Portal En Honor A La Orden Martinista Del Perú
La Vía Cardíaca
Colegio de Lima
Grupo Lucien Chamuel Nº 37
Círculo “Acanto” Nº 19
Nota:
El contenido de este Portal es independiente de cualquier Orden
Martinista.
Este Portal es en recuerdo del S
I
I
Carlos E. Cornejo López,
Giovanni Pico della Mirandola
“...Nunca he filosofado sino por el amor a la pura filosofía; ni he esperado ni he buscado nunca en mis estudios y en mis meditaciones ninguna merced ni ningún... fruto que no fuese la formación de mi alma y el conocimiento de la verdad, por mí supremamente ansiada. He sido siempre amante tan apasionado de la verdad que, dejada toda preocupación de los asuntos privados y públicos, me he dedicado por entero a la paz contemplativa. De ésta, ni las calumnias de envidiosos ni los dardos de los enemigos han podido hasta aquí ni podrán nunca apartarme. Ha sido la filosofía quien me ha enseñado a depender de mi sola conciencia, más que de los juicios de los otros y estar atento siempre no al mal que se dice de mí, sino a no hacer o decir algo malo yo mismo”.La práctica de la filosofía como reflexión personal y como responsabilidad frente al enigma de la existencia es un rasgo característico del método masónico, filosofía como conversación al estilo socrático mas que como "asignatura" académica. La masonería que no se define a sí misma como una doctrina, ni como un "istmo" ideológico sin embargo sí admite ser "filosofista", la masonería es una invitación dirigida a toda persona para que inicie una experiencia filosófica. En este sentido es muy pertinente la definición administrativa de la masonería como una "organización filosófica, no confesional".
En la larga historia del pensamiento humano hay muchos filósofos
que merecen atención, empezando por Sócrates, Platón y Aristóteles,
padres del pensamiento filosófico. Pero para la tradición masónica,
hay un humanista, modelo del Renacimiento, que define, en su lenguaje,
en su voluntad comprehensiva, en su libertad interior, paradigmáticamente
muchos de los rasgos de la tradición masónica, sin haber sido masón.
Ese hombre es Giovanni Pico de la Mirandola, Conde de la Concordia
(1463-1494)
El Discurso, también llamado la Oración sobre la dignidad del hombre,
habla expresamente de la condición del ser humano como artífice
de sí mismo, como ser abierto, como proyecto y posibilidad inconclusa.
La belleza del texto, su lenguaje específicamente "constructivo",
su valor filosófico y moral nos anima a transcribir el Discurso
sobre la dignidad del hombre - parcialmente- como material filosófico
idóneo para reflexión en logia.
Discurso sobre la dignidad del hombre
He leído en los antiguos escritos de los árabes, padres venerados,
que Abdala el Sarraceno, interrogado acerca de cuál era a sus ojos
el espectáculo más maravilloso en esta escena del mundo, había respondido
que nada veía más espléndido que el hombre. Con esta afirmación
coincide aquella famosa de Hermes: "Gran milagro, oh Asclepio, es
el hombre".
Sin embargo, al meditar sobre el significado de estas afirmaciones,
no me parecieron del todo persuasivas las múltiples razones que
son aducidas a propósito de la grandeza humana: que el hombre, familiar
de las criaturas superiores y soberano de las inferiores, es el
vínculo entre ellas; que por la agudeza de los sentidos, por el
poder indagador de la razón y por la luz del intelecto, es intérprete
de la naturaleza; que, intermediario entre el tiempo y la eternidad
es (como dicen los persas) cópula, y también connubio de todos los
seres del mundo y, según testimonio de David, poco inferior a los
ángeles. Cosas grandes, sin duda, pero no tanto como para que el
hombre reivindique el privilegio de una admiración ilimitada. Porque,
en efecto, ¿no deberemos admirar más a los propios ángeles y a los
beatísimos coros del cielo?
Pero, finalmente, me parece haber comprendido por qué es el hombre
el más afortunado de todos los seres animados y digno, por lo tanto,
de toda admiración. Y comprendí en qué consiste la suerte que le
ha tocado en el orden universal, no sólo envidiable para las bestias,
sino para los astros y los espíritus ultramundanos. ¡Cosa increíble
y estupenda! ¿Y por qué no, desde el momento que precisamente en
razón de ella el hombre es llamado y considerado justamente un gran
milagro y un ser animado maravilloso?
Pero escuchen, oh padres, cuál sea tal condición de grandeza y presten,
en su cortesía, oído benigno a este discurso mío.
Ya el sumo Padre, Dios arquitecto, había construido con leyes de
arcana sabiduría esta mansión mundana que vemos, augustísimo templo
de la divinidad.
Había embellecido la región supra celeste con inteligencia, avivado
los etéreos globos con almas eternas, poblado con una turba de animales
de toda especie las partes viles y fermentantes del mundo inferior.
Pero, consumada la obra, deseaba el artífice que hubiese alguien
que comprendiera la razón de una obra tan grande, amara su belleza
y admirara la vastedad inmensa. Por ello, cumplido ya todo (como
Moisés y Timeo lo testimonian) pensó por último en producir al hombre.
Entre los arquetipos, sin embargo, no quedaba ninguno sobre el cual
modelar la nueva criatura, ni ninguno de los tesoros para conceder
en herencia al nuevo hijo, ni sitio alguno en todo el mundo donde
residiese este contemplador del universo. Todo estaba distribuido
y lleno en los sumos, en los medios y en los ínfimos grados. Pero
no hubiera sido digno de la potestad paterna el decaer ni aun casi
exhausta, en su última creación, ni de su sabiduría el permanecer
indecisa en una obra necesaria por falta de proyecto, ni de su benéfico
amor que aquél que estaba destinado a elogiar la munificencia divina
en los otros estuviese constreñido a lamentarla en sí mismo.
Estableció por lo tanto el óptimo artífice que aquél a quien no
podía dotar de nada propio le fuese común todo cuanto le había sido
dado separadamente a los otros. Tomó por consiguiente al hombre
que así fue construido, obra de naturaleza indefinida y, habiéndolo
puesto en el centro del mundo, le habló de esta manera:
- Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto
propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el
lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y
que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza
definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes
por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez
alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he
consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente
observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno,
ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano
artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses.
Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás
regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que Son
divinas.
¡Oh suma libertad de Dios padre, oh suma y admirable suerte del
hombre al cual le ha sido concedido el obtener lo que desee, ser
lo que quiera!
Las bestias en el momento mismo en que nacen, sacan consigo del
vientre materno, como dice Lucilio, todo lo que tendrán después.
Los espíritus superiores, desde un principio o poco después, fueron
lo que serán eternamente. Al hombre, desde su nacimiento, el padre
le confirió gérmenes de toda especie y gérmenes de toda vida. Y
según como cada hombre los haya cultivado, madurarán en él y le
darán sus frutos. Y si fueran vegetales, será planta; si sensibles,
será bestia; si racionales, se elevará a animal celeste; si intelectuales,
será ángel o hijo de Dios, y, si no contento con la suerte de ninguna
criatura, se repliega en el centro de su unidad, transformando en
un espíritu a solas con Dios en la solitaria oscuridad del Padre,
él, que fue colocado sobre todas las cosas, las sobrepujará a todas.
¿Quién no admirará a este camaleón nuestro? O, más bien, ¿quién
admirará más cualquier otra cosa? No se equivoca Asclepio el Ateniense,
en razón del aspecto cambiante y en razón de una naturaleza que
se transforma hasta a sí misma, cuando dice que en los misterios
el hombre era simbolizado por Proteo. De aquí las metamorfosis celebradas
por los hebreos y por los pitagóricos. También la más secreta teología
hebraica, en efecto, transforma a Henoch ya en aquel ángel de la
divinidad, llamado "malakhha-shekhinah", ya, según otros en otros
espíritus divinos. Y los pitagóricos transforman a los malvados
en bestias y, de dar fe a Empédocles, hasta en plantas. A imitación
de lo cual solía repetir Mahoma y con razón: "Quien se aleja de
la ley divina acaba por volverse una bestia". No es, en efecto,
la corteza lo que hace la planta, sino su naturaleza sorda e insensible;
no es el cuero lo que hace la bestia de labor, sino el alma bruta
y sensual; ni la forma circular del cielo, sino la recta razón,
ni la separación del cuerpo hace el ángel, sino la inteligencia
espiritual.
Por ello, si ves a alguno entregado al vientre arrastrarse por el
suelo como una serpiente no es hombre ése que ves, sino planta.
Si hay alguien esclavo de los sentidos, cegado como por Calipso
por vanos espejismos de la fantasía y cebado por sensuales halagos,
no es un hombre lo que ves, sino una bestia. Si hay un filósofo
que con recta razón discierne todas las cosas, venéralo: es animal
celeste, no terreno. Si hay un puro con templador ignorante del
cuerpo, adentrado por completo en las honduras de la mente, éste
no es un animal terreno ni tampoco celeste: es un espíritu más augusto,
revestido de carne humana.
¿Quién, pues, no admirará al hombre? A ese hombre que no erradamente
en los sagrados textos mosaicos y cristianos es designado ya con
el nombre de todo ser de carne, ya con el de toda criatura, precisamente
porque se forja, modela y transforma a sí mismo según el aspecto
de todo ser y su ingenio según la naturaleza de toda criatura.
Por esta razón el persa Euanthes, allí donde expone la teología
caldea, escribe: "El hombre no tiene una propia imagen nativa, sino
muchas extrañas y adventicias". De aquí el dicho caldeo: "Enosh
hushinnujim vekammah tebhaoth baal haj", esto es, el hombre es animal
de naturaleza varia, multiforme y cambiante.
Pero ¿a qué destacar todo esto? Para que comprendamos, desde el
momento que hemos nacido en la condición de ser lo que queramos,
que nuestro deber es cuidar de todo esto: que no se diga de nosotros
que, siendo en grado tan alto, no nos hemos dado cuenta de habernos
vuelto semejantes a los brutos y a las estúpidas bestias de labor.
Mejor que se repita acerca de nosotros el dicho del profeta Asaf:
“Ustedes son dioses, hijos todos del Altísimo”. De modo que, abusando
de la indulgentísima liberalidad del Padre, no volvamos nociva en
vez de salubre esa libre elección que Él nos ha concedido. Invada
nuestro ánimo una sacra ambición de no saciarnos con las cosas mediocres,
sino de anhelar las más altas, de esforzamos por alcanzarlas con
todas nuestras energías, dado que, con quererlo, podremos.
Desdeñemos las cosas terrenas, despreciemos las astrales y, abandonando
todo lo mundano, volemos a la sede ultra mundana, cerca del pináculo
de Dios. Allí, como enseñan los sacros misterios, los Serafines,
los Querubines y los Tronos ocupan los primeros puestos. También
de éstos emulemos la dignidad y la gloria, incapaces ahora desistir
e intolerantes de los segundos puestos. Con quererlo, no seremos
inferiores a ellos. Pero ¿de qué modo? ¿Cómo procederemos? Observemos
cómo obran y cómo viven su vida.
Si nosotros también la vivimos (y podemos hacerlo), habremos igualado
ya su suerte. Arde el Serafín con el fuego del amor; fulge el Querubín
con el esplendor de la inteligencia; está el trono en la solidez
del discernimiento. Por lo tanto, si, aunque entregados a la vida
activa, asumimos el cuidado de las cosas inferiores con recto discernimiento,
nos afirmaremos con la solidez estable de los Tronos. Si, libres
de la acción, nos absorbemos en el ocio de la contemplación, meditando
en la obra al Hacedor y en el Hacedor la obra, resplandeceremos
rodeados de querubínica luz. Si ardemos sólo por el amor del Hacedor
de ese fuego que todo lo consume, de inmediato nos inflamaremos
en aspecto seráfico.
Sobre el Trono, vale decir, sobre el justo juez, está Dios, juez
de los siglos. Por encima del Querubín, esto es, por encima del
contemplante, vuela Dios que, como incubándolo, lo calienta. El
espíritu del Señor, en efecto, "se mueve sobre las aguas". Esas
aguas, digo, que están sobre los cielos y que, como está escrito
en Job, alaban a Dios con himnos antelucanos. El seráfico, esto
es, amante, está en Dios y Dios está en él: Dios y él son uno solo.
Grande es la potestad de los Tronos y la alcanzaremos con el juicio;
suma es la sublimidad de los Serafines y la alcanzaremos con el
amor.
Pero ¿cómo se puede juzgar o amar lo que no se conoce? Moisés amó
al Dios que vio y promulgó al pueblo, como juez, lo que primero
había visto en el monte. He aquí por qué está el Querubín en el
medio, con "su luz que nos prepara para la llama seráfica" y, a
la vez, nos ilumina el juicio de los Tronos.
Este es el nudo de las primeras mentes, el orden paládico que preside
la filosofía contemplativa: esto es lo que primero debemos emular,
buscar y comprender para que así podamos ser arrebatados a los fastigios
del amor y luego descender prudentes y preparados a los deberes
de la acción. Pero si nuestra vida ha de ser modelada sobre la vida
querubínica, el precio de tal operar es éste: tener claramente ante
los ojos en qué consiste tal vida, cuáles son sus acciones, cuáles
sus obras. Siéndonos esto inalcanzable, somos carne y nos apetecen
las cosas terrenas, apoyémonos en los antiguos Padres, los cuales
pueden ofrecemos un seguro y copioso testimonio de tales cosas,
para ellos familiares y allegadas.
Preguntemos al apóstol Pablo, vaso de elección, qué fue lo que hicieron
los ejércitos de los querubines cuando él fue arrebatado al tercer
cielo. Nos responderá como interpreta Dionisio: que se purificaban,
eran iluminados y se volvían finalmente perfectos.
También nosotros, pues, emulando en la tierra de la vida querubínica,
refrenando con la ciencia moral el ímpetu de las pasiones, disipando
la oscuridad mental con la dialéctica, purifiquemos el alma, limpiándola
de las manchas de la ignorancia y del vicio, para que los afectos
no se desencadenen ni la razón delire.
En el alma entonces, así compuesta y purificada, difundamos la luz
de la filosofía natural, llevándola finalmente a la perfección con
el conocimiento de las cosas divinas.
Y para no restringimos a nuestros Padres, consultemos al patriarca
Jacob, cuya imagen refulge esculpida en la sede de la gloria. El
patriarca sapientísimo nos enseñará que mientras dormía en el mundo
terreno, velaba en el reino de los cielos. Nos enseñará mediante
un símbolo (todo se presentaba así a los patriarcas) que hay escalas
que del fondo de la tierra llegan al sumo cielo, distinguidas en
una serie de muchos escalones: en la cúspide: se sienta el Señor,
mientras los ángeles contempladores alternativamente suben y bajan.
Y si nuestro deber es hacer lo mismo imitando la vida de los ángeles,
¿quién osará, pregunto, tocar las escalas del Señor o con los pies
impuros o con las manos poco limpias? Al impuro, según los misterios,
le está vedado tocar lo que es puro.
Pero, ¿qué son estos pies y estas manos? Sin duda el pie del alma
es esa parte vilísima con que se apoya en la materia como en el
suelo: y yo la entiendo como el instinto que alimenta y ceba, pábulo
de libido y maestro de sensual blandura. ¿Y por qué llamaremos manos
del alma a lo más irascible que, soldado de los apetitos por ellos
combate y rapaz, bajo el polvo y el sol, pilla lo que el alma habrá
de gozar adormilándose en la sombra? Para no ser expulsados de la
escala como profanos e inmundos, estos pies y estas manos, esto
es, toda la parte sensible en que tienen sede los halagos corporales
que, como suele decirse, aferran el alma por el cuello, lavemos
con la filosofía moral, como en agua corriente.
Pero tampoco bastará esto para volverse compañero de los ángeles
que deambulan por la escala de Jacob si primero no hemos sido bien
instruidos y habilitados para movernos con orden, de escalón en
escalón, sin salir nunca de la rampa de la escala, sin estorbar
su tránsito. Cuando hayamos conseguido esto con el arte discursivo
y raciocinante y ya animados por el espíritu querúbico, filosofando
según los escalones de la escala, esto es, de la naturaleza, y escrutando
todo desde el centro y enderezando todo al centro, ora descenderemos,
desmembrando con fuerza titánica lo uno en lo múltiple, como Osiris,
ora nos elevaremos reuniendo con fuerza apolínea lo múltiple en
lo uno como los miembros de Osiris hasta que, posando por fin en
el seno del Padre, que está en la cúspide de la escala, nos consumaremos
en la felicidad teológica.
Y preguntemos al justo Job, que antes de ser traído a la vida hizo
un pacto con el Dios de la vida, qué es lo que el sumo Dios prefiere
sobre todo en esos millones de ángeles que están junto a él. "La
Paz", responderá seguramente, según lo que se lee en su propio libro:
" [Dios es] Aquél que hace la paz en lo alto de los cielos". Y puesto
que el orden medio interpreta los preceptos del orden superior para
los inferiores, las palabras del teólogo Job nos sean interpretadas
por el filosofo Empédocles. Éste, como lo testimonian sus carmenes,
simboliza con el odio y con el amor, esto es, con la guerra y con
la paz, las dos naturalezas de nuestra alma por las cuales somos
levantados al cielo o precipitados a los infiernos. Y él, arrebatado
en esa lucha y discordia, a semejanza de un loco, se duele de ser
arrastrado al abismo, lejos de los dioses.
Sin duda, oh Padres, múltiple es la discordia en nosotros; tenemos
graves luchas internas peores que las guerras civiles. Si queremos
huir de ellas, si queremos obtener esa paz que nos lleva a lo alto
entre los elegidos del Señor, sólo la filosofía moral podrá tranquilizarlas
y componerlas. Si, sobre todo, nuestro hombre establece tregua con
sus enemigos y frena los descompuestos tumultos de la bestia multiforme
y el ímpetu, el furor y el asalto del león. Entonces, si más solícitos
de nuestro bien, deseamos la seguridad de una paz perpetua, ésta
vendrá y colmará abundantemente nuestros votos: muertas la una y
la otra bestia, como víctimas inmoladas, quedará sancionado entre
la carne y el espíritu un pacto inviolable de paz santísima. La
dialéctica calmará los desórdenes de la razón tumultuosamente mortificada
entre las pugnas de las palabras y los silogismos capciosos. La
filosofía natural tranquilizará los conflictos de la opinión y las
disensiones que trabajan, dividen y laceran de diversos modos el
alma inquieta. Pero los tranquilizará de modo de hacernos recordar
que la naturaleza, como ha dicho Heráclito, es engendrada por la
guerra y por eso llamada por Inicioro “contienda”.
Por eso no puede damos verdadera quietud y paz estable, don y privilegio,
en cambio, de su señora, la santísima teología. Ésta nos mostrará
la vía hacia la paz y nos servirá de guía, y la paz viendo de lejos
que nos aproximamos, "Vengan a mí", gritará, "ustedes que están
cansados, vengan y los restauraré, vengan a mí y les daré la paz
que el mundo y la naturaleza no puede darles".
Tan suavemente llamados, tan benignamente invitados, con alados
pies como terrenos Mercurios, volando hacia el abrazo de la beatísima
madre, la ansiada paz gozaremos; paz santísima, indisoluble unión,
amistad unánime por la cual todos los seres animados no sólo coinciden
en esa Mente única que está por encima de toda mente, sino que de
un modo inefable se funden en uno sólo. Esta es la amistad que los
pitagóricos llaman el fin de toda la filosofía, ésta la paz que
Dios actúa en sus cielos y que los ángeles que descendieron a la
tierra anunciaron a los hombres de buena voluntad para que también
los hombres, ascendiendo al cielo, por ella se volviesen ángeles.
Esta paz auguremos a los amigos, auguremos a nuestro siglo, auspiciemos
en toda casa en que entremos, invoquémosla para nuestra alma para
que vuelva así morada de Dios, para que, expulsada la impureza con
moral y con la dialéctica se adorne con toda la filosofía como con
áulico ornamento, corone el frontón de las puertas con la diadema
de la teología, de modo que así descienda sobre ella el Rey de la
gloria y, viniendo con el Padre, ponga mansión con ella. Y si el
alma se ha hecho digna de tal huésped, ya que la bondad de Él es
inmensa, revestida de oro como de veste nupcial y de la múltiple
variedad de las ciencias, acogerá el magnífico huésped no ya como
huésped, sino como esposo, con tal de no ser de Él separada, deseará
apartarse de su gente y, olvidada de la Casa de su padre y hasta
de sí misma, ansiará morir para vivir en el esposo a cuya vista
es preciosa la muerte de los santos. Muerte he dicho, si muerte
puede llamarse esa plenitud de vida cuya meditación de los sabios
dijeron que era el estudio de la filosofía.
Y también invocamos a Moisés, en poco inferior a esa rebosante plenitud
de sacrosanta e inefable inteligencia con cuyo néctar los ángeles
se embriagan. Oiremos al juez venerando dictarnos así leyes, a nosotros
que habitamos en la desierta soledad del cuerpo: “Aquéllos que,
aún impuros, necesiten de la moral, habiten con el vulgo fuera del
tabernáculo, bajo el cielo descubierto como los sacerdotes tesalios,
hasta que estén purificados. Aquéllos, en cambio, que ya compusieron
sus costumbres, acogidos en el santuario, no toquen todavía las
cosas sagradas, sino, a través de un noviciado dialéctico, como
celosos levitas presten servicio en los sagrados oficios de la filosofía.
Admitidos al fin también ellos, contemplen, en el sacerdocio de
la filosofía, ya el multicolor, es decir, sidéreo ornamento del
palacio de Dios, ya el celeste candelabro de siete llamas, ya los
elementos de piel, para que, acogidos finalmente en las profundidades
del templo por méritos de la sublimidad teológica, apartado todo
velo de imágenes, de la gloria de la divinidad. Esto ciertamente
nos ordena Moisés y, ordenando así, nos aconseja, nos incita y nos
exhorta a preparamos por medio de la filosofía, mientras podamos,
el camino de la futura gloria celeste.
Pero no sólo los misterios mosaicos y los misterios cristianos,
sino asimismo la teología de los antiguos nos muestra el valor y
la dignidad de estas artes liberales de las cuales he venido a discutir.
¿Qué otra cosa quieren significar, en efecto, en los misterios de
los griegos los grados habituales de los iniciados, admitidos a
través de una purificación obtenida con la moral y la dialéctica,
artes qué nosotros consideramos ya artes purificatorias? ¿Y esa
iniciación, qué otra cosa puede ser sino la interpretación de la
más oculta naturaleza mediante la filosofía?
Y finalmente, cuando estaban así preparados, sobrevenía la famosa
Epopteia, vale decir, la inspección de las cosas divinas mediante
la teología. ¿Quién no desearía ser iniciado en tales misterios?
¿Quién, desechando toda cosa terrena y despreciando los bienes de
la fortuna, olvidado del cuerpo, no deseará, todavía peregrino en
la tierra, llegar a comensal de los dioses y, rociado del néctar
de la eternidad, recibir, criatura mortal, el don de la inmortalidad?
¿Quién no deseará estar así inspirado por aquella divina locura
socrática, exaltada por Platón en el Fedro, ser arrebatado con rápido
vuelo a la Jerusalén celeste, huyendo con el batir de las alas y
de los pies de este mundo, reino maligno?
¡Oh sí, que nos arrebaten, oh padres, que nos arrebaten los socráticos
furores sacándonos fuera de la mente hasta el punto de ponernos
a nosotros y a nuestra mente en Dios!
Y ciertamente que por ellos seremos arrebatados si antes hemos cumplido
todo cuanto está en nosotros; si con la moral, en efecto, han sido
refrenados hasta sus justos límites los ímpetus de las pasiones,
de modo que éstas se armonicen recíprocamente con estable acuerdo:
si la razón procede ordenadamente mediante la dialéctica, nos embriagaremos,
como excitados por las Musas, con la armonía celeste. Entonces Baco,
señor de las Musas, manifestándose a nosotros, vueltos filósofos,
en sus misterios, esto es, en los signos visibles de la naturaleza,
los invisibles secretos de Dios, nos embriagará con la abundancia
de la mansión divina en la cual, si somos del todo fieles como Moisés,
la sobreviniente santísima teología nos animará con dúplice furor.
Sublimados, en efecto, en su excelsa atalaya, refiriendo a la medida
de lo eterno las cosas que son, que fueron y que serán, y observando
en ellas la original belleza, cual febeos vates, sus amadores alados,
hasta que, puestos fuera de nosotros en un indecible amor, poseídos
por un estro y llenos de Dios como Serafines ardientes, ya no seremos
más nosotros mismos, sino Aquél que nos hizo.
Los sacros nombres de Apolo, si alguien escruta a fondo sus significados
y los misterios encubiertos, demuestran suficientemente que este
dios era filosofo no menos que poeta. Pero habiendo ya copiosamente
ilustrado esto Ammonio, no hay razón para que yo lo trate de otra
manera. Recordemos, no obstante, oh padres, los tres preceptos délficos
indispensables a aquéllos que están por entrar en el sacrosanto
y augustísimo templo, no del falso sino del verdadero Apolo que
ilumina toda alma que viene a este mundo: verán que no reclaman
otra cosa que no sea abrazar con todas nuestras fuerzas aquella
triple filosofía sobre la que ahora discutimos.
En efecto, aquel medén agan, esto es, "nada con exceso", prescribe
rectamente la norma y la regla de toda virtud según el criterio
del justo medio, del cual trata la moral. Y el famoso gnothi seautón,
esto es, "conócete a ti mismo", incita y exhorta al conocimiento
de toda la naturaleza, de la cual el hombre es intersticio y como
connubio. Quien, en efecto, se conoce a sí mismo, todo en sí mismo
conoce, como ha escrito primero Zoroastro y después Platón en Alcibíades.
Finalmente, iluminados en tal conocimiento por la filosofía natural,
próximos ahora a Dios y pronunciando el saludo teológico Él, esto
es, Tú eres, llamaremos al verdadero Apolo familiar y alegremente.
Interrogaremos también al sapientísimo Pitágoras, sabio sobre todo
por no haberse nunca considerado digno de tal nombre. Nos prescribirá
en primer lugar, "No sentamos sobre el celemín", esto es, no dejar
inactiva aquella parte racional con la cual el alma mide todo, juzga
y examina, sino dirigirla y mantenerla pronta con el ejercicio y
la regla de la dialéctica. Nos indicará luego dos cosas que hay
que primero evitar: "Orinar frente al Sol" y "Cortarnos las uñas
durante el sacrificio". Sólo cuando con la moral hayamos expulsado
de nosotros los apetitos superfluos de la voluntad y hayamos despuntado
las garras ganchudas de la ira y los aguijones del ánimo, sólo entonces
empezaremos a intervenir en los sagrados misterios de Baco, de los
cuales hemos hablado, y a dedicarnos a la contemplación de la cual
el Sol es merecidamente reputado padre y señor. Nos aconsejará,
en fin, "alimentar el gallo", de saciar con el alimento y la celeste
ambrosía de las cosas divinas la parte divina de nuestra alma. Es
éste el gallo cuyo aspecto teme y respeta el león, esto es toda
potestad terrena. Es éste el gallo al cual según Job fue dada la
inteligencia. Al canto de este gallo se orienta el hombre extraviado.
Este es el gallo que canta cada día al alba, cuando los astros matutinos
alaban al Señor. Este es el gallo que Sócrates moribundo, en el
momento en que esperaba reunir lo divino de su alma con la divinidad
del Todo y ya lejos del peligro de enfermedad corpórea, dijo ser
deudor a Esculapio, o sea, el médico de las almas.
Examinemos también los documentos de los caldeos y, si les damos
fe, encontraremos que en virtud de las mismas artes se abre a los
mortales la vía de la felicidad. Escriben los intérpretes caldeos
que fue sentencia de Zoroastro que el alma era alada y que, al caérseles
las alas, se precipita al cuerpo y vuelve a volar al cielo cuando
de nuevo le crecen. Habiéndole preguntado los discípulos de qué
modo podrían volver al alma apta para el vuelo, con las alas bien
emplumadas, respondió: "Rociar las alas con las aguas de la vida".
Y habiéndole preguntado a su vez dónde podrían alcanzar estas aguas,
les respondió, según su costumbre, con una parábola: "El paraíso
de Dios está bañado e irrigado por cuatro ríos: alcancen allí las
aguas salvadoras". El nombre del río que corre en el Septentrión
se dice Pischon, que significa justicia; el del ocaso tiene por
nombre Dichon, vale decir, expiación; el de oriente se llama Chiddekel,
y quiere decir luz, y el que corre, en fin, a mediodía, se llama
Perath, y se puede interpretar fe. Fíjense, oh padres, y consideren
con atención el significado de estos dogmas de Zoroastro. No significan,
ciertamente, sino que purifiquemos la legañosidad de los ojos con
la ciencia moral, como con ondas occidentales; que con la dialéctica,
como un nivel boreal, fijemos atentamente la mirada; que luego debemos
habituamos a soportar en la contemplación de la naturaleza de la
luz todavía débil de la verdad, como primer indicio del sol naciente;
hasta que, por último, mediante la piedad teológica y el santísimo
culto de Dios, podamos resistir vigorosamente, como águilas del
cielo, el fulgurante esplendor del sol a mediodía.
Estos son, acaso, los conocimientos matutinos, meridianos y vespertinos
cantados primero por David y después explicados más ampliamente
por Agustín. Esta es la luz esplendente que inflama directa a los
Serafines y que al par ilumina a los Querubines. Esta es la razón
a que siempre tendía el padre Abraham. Este es el lugar donde, según
la enseñanza de los cabalistas y los moros, no hay sitio para los
espíritus inmundos.
(Tomado de Pico de la Mirandola: De la Dignidad del Hombre, con
dos apéndices: Carta a Hermolao Bárbaro y Del Ente y el Uno, ed.
preparada por Luís Martínez Gómez).
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