Portal En Honor A La Orden Martinista Del Perú
La Vía Cardíaca
Colegio de Lima
Grupo Lucien Chamuel Nº 37
Círculo “Acanto” Nº 19
Nota:
El contenido de este Portal es independiente de cualquier Orden
Martinista.
Este Portal es en recuerdo del S
I
I
Carlos E. Cornejo López,
Yehoshua - G.·. A.·. D.·. U.·.

Papus
Papus tuvo el cuidado de colocar en el timbre
de los documentos de la Orden Martinista la expresión modelo: A
la Gloria de Yehoshua, Gran Arquitecto del Universo. Con esto dio
al Martinismo una tonalidad especial. Es al propio Saint-Martin
que la Orden debe, no sólo su sello, sino también el nombre místico
del Cristo (?????) que orna todos los documentos oficiales del Martinismo
- decía Papus. Aunque, Louis Claude de Saint-Martín nunca usa esa
expresión en sus obras. Partiendo de este hecho, es interesante
intentar analizar brevemente la fórmula usada por Papus, tratando
de considerar los diferentes aspectos que ella evoca en la Tradición
y, especialmente, en el Martinismo.
La Cábala Cristiana
Según la tradición judaica, el nombre del Dios Todo-Poderoso se
escribe con cuatro letras o un Tetragrama compuesto por las letras
Yod, He, Vav y He. en el siglo XV nació en Italia una corriente
cabalística especial, la Cábala Cristiana. Los Cristianos veían
en la Cábala un instrumento adecuado para demostrar la veracidad
del cristianismo. Para ellos, el nombre de Dios, antes del cristianismo,
estaba representado como un Tetragrama porque Dios no se había todavía
manifestado totalmente a los hombres. Ellos consideraban que, con
Jesucristo, Dios se reveló verdaderamente, y probaban esa demostración
apoyando se en el nombre hebraico de Jesús, Yehoshua, que escribían
añadiendo la letra Shin en el centro del Tetragrama.
En el siglo XV, Pico de la Mirandola reconvirtió en promotor de
esa teoría que fue popularizada por el libro de Johann Reuchlin,
"De Verbo Mirifico". Papus, que era un apasionado por la Cábala,
introdujo en el Martinismo del siglo XX la costumbre de llamar a
Cristo por el nombre de Yehoshua. ¿Era consciente de las teorías
que el Renacimiento había asociado a ese nombre? No hay certeza
alguna al respecto, pues su libro, "La Cábala, Tradición Secreta
del Occidente", no muestra interés por ese aspecto de la Cábala.
El Gran Arquitecto
Philibert Delorme, hablando de Dios en su tratado de arquitectura,
usó en 1567 la siguiente expresión: ese Gran Arquitecto del Universo,
Dios Todopoderoso. Parece haber sido el primero en usar el concepto
del Gran Arquitecto del Universo. Esa idea de un Dios que ordenó
el Universo como un Dios viene probablemente de los cabalistas cristianos
como François Georges de Venise (Cf. De Harmonia Mundi), sin embargo
esa noción no está ausente de los Evangelios. Otros después de Philibert
Delorme retomaron esa teoría, notablemente Kepler en su Astronomía
nueva. En el siglo XVIII, esa expresión fue adoptada por la Francmasonería,
que de ella hizo un punto clave de su simbolismo. El Martinismo
nació en la dependencia feudal masónica del siglo XVIII; es entonces
normal que en el se encuentre la referencia al Grande Arquitecto
del Universo. No obstante, esta expresión toma en el Martinismo
una tonalidad particular que merece ser destacada.
Contrariamente a ciertas tradiciones que asocian el Grande Arquitecto
del Universo con Dios, en el Martinismo y particularmente entre
Martínez de Pasqually y sus discípulos, es al Cristo que esa denominación
se refiere. La expresión Gran Arquitecto del Universo no aparece
en el célebre tratado de Martínez, mas es encontrada en los rituales
y "catecismos" de la Orden de los Elus Cohen. Cabe resaltar que,
para el autor de "Tratado de la Reintegración de los Seres Creados",
el Cristo no es Dios en el sentido específico que le atribuye la
teología cristiana. En efecto, Martínez de Pasqually tenía una concepción
particular de la naturaleza del Cristo.
L'Angelos-Christos
Martínez califica al Cristo como Espíritu doblemente fuerte y lo
clasifica en una de las cuatro categorías de los primeros seres
emanados, la de los espíritus octonarios. Leyendo a Martínez, nos
podemos preguntar si el Cristo no constituye por si solo la categoría
que él llama de espíritus octonarios. Esa postura que hace del Cristo
una especie de ángel superior no es una innovación. Tuvo origen
en el Cristianismo primitivo. En efecto, si estudiamos la historia
del cristianismo y, especialmente, la que concierne a la Cristología,
constataremos luego que los primeros cristianos no veían en el Cristo
al propio Dios encarnándose en el mundo. En cambio, podemos constatar
que el concepto de un Ángel-Mesías, de un Angelos-Christos, domina
el pensamiento del cristianismo hasta la segunda mitad del siglo
II. En la literatura cristiana de los primeros siglos, el Cristo
recibe algunas veces el calificativo de ángel y los Padres de la
Iglesia le dan el título de ángel del Gran Consejo, un concepto
tomado de Isaías. Es preciso enfatizar que las divergencias de opinión
de los primeros cristianos en cuanto a la naturaleza del Cristo
eran importantes y dieron lugar a numerosas controversias. Fue sólo
en el siglo IV, con el Concilio de Nicea, que el dogma de la divinidad
del Cristo fue impuesto a todos los cristianos.
Los nombres del Cristo
Para designar al Cristo, Martínez usaba diversos nombres, cada cual
destacando un aspecto del misterio divino. A veces lo llama el Mesías,
nombre que Ronsard había empleado algunos siglos antes. A veces,
como Bossuet, Pascal o Corneille, lo llama el Reparador. Usa también
los términos, la Sabiduría, para designar al Cristo. Esas diversas
expresiones son igualmente utilizadas por los discípulos de Martínez,
ya se trate de Louis Claude de Saint-Martín, de Jean Baptiste Willermoz,
o de los otros.
El nombre más enigmático que usa para designar al Cristo es el de
Helí. Según Martínez, este nombre significa fuerza de Dios y receptáculo
de la Divinidad. Lo que Martínez pretende enfatizar aquí es que
el Cristo no es tan sólo un personaje nacido ha cerca de dos mil
años, sino que Él es ante todo el Electo Universal, esto es, un
ser que fue escogido para cumplir diversas misiones. Para él, ese
Electo Universal se encarnó en varios momentos de la historia, para
guiar la humanidad. Esta manera de considerar al Cristo como un
profeta, un enviado de Dios, era corriente en el cristianismo judaico.
Ella es reencontrada, por ejemplo, en las Homilías Clementinas,
que hablan del Cristo como Verus Propheta, un enviado que vino varias
veces de Adán hasta Jesús, pasando por Moisés, para guiar a la humanidad.
El Mesías Recurrente
Según Martínez de Pasqually, Helí, o sea, el Cristo, se manifestó
a través de los profetas, de los guías de la humanidad, de aquellos
que son llamados los Electos. Dentro de ellos, Martínez indica:
Abel, Enoch, Noé, Melquisedec, José, Moisés, David, Salomón, Zorobabel
y Jesucristo, todos canales de manifestación de Helí. No obstante,
considera que fue a través de Jesucristo que Helí se manifestó en
su mayor gloria.
Este aspecto particular de las enseñanzas de Martínez está relativamente
en consonancia con los de los cristianos judaicos, los primeros
cristianos. En esa época, la naturaleza del Cristo aun no había
sido objeto de dogma. Algunos lo consideraban como un ángel, otros
como un profeta y, otros ya, como el Mesías. De hecho, los primeros
cristianos estaban más preocupados con el mensaje del Cristo que
con el hecho de construir teorías intelectuales sobre los misterios
de la naturaleza de Dios. El Cristo era entonces considerado como
un enviado del Padre, mas generalmente no era asemejado a Dios.
Pero es a las concepciones del cristianismo primitivo que Martínez
se liga. La idea por él adoptada del Cristo como un enviado que
vino varias veces y con diferentes nombres, para guiar a la humanidad
errante, es particularmente interesante. Se ella fuese extendida
al conjunto de las religiones, podría decirse que fue el mismo Dios
quien se manifestó en los guías que están en el origen de todas
as religiones y que, así, bajo aspectos aparentemente diferentes,
es una misma luz la que brilla.
El Organizador del Caos
Según Martines de Pasqually, la primera intervención del Cristo
en la historia se remonta al mismo origen del mundo, en el momento
en que la creación aun estaba en estado de Caos. Como indica el
Tratado, el mundo material fue creado por los espíritus ternarios,
actuando bajo las órdenes de Dios. De su trabajo nació un mundo
todavía en estado de Caos. La primera misión de Helí, consistió
en poner en orden ese Caos inicial. Fue el descenso del Cristo al
propio seno de ese Caos el que organizó la Creación y dio nacimiento
al mundo material. En este sentido, puede decirse que el Cristo
fue el Arquitecto de la Creación, el Verbo organizador. Era de ese
modo que Martínez de Pasqually, así como Louis Claude de Saint-Martín
y Jean Baptiste Willermoz, veían la función esencial del Cristo
como Gran Arquitecto del Universo.
El Instructor
En su Tratado de la Reintegración de los Seres Creados, Martínez
nos indica que Adán, después de la caída, tomó conciencia de su
error e imploró el perdón divino. Dada su sinceridad, Dios envió
a Helí para "reconciliarlo". Estando en tanto Adán encarnado en
el mundo de la materia, debía recibir una enseñanza sobre la manera
de llevar de entonces en adelante una vida en consonancia con su
misión. Su posición en el mundo material le impedía usar las facultades
espirituales de que fuera otrora dotado. Helí fue entonces encargado
de transmitir a los hombres una nueva enseñanza. Seth, el tercer
hijo de Adán, fue escogido para recibir esos conocimientos secretos
que, después de él, fueron transmitidos de generación en generación
a los Hombres de Deseo.
El Reparador
Numerosos Elus (Elegidos) guiaron a la humanidad desde Adán hasta
nuestros días, cada cual trayendo un mensaje y una enseñanza apropiados
para el adelanto de la humanidad. Mientras tanto, según la Tradición
Martinista, el hombre sólo puede tener acceso a cierto grado de
evolución espiritual a partir de la venida del Cristo. En efecto,
la misión del Cristo fue, no de salvar a los hombres, mas abrir
el canal cósmico que permitiría a la humanidad traspasar ciertas
esferas espirituales hasta entonces inaccesibles. Si el Cristo abrió
el camino, cabe al ser humano trillar esa senda. El Cristo no salvó
a la humanidad haciendo el trabajo en su lugar, sino abriéndole
un camino y mostrándole como recorrerlo.
Para abrir ese camino, la misión del Cristo con su encarnación fue
la de un Reparador. Él efectivamente hizo un trabajo de reparación
de la Creación. Y operó esa recolocación en orden de purificación
de la Creación. Y operó esa recolocación del orden en dos niveles
de la creación universal: en el mundo terrestre y en la inmensidad
celeste. Tocante al plano terrestre, regeneró las tres bases constitutivas
del mundo material: el azufre, la sal y el mercurio, lavándolos
de sus escorias. En el mundo celeste, regeneró los siete pilares
del Templo universal. Esos pilares son los siete planetas del mundo
celeste por medio de los cuales fluyen en el mundo temporal las
virtudes divinas. Esa regeneración de las siete fuentes de la vida
fue realizada en Pentecostés, esto es, siete semanas, o sea, cuarenta
y nueve días después de la Pascua. Entonces, nos dice Saint-Martín,
"abriose una quincuagésima puerta, de la cual todos los esclavos
esperaban su liberación, y que se abrirá de nuevo en el fin de los
tiempos".
El Reconciliador
Después de haber evocado la función "reparadora" del Cristo, veamos
lo que caracteriza su función de Reconciliador. La reconciliación
es la etapa preliminar que cada ser humano debe trasponer individualmente
en su evolución hacia la reintegración que será la etapa final de
la evolución colectiva de la humanidad. Según Saint-Martín, en ese
proceso de regeneración el hombre vive una experiencia interior
importante, en la cual reencuentra al Cristo. El Cristo es en realidad
el intermediario cósmico indispensable en ese proceso de regeneración.
Es por esta razón que la Tradición Martinista habla de Él como el
Reconciliador.
Saint-Martín expresó esa idea de manera velada en muchas de sus
obras. Por ejemplo, en "De los Errores y de la Verdad", cuando afirma
que la octava página del Libro del Hombre "trata del número temporal
de aquel que es el único apoyo, la única fuerza y la única esperanza
del hombre".
La Imitación del Cristo
Con su misión, el Cristo no sólo cumplió una purificación, abrió
una senda. Mostró también al hombre el camino a seguir para tener
acceso a la regeneración mística. Con su encarnación, quiso pintar
para el hombre su propia situación, trazarle toda la historia de
su ser y el camino de retorno a lo Divino. Para Saint-Martín, el
proceso de la regeneración mística pasa por una imitación interior
de la vida del Cristo. En su libro "El Hombre Nuevo", expone las
etapas de ese proceso desde la Anunciación hasta la Resurrección,
esto es, desde la visita del ángel, el amigo fiel que nos revela
el nacimiento próximo de un nuevo hombre en nosotros, hasta la reconquista
de nuestro cuerpo glorioso, que marca el comienzo de nuestra ascensión
a las esferas superiores en donde nuestra regeneración debe encontrar
su coronamiento.
Los diversos eventos de la vida del Cristo son los arquetipos que
simbolizan las diversas etapas espirituales que podemos vivir interiormente
incorporándonos al cuerpo místico del Cristo. Según el Filósofo
Desconocido, el término de esa regeneración llevará al ser humano
más allá del Cristo, pues él es llamado a una misión mayor que la
del propio Cristo.
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