patriarca Abraham. Es el Sepher-Yetzirah,
y con ayuda del Sepher-Yetzirah es posible penetrar el oculto sentido
del Zohar, el gran libro dogmático de la Kábala hebrea. Las clavículas
de Salomón, olvidadas con el tiempo y consideradas como perdidas,
las hemos reencontrado y hemos abierto sin pena las puertas de los
antiguos templos donde la verdad absoluta parecía dormir, siempre
joven y siempre bella, como aquella princesa de la leyenda infantil
que espera, luego de un sueño de siglos, al esposo que debe despertarla.
Después de nuestro libro aún habrá misterios, pero más altos y más
lejanos en las profundidades infinitas. Esta publicación es una
luz o una locura, una mistificación o un monumento. Leed, reflexionad
y juzgad.
Eliphas Levi
PARTE PRIMERA
MISTERIOS RELIGIOSOS
Problemas a resolver:- Demostrar, de una forma cierta y absoluta, la existencia de Dios, y presentar una idea que sea satisfactoria para todas las mentes.
- Establecer la existencia de una verdadera religión, de manera que llegue a ser indiscutible.
- Indicar la procedencia y razón de ser de todos los misterios de la religión única, verdadera y universal.
- Hacer que las objeciones de la filosofía se conviertan en argumentos favorables a la verdadera religión.
- Establecer el límite entre la religión y la superstición, y explicar la razón de los milagros y prodigios.
CONSIDERACIONES PRELIMINARES
Cuando el conde Joseph de Maistre, ese gran lógico apasionado, ha
exclamado con desesperación: «El mundo está sin religión», nos ha
recordado a otros que dicen temerariamente:
- «Dios no existe.»
En efecto, el mundo se encuentra sin la religión del conde Joseph
de Maistre, y es probable que también Dios, tal y como lo conciben
la mayoría de los ateos, no exista.
La religión es una idea basada en un hecho constante y universal;
la humanidad es religiosa:
- Así, pues, la palabra religión tiene un sentido necesario y absoluto. La naturaleza misma consagra la idea que representa esta palabra y la eleva a la altura de un principio.
La necesidad de creer va estrechamente unida a la necesidad de amar:
es por esto que las almas necesitan comulgar con las mismas esperanzas
y el mismo amor. Las creencias aisladas no son más que dudas: es
el lazo de la mutua confianza el que hace la religión y crea la
fe.
La fe no se inventa, no se impone, no se establece por convicción
política; ella se manifiesta, como la vida, con cierta fatalidad.
El mismo poder que gobierna los fenómenos de la naturaleza, extiende
y limita, por encima de toda humana previsión, el dominio sobrenatural
de la fe. No imaginamos las revelaciones, sino que nos sometemos
a ellas y las creemos. En vano protesta nuestro espíritu contra
la oscuridad del dogma, subyugado por el atractivo de esta misma
oscuridad y, a menudo, el más rebelde de los racionalistas se opondría
a aceptar el título de hombre sin religión.
La religión encuentra un lugar más amplio entre aquellas realidades
de la vida que pretenden creer aquellos que no necesitan de la religión,
o al menos pretenden no necesitarla. Todo lo que eleva al hombre
por encima del animal, el amor moral, la devoción, el honor, son
sentimientos esencialmente religiosos. El culto por la patria y
la familia, la fidelidad al pasado y a los recuerdos, son cosas
que la humanidad no podrá dejar nunca sin llegar a una degradación
total, y que no lograrían existir sin una creencia en algo más que
la sencilla vida mortal con todas sus vicisitudes, miserias e ignorancias.
Si la total aniquilación fuera el resultado de todas nuestras aspiraciones
a las cosas sublimes que sentimos como eternas, entonces el goce
del presente, el olvido del pasado y la despreocupación del porvenir
serían nuestros únicos deberes y llegaría a ser cierta la afirmación
de aquel célebre sofista: el hombre que piensa es un animal venido
a menos. Pero, además, entre todas las pasiones humanas, la pasión
religiosa es la más viva y poderosa. Ella se expresa, sea a través
de la afirmación o de la negación, con igual fanatismo. Mientras
unos afirman obstinadamente que Dios les ha hecho a su imagen, otros
le niegan con temeridad, como si pudiesen devastar y comprender
mediante un único pensamiento todo el infinito que va unido a su
gran nombre.
Los filósofos no han reflexionado suficientemente sobre el hecho
fisiológico de la religión en la humanidad: en efecto, la religión
existe por encima de toda discusión dogmática. Es una facultad del
alma humana, tanto como la inteligencia y el amor. Mientras existan
seres humanos, existirá la religión. Así considerada, ella no es
otra cosa que la necesidad de un idealismo infinito, necesidad que
justifica todas las aspiraciones al progreso, que inspira todas
las devociones e impide que la virtud y el honor sean tan sólo palabras
al servicio de alimentar la vanidad de los tontos y débiles, para
provecho de los fuertes y hábiles.
Es a esta innata necesidad de creencia a lo que podemos llamar con
propiedad religión natural, y todo lo que tienda a limitar y disminuir
el desarrollo de dicha creencia está, dentro del orden religioso,
en oposición a la naturaleza. La esencia del propósito religioso
es el misterio, puesto que la fe comienza en lo desconocido y abandona
todo el resto a las investigaciones de la ciencia. De ello resulta
que la duda viene a ser mortal para la fe. Ella intuye que la intervención
de un ser divino es necesaria para superar el abismo que separa
lo finito de lo infinito, y afirma dicha intervención con todo el
ímpetu de su corazón y toda la docilidad de su inteligencia. Por
fuera de este acto de fe, la necesidad religiosa no encuentra satisfacción
y viene a cambiarse en escepticismo y desesperación. Pero para que
el acto de fe no sea un acto de locura, la razón precisa que éste
sea dirigido y reglamentado.
- ¿Por quién?,
- ¿por la ciencia?
- ¿Por la autoridad civil?
Es absurdo. Haría falta que los sacerdotes fueran
vigilados por los gendarmes.
Queda entonces la autoridad moral, como la única que puede constituir
el dogma y establecer la disciplina del culto, esta vez de acuerdo
con la autoridad civil, pero no bajo sus órdenes. Hace falta, en
una palabra, que la fe proporcione a la necesidad religiosa una
satisfacción verdadera, completa, permanente e indudable. Para ello
será precisa una afirmación absoluta e invariable del dogma, conservado
por una jerarquía apropiada. También será necesario un culto eficaz
que, junto con una fe absoluta, brinde una sustancial realización
a los signos de la creencia. Así entendida, esta religión será la
única que puede satisfacer la natural necesidad religiosa, y la
única que puede llamarse verdaderamente natural, con lo cual llegamos
a una doble definición:
- La verdadera religión natural es la religión revelada; y la verdadera religión revelada será la religión jerárquica y tradicional que se afianza muy por encima de las discusiones humanas por la comunión en la fe, la esperanza y la caridad.
Al representar la autoridad moral y realizarla
por medio de su ministerio eficaz, el sacerdote será infalible y
santo, mientras que la humanidad se encuentra sujeta al vicio y
al error. El sacerdote, al actuar como tal, es siempre el representante
de Dios. Poco importan las faltas o incluso los crímenes del hombre.
Cuando Alejandro VI llevaba a cabo una ordenación, no era el envenenador
el que imponía las manos a los obispos, era el Papa. Como tal, Alejandro
VI nunca llegó a corromper ni a falsificar los dogmas que le condenaban
a él mismo, ni los sacramentos que, al ser administrados por su
mano, salvarían a otros y a él mismo no le justificarían.
Siempre han existido mentirosos y criminales, pero en la Iglesia
jerarquizada y autorizada por lo divino, no se han dado ni se darán
jamás malos Papas ni malos sacerdotes. Maldad y sacerdocio son dos
palabras que no pueden ir juntas.
Hemos mencionado al Papa Alejandro VI y pensamos que este ejemplo
será suficiente, sin que por ello dejen de existir otros casos justamente
execrables. Muchos grandes criminales han llegado a deshonrarse
ellos mismos doblemente, a causa del carácter sagrado de que estaban
revestidos; pero no les ha sido posible deshonrar este carácter,
que siempre permanecerá radiante y espléndido por encima de la humanidad
pecadora.
Hemos dicho que no hay religión sin misterios; añadiremos que no
existen misterios sin símbolos. El símbolo es la fórmula o la expresión
del misterio, que viene a expresar su profundidad ignota mediante
paradójicas imágenes tomadas de lo conocido. La forma simbólica,
al representar lo que se encuentra por encima de la razón científica,
necesariamente debe estar por fuera de dicha razón. De ahí la frase
célebre y perfectamente justa de un padre de la Iglesia:
- Yo creo, puesto que es absurdo, credo quin absurdum.
Si la ciencia afirmara que no sabe, se destruiría
a sí misma. La ciencia no sabrá hacer la obra de la fe, así como
la fe no podrá decidir en materia de ciencia. Una afirmación de
la fe, que la ciencia tuviera la temeridad de estudiar, no sería
para ella sino un absurdo, por lo mismo que una afirmación científica
que nos diera un artículo de fe sería absurda en el orden religioso.
Creer y saber son dos términos que nunca pueden confundirse. Pero
tampoco sabrían oponerse el uno al otro en un antagonismo corriente.
En efecto, es imposible creer lo contrario de lo que se sabe sin
dejar, por esto mismo, de saberlo. Y es igualmente imposible llegar
a saber lo contrario de lo que se cree sin dejar de creerlo inmediatamente.
El negar o incluso oponerse a las decisiones de la fe en nombre
de la ciencia es probar que no se comprende la una ni la otra. En
efecto, el misterio de un Dios en tres personas no es un problema
de matemáticas; la encarnación del Verbo no es un fenómeno cuyo
estudio sea propio de la medicina; la redención escapa a la crítica
de los historiadores. La ciencia es absolutamente impotente para
decidir lo que está bien o mal en cuanto a creer o no creer en un
dogma de fe. Ella sólo puede constatar los resultados de la creencia,
o estudiar si la fe hace en realidad mejores a los hombres, ya que
si la fe misma, considerada como un hecho fisiológico, es verdaderamente
una necesidad y una fuerza, será forzoso para la ciencia el admitirla
y tomar el sabio partido de contar siempre con ella.
Nos atrevemos a afirmar ahora que existe un hecho inmenso, apreciable
igualmente por la fe y por la ciencia; un hecho por el cual Dios
se hace visible en múltiples formas sobre la tierra; un hecho incontestable
y de alcance universal. Este hecho es la manifestación en el mundo,
a partir de la época donde comienza la revelación cristiana, de
un espíritu que desconocían los antiguos, un espíritu evidentemente
divino, más positivo que la ciencia en sus obras, más hermosamente
ideal en sus aspiraciones que la más alta poesía, un espíritu por
el cual ha hecho falta crear una nueva palabra, del todo desconocida
en los santuarios de la antigüedad. Esta palabra ha sido creada,
y demostraremos que este nombre o expresión es en religión, tanto
para la ciencia como para la fe, la expresión del absoluto. La palabra
es CARIDAD, Y el espíritu del cual hemos hablado es el espíritu
de caridad.
Delante de la caridad, la fe se prosterna y la ciencia se inclina
vencida. Hay aquí evidentemente algo más grande que la humanidad.
Por sus obras, la caridad prueba que ella no es un sueño. Es más
fuerte que todas las pasiones; triunfa sobre el sufrimiento y la
muerte; hace que Dios sea comprendido en todos los corazones y parece
colmar desde ya la eternidad por la iniciada realización de sus
legítimas esperanzas.
Ante la caridad viva y actuante,
- ¿Cuál sería el Proudhon que se atrevería a blasfemar?
- ¿Cuál el Voltaire que osaría reír?
Colocad unos sobre otros los sofismas de Diderot, los argumentos críticos de Strauss, las ruinas de Volney, cuyo nombre es adecuado, pues este hombre sólo podía crear ruinas, las blasfemias de aquella revolución cuyas voces se ahogaron a veces en la sangre y otras veces en el silencio del desprecio. Añadid a ello todo lo que el futuro puede reservamos en cuanto a monstruosidad y vano ensueño; traed luego a la más humilde y sencilla de todas las hermanas de la caridad. El mundo dejará a un lado todos sus errores, todos sus crímenes, todas sus malvadas ensoñaciones, para inclinarse ante aquella sublime realidad.
- ¡Caridad!, divina palabra,
- ¡Única palabra que puede hacemos comprender a Dios, ya que contiene toda una revelación!
- ¡Espíritu de caridad, unión de dos palabras que son toda una solución y todo un porvenir!
- ¿Cuál sería, en efecto, la pregunta que estas dos palabras no pudieran responder?
- ¿Qué es para nosotros Dios, sino el espíritu de caridad?
- ¿Qué es lo ortodoxo?
- ¿No es acaso el espíritu de caridad que no discute sobre cuestiones de fe a fin de no impresionar la confianza de los pequeños y de no perturbar la paz de la comunión universal?
Así,
- ¿Qué otra cosa es la Iglesia universal sino una comunión en espíritu de caridad?
Es por el espíritu de caridad que la Iglesia es
infalible, y por él existe la divina virtud del sacerdocio.
Deber de los seres humanos, garantía de sus derechos, prueba de
su inmortalidad, felicidad eterna iniciada por. ellos sobre la tierra,
meta gloriosa para su existencia, medio y fin de sus esfuerzos,
perfección de su moral individual, civil y religiosa, el espíritu
de caridad comprende todo, se aplica a todo, puede esperado todo,
emprender todo y realizado todo. Es por el espíritu de caridad que
Jesús, al expirar sobre la cruz, dio a su madre un hijo en la persona
de San Juan y, al triunfar sobre las angustias de tan terrible suplicio,
exhaló un grito de salvación y liberación diciendo:
- «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»
Es por la caridad que doce artesanos de Galilea
han conquistado el mundo. Ellos han amado la verdad más que a su
vida, y han ido ellos solos a decirla a los pueblos y a los reyes;
probados por las torturas, fueron encontrados fieles. Ellos han
mostrado a las multitudes la inmortalidad viviente en su muerte
y han regado la tierra con una sangre cuyo calor no puede extinguirse,
ya que ellos se hallaban inflamados de los ardores de la caridad.
Es por la caridad que los apóstoles han constituido su símbolo.
Ellos han dicho que creer juntos vale más que dudar por separado;
han constituido la jerarquía en base a la obediencia rendida tan
grande y tan noble por el espíritu de caridad que servir de tal
forma es reinar; ellos han formulado la fe de todos y la esperanza
de todos y han colocado este credo bajo la égida de la caridad de
todos. Desgraciado de aquel egoísta que se apropie una sola palabra
de la herencia del Verbo, ya que sería un deicida al intentar desmembrar
el cuerpo del Señor. Este credo es el arcano santo de la caridad
y cualquiera que le toque será convicto de muerte eterna, puesto
que la caridad se retiraría de él.
- ¡Es la herencia sagrada de nuestros hijos y es el precio de la sangre de nuestros padres!
Es por la caridad que los mártires encontraron
consuelo en las prisiones de los césares, atrayendo a su creencia
incluso a sus guardianes y ejecutores.
Es en nombre de la caridad que San Martín de Tours protestó contra
el suplicio de los priscilianos y se apartó de la comunión del tirano
que pretendía imponer la fe por la espada.
- ¡Es por la caridad que tantos santos han llevado consuelo al mundo de los crímenes cometidos en nombre de la religión misma, y de los escándalos del santuario profanado!
Es por la caridad que San Vicente de Paúl y Fenelón
se han ganado la admiración de los siglos más impíos y han hecho
caer desde el pasado la risa de los hijos de Voltaire, ante la dignidad
imponente de sus virtudes.
- ¡Es, en fin, por la caridad, que la locura de la cruz ha llegado a ser la sabiduría de las naciones, ya que todos los corazones nobles han comprendido que es más grande creer, junto con los que aman y se desvelan, que dudar con los egoístas y los esclavos del placer!
Bajar el Libro completo en formato Adobe PDF: La Clave De Los Grandes Misterios Por Eliphas Levi 716Kb.
Libro de Visitas
Vea Mi Guestbook
Firme Mi Guestbook


