Portal En Honor A La Orden Martinista Del Perú
La Vía Cardíaca
Colegio de Lima
Grupo Lucien Chamuel Nº 37
Círculo “Acanto” Nº 19
Nota:
El contenido de este Portal es independiente de cualquier Orden
Martinista.
Este Portal es en recuerdo del S
I
I
Carlos E. Cornejo López,
LA INICIACIÓN

Rudolph Steiner
La iniciación es el grado supremo de una disciplina
oculta sobre la cuál se pueden dar, en un libro, indicaciones que
todavía pueden ser accesibles a todos. Lo que se podría decir sobre
los grados que están más allá de la iniciación apenas sería comprensible.
Pero se puede encontrar el camino, si a través de la preparación,
la iluminación y la iniciación, se ha penetrado hasta los misterios
menores.
Sin la iniciación, el hombre no podría adquirir el saber y el savoir-faire
que ella confiere, más que un futuro muy lejano y después de numerosas
encarnaciones, por un camino y bajo una forma completamente diferente.
La persona que es iniciada hoy experimenta al presente lo que no
habría sido llamada a conocer sino mucho más tarde y en unas circunstancias
muy distintas.
Cada persona solamente puede descubrir, sobre los misterios de la
existencia, aquello que corresponde a su grado de madurez. Es por
esta sola razón por la que va encontrando obstáculos a medida que
avanza hacia los grados superiores del saber y de savoir-faire.
Nadie pondría un arma de fuego entre las manos de un individuo antes
de que el tal individuo tuviese la experiencia suficiente como para
poder servirse de ella sin causar una desgracia.
Si en estos momentos alguien fuera iniciado de buenas a primeras,
le faltaría la experiencia que todavía tiene que adquirir en el
transcurso de sus futuras encarnaciones, hasta el momento en que
le sean desvelados los misterios correspondientes a su evolución
normal. Es por esto por lo que, en el umbral de la iniciación, es
preciso que, mientras se espera tener esta experiencia, tenga lugar
una cosa de otro tipo.
Las primeras instrucciones que recibe el candidato a la iniciación
están pues destinadas a compensar provisionalmente la experiencia
por venir. Estas son las llamadas "pruebas probatorias", por las
cuales es preciso pasar. Ellas constituyen el resultado normal del
trabajo interior si los ejercicios han seguido correctamente el
camino descrito en los capítulos precedentes.
Ciertamente, con frecuencia se encuentran libros que aluden a "pruebas".
Pero ellos solamente pueden evocar una falsa imagen de la realidad.
Porque el que no haya pasado por la preparación y la iluminación,
ni haya tenido jamás la experiencia de estas pruebas, está absolutamente
incapacitado para ofrecer una información verídica de ella.
Ante el alma del candidato se presenta un cierto número de cosas
y de fenómenos provenientes de los mundos superiores; pero, naturalmente,
él no puede verlas ni entenderlas más que si es capaz de comprender
las figuras, los colores, los sonidos, etc., de los que hemos hablado
al tratar de la preparación y de la iluminación.
La primera "prueba" consiste en adquirir, respecto a las propiedades
materiales de los cuerpos inanimados, después de las plantas, a
continuación de los animales y finalmente del hombre, puntos de
vista más exactos que los habituales. Y aclaramos que entendemos
por "puntos de vista habituales" lo que hoy día se llama conocimiento
científico. No se trata de ciencia, sino de visión.
Lo que se produce generalmente es que el candidato a la iniciación
aprende a reconocer de qué manera las cosas de la naturaleza y de
los seres vivos se manifiestan a los ojos y a los oídos espirituales,
de suerte que, en una cierta medida, estos fenómenos se le presentan
al observador como desvelados y desnudos. Lo que él ve y entiende
escapa a los ojos y los oídos físicos. Para la visión sensorial,
se muestran recubiertos de un velo. Este velo cae, sin embargo,
delante del candidato, según un proceso que se puede considerar
como un fenómeno espiritual de consunción. Esta es la razón por
la que a esta primera prueba se le denomina "prueba de fuego".
Para muchos hombres, la vida ordinaria constituye ya por sí misma,
de manera más o menos consciente, una prueba de iniciación por el
fuego. Estos hombres llevan a cabo experiencias enriquecedoras,
gracias a las cuales ellos ven crecer, de una manera sana y normal,
la confianza en sí mismos, su valor, su decisión y su firmeza; por
consiguiente, llegan a ser capaces de soportar el dolor, las decepciones
y los fracasos de sus empresas con una entereza, una grandeza de
alma, una fuerza y una calma inconmovibles. Quien ha pasado por
tales experiencias es a menudo ya, sin que él mismo lo sepa, un
iniciado. Cualquier cosa basta para abrir sus ojos y sus oídos espirituales
y hacer de él un clarividente. Porque hay que hacerlo notar bien:
una verdadera "prueba de fuego" no tiene por objetivo satisfacer
la curiosidad del candidato. Cierto que él descubre hechos infrecuentes
de los que de ordinario no se tiene la menor idea. Pero este descubrimiento
no es el objetivo de las pruebas, no constituye la meta del candidato;
este descubrimiento no es más que el medio necesario para alcanzar
ese objetivo, esa meta, que no es otra que adquirir, mediante este
conocimiento de los mundos superiores, una confianza en sí más profunda
y mejor fundada, un valor más firme, una grandeza de alma y una
perseverancia completamente distintas a las que generalmente se
adquieren sobre la tierra.
Después de la "prueba de fuego" todavía es posible para todo candidato
volver atrás. Continuará su existencia, fortificado en su cuerpo
y en su alma, y no reemprenderá su camino iniciático hasta la próxima
encarnación. En la actual encarnación será un miembro más útil para
la comunidad humana que lo era antes de haber pasado la prueba.
En cualquier situación que se encuentre, su firmeza, su claridad
de juicio y raciocinio y su beneficiosa influencia sobre sus semejantes,
tanto como su espíritu de decisión, habrán hecho notables progresos.
Si el candidato que ha sufrido la prueba de fuego quiere continuar
avanzando en su entrenamiento, es preciso que le sea revelado el
"sistema de escritura particular" que se utiliza en la disciplina
ocultista. Las verdaderas enseñanzas ocultas están redactadas en
esta escritura, porque lo que constituye el carácter escondido (oculto)
de las cosas no puede expresarse, por definición, ni mediante las
palabras del lenguaje corriente ni mediante los signos de la escritura
ordinaria. Aquellos que han recibido la enseñanza de los iniciados
traducen de la mejor manera posible, en lenguaje común, las lecciones
de la sabiduría. La escritura oculta se revela al alma que adquiere
la percepción espiritual; sus caracteres están siempre más grabados
en el mundo del espíritu. No se aprenden como los de una escritura
artificial. En el alma donde crece el conocimiento clarividente,
objetivo, se desarrolla una facultad, una fuerza que la impulsa
a descifrar los fenómenos y los seres espirituales como los caracteres
de una escritura.
Podría ocurrir que esta fuerza, con la "prueba" que ella comporta,
se despertase de manera enteramente natural en el curso del desenvolvimiento
interior. Se accede sin embargo con más seguridad a la meta siguiendo
las indicaciones de los ocultistas versados en la lectura de estos
caracteres.
Los signos de la escritura escondida no están compuestos arbitrariamente,
sino conforme a las fuerzas que actúan en el universo. A su través
se aprende el lenguaje de las cosas. El candidato constata muy pronto
que los signos que va descubriendo corresponden a la figuras, los
colores, los sonidos, etc., que ha aprendido a percibir en el curso
de la preparación y de la iluminación. Se da cuenta de que todavía
no ha hecho más que deletrear el alfabeto. Solamente ahora, va a
comenzar a leer en los mundos superiores. Como un majestuoso conjunto,
se descubre lo que antes no aparecía sino a través de fenómenos
aislados. Solamente ahora son verdaderamente auténticas sus observaciones
espirituales. Antes, no podía nunca tener la completa certeza de
que las cosas que creía haber visto las habría visto realmente.
Sólo ahora puede existir un acuerdo seguro entre el candidato y
el iniciado en los dominios de la ciencia superior. Porque, cualesquiera
que sean las relaciones de un iniciado y otro hombre en la vida
ordinaria, el iniciado no podrá comunicar su ciencia bajo una forma
inmediata más que mediante el lenguaje de los signos. A través de
esta lengua, el discípulo se familiariza igualmente con un cierto
número de reglas de conducta. Toma conciencia de ciertos deberes
de los que con anterioridad no tenía la menor idea. Y cuando sabe
poner en práctica estas reglas de conducta, puede llevar a cabo
acciones cargadas de un sentido que en ningún caso pueden tener
las de un hombre que no haya sido iniciado. Su conducta se inspira
en los mundos superiores. Estas inspiraciones no pueden ser captadas
más que en esta lengua de que hablamos.
Hay que dejar bien sentado, sin embargo que determinados seres pueden
llevar a cabo inconscientemente acciones inspiradas, aunque no se
hayan entrenado nunca en el ocultismo. Estos auxiliares de la humanidad
y del universo atraviesan la vida repartiendo favores y bendiciones.
Por razones que no podemos explicar aquí, ellos han recibido unos
dones que parecen naturales. La única cosa que les distingue del
investigador es que este último actúa a conciencia y con discernimiento
respecto a lo que quiere realizar con relación al conjunto; él conquista,
mediante la disciplina, lo que las potencias superiores entregan
a los demás para el bien del mundo. Estos hombres de Dios merecen
veneración, pero no por eso hay que considerar el entrenamiento
como algo superfluo.
Cuando el discípulo ha aprendido la lengua de los signos, se va
a encontrar frente a otra "prueba"; una prueba que debe revelar
si está en disposición de evolucionar en los mundos superiores con
libertad y seguridad. En la vida ordinaria, los impulsos que llevan
al hombre a actuar le llegan de fuera. El cumple tal o cual tarea,
porque las circunstancias se la imponen como un deber. Y en este
punto, se nos hace necesario hacer notar que el estudiante no debe
abandonar ninguno de sus deberes cotidianos so pretexto de que participa
en una vía superior. Ningún deber, absolutamente ninguno, asumido
con respecto al mundo espiritual puede forzar a nadie a descuidar
una sola de sus obligaciones prácticas. El padre de familia debe
permanecer siendo tan buen padre de familia como antes y la madre,
tan buena madre. Ni el funcionario, ni el soldado ni ningún ciudadano
de ninguna clase deben volver la espalda a sus deberes por causa
de la práctica del ocultismo. Por el contrario, todas las cualidades
que confieren valor a una persona en la vida ordinaria deben aumentar
en el estudiante en una medida de la que el profano no podría hacerse
ni una remota idea. Y si los no iniciados tienen a veces otra impresión,
cosa poco frecuente e incluso rara, ello es consecuencia de que
no están en absoluto capacitados para emitir un juicio sobre un
iniciado; lo que trae como consecuencia que las actitudes de éste
resulten a veces inexplicables para ellos.
Para quien haya alcanzado el grado anteriormente citado de la iniciación,
existen unos deberes que ya no están determinados por ningún móvil
exterior. No son las circunstancias de fuera las que le guían en
este dominio, sino una serie de reglas de conducta que le han sido
reveladas por el lenguaje "escondido". Mediante la segunda "prueba",
debe demostrar ahora que estas reglas le dirigen con tanta seguridad
y firmeza como un funcionario sometido a su reglamento es dirigido
por éste. Para que esto sea así, el candidato debe, sentirse situado,
en un determinado momento de su entrenamiento, frente a una cierta
tarea. Debe cumplir una actividad inspirándose en lo que ha percibido
durante los períodos de preparación y de iluminación. Y esta misma
actividad debe descifrarla en el lenguaje de los signos. Si sabe
reconocer su deber y actuar en consecuencia, es señal de que ha
superado victoriosamente la prueba. El éxito se reconoce en el cambio
provocado por la acción en las figuras, los colores y los sonidos
que perciben los oídos y los ojos espirituales. A medida que se
progresa en el entrenamiento oculto, se ve perfectamente cómo estas
figuras, colores y sonidos producen otra impresión según la acción
cumplida. Y el candidato debe saber ocasionar este cambio.
A esta prueba se le llama "prueba del agua", porque se pierde el
terreno firme que procuran las condiciones exteriores, del mismo
modo que a aquel que nada en un lugar de aguas muy profundas le
falta todo tipo de apoyo. La prueba debe ser renovada hasta que
el candidato haya conquistado una perfecta seguridad.
Mediante esta prueba, también se trata de adquirir una cualidad
nueva y, a través de estas experiencias en los mundos superiores,
se puede llevar en poco tiempo esta cualidad hasta un grado que
normalmente no se habría podido alcanzar sino después de numerosas
encarnaciones.
El punto esencial es el siguiente: para obtener la transformación
requerida en esta región superior de la existencia, el candidato
no debe seguir ninguna otra indicación que su percepción espiritual
y lo que haya descifrado mediante el lenguaje secreto. Si, en el
curso de la acción que debe cumplir, sus deseos, sus opiniones,
etc., ejercitan sobre él la menor presión y olvida un solo momento
conformarse a las leyes que personalmente ha reconocido como verdaderas,
entonces ocurrirá una cosa completamente distinta a la que debe
ocurrir. El candidato dejará muy pronto de orientarse hacia el fin
de su acción y la confusión le extraviará. Mediante esta prueba,
al hombre se le presenta también una ocasión excepcional para desarrollar
el dominio de sí. Y en este punto hay que llamar la atención otra
vez: esta prueba será superada con mayor facilidad por aquellos
que, antes de la iniciación, hayan llevado una existencia capaz
de brindarles el dominio de sí mismos. El que haya conquistado el
poder de poner de lado sus caprichos y sus voluntades personales
para servir un ideal y unos principios elevados; el que sepa siempre
cumplir con su deber, inclusive cuando este cumplimiento vaya en
contra de sus inclinaciones naturales y sus simpatías, éste es ya,
inconscientemente, en la vida ordinaria, un iniciado. Y ya le falta
muy poco para poder triunfar en la prueba descrita.
Digamos inclusive que es indispensable haber adquirido ya inconscientemente
en la existencia un cierto grado de iniciación para afrontar con
éxito la segunda prueba.
En efecto, las personas que no han aprendido desde su juventud a
escribir correctamente experimentan grandes dificultades para hacerlo
en la edad madura. Del mismo modo, será difícil, en presencia de
los mundos superiores, alcanzar el grado necesario de dominio de
sí, si no se posee un cierto grado de él en la existencia cotidiana.
Las cosas del mundo físico permanecen siendo lo que son cualesquiera
que sean nuestros deseos, pasiones y tendencias modifican el entorno;
si nosotros queremos pues obtener en nuestros dominios un resultado
cierto, es preciso que tengamos un completo dominio de nosotros
mismos y sigamos únicamente la regla de conducta perfecta, sin ceder
jamás a la arbitrariedad.
Una cualidad esencial en este estadio de la iniciación es, sin discusión,
un juicio seguro y sano. Hay que tener buen cuidado de desarrollarlo
desde los primeros grados, porque en estos momentos el candidato
debe demostrar que lo posee en la medida suficiente como para penetrar
en la verdadera senda del conocimiento. Es imposible que progrese
si no tiene el discernimiento que le permita distinguir la verdad
de todo cuanto es ilusión, fantasmagoría, superchería, superstición
o espejismo. En los grados superiores de la existencia, este discernimiento
es mucho más difícil que en el mundo físico. Todo prejuicio, toda
opinión obstinada debe desaparecer ante la importancia de lo que
se aborda; la verdad única debe servir de brújula. Se debe estar
completamente preparado para abandonar un pensamiento, una opinión,
una visión personal si el pensamiento lógico lo reclama, porque
no se pueden adquirir certezas en el mundo superior más que si se
renuncia para siempre a halagar la propia opinión.
Los hombres inclinados a las fantasías, las ensoñaciones, las supersticiones
no pueden hacer ningún progreso en el sendero. El investigador debe
adquirir un bien precioso: el de librarse de toda duda respecto
a los mundos superiores. Estos se van a revelar a su mirada en su
esencia y según sus leyes. Pero ello no ocurrirá mientras la persona
en cuestión se deje prender por espejismos e ilusiones. Sería peligroso
para ella que su imaginación o sus prejuicios ofuscasen su razón.
Los fantasiosos y los soñadores no tienen condiciones para el ocultismo,
como tampoco las tienen los supersticiosos. Nunca se repetirá esto
bastante. La ensoñación, la imaginación desbocada, la superstición
son los peores enemigos que acechan al discípulo en su tránsito
por el sendero del conocimiento espiritual. No se figuren ustedes,
sin embargo, que la poesía de la vida, el don de entusiasmo se les
va a escapar por haber leído sobre el umbral de la puerta que lleva
a la segunda prueba estas palabras. "Abandona todo prejuicio", y
sobre la puerta que conduce a la primera, estas otras: "sin buen
sentido a toda prueba, todos los pasos son vanos".
Si el candidato ha progresado suficientemente en este sentido, le
espera la tercera prueba. Aquí, él no percibe ya ningún objetivo
exterior. Todo está en sus manos. Se encuentra en una situación
donde nada le impulsa a actuar. Está completamente solo para encontrar
su camino y no hay en torno suyo ningún ser ni ninguna cosa que
le pueda influenciar. Nada ni nadie podrán darle fuerza dentro de
sí, pronto se encontrará en el mismo lugar en que se encontraba
antes. Pero es preciso decir que, entre los que han salido airosos
de las pruebas anteriores, hay pocos que no sean capaces de encontrar
esta fuerza. O bien se ha quedado uno en el camino en una de las
etapas precedentes, o bien se triunfa también ahora. Lo esencial
consiste en ver con claridad sobre el terreno, porque aquí es preciso
encontrar su Yo superior en el verdadero sentido de la palabra.
Hace falta decidirse rápidamente a seguir en todo la indicación
del espíritu. Ya no hay tiempo para deliberar o para plantearse
dudas. El más breve momento de vacilación demostraría que todavía
no se está maduro. Todo lo que impida prestar oídos a los consejos
del espíritu debe ser esforzadamente superado. La cualidad de la
que es absolutamente necesario dar testimonio en esta situación
es la presencia de ánimo, que es precisamente también la cualidad
que, en esta fase de la evolución, se trata de llevar a la perfección.
Todo lo que conduzca a pensar o a actuar por costumbre o por reflejo
desaparece. Para no sentirse paralizado es necesario no perderse
a sí mismo, porque no le queda a uno más punto de apoyo que uno
mismo. Ninguno de aquellos que lean estas líneas sin estar familiarizados
con estos temas debe dejarse desanimar por la prueba de verse arrojado
sobre sí mismo de esta manera. Porque el que la supera conoce una
profunda felicidad.
Aquí, al igual que en los otros casos, la vida ordinaria es ya para
muchos hombres una disciplina oculta. Para aquellos que en la vida
se han vuelto capaces de tomar una rápida decisión sin vacilar ante
situaciones que se presenten de improviso, la propia existencia
constituye de por sí una escuela. Las situaciones más favorables
son aquellas de las que es imposible salir si no se toma una decisión
sobre la marcha. Si, en un caso en que un minuto de vacilación podría
causar una desgracia, ustedes son capaces de tomar una decisión
inmediatamente, y si esta rapidez de decisión se ha convertido en
parte integrante de vuestro ser, ya han adquirido ustedes, inconscientemente,
la madurez necesaria para afrontar la tercera prueba, porque ésta
está destinada precisamente a perfeccionar la presencia del ánimo.
En las escuelas de ocultismo a esta prueba se la denomina "la prueba
del aire", porque el candidato se encuentra privado tanto del apoyo
sólido de los impulsos venidos de fuera como de la ayuda de las
percepciones espirituales de formas, colores, sonidos, etc., adquiridos
en el curso de la preparación y de la iluminación. Queda reducido
exclusivamente a sí mismo, a sus propias fuerzas.
Si el discípulo ha pasado satisfactoriamente esta prueba, entonces
adquiere el derecho a penetrar en el "templo de los conocimientos
superiores". No haremos más que rozar someramente lo que habría
que decir en este punto. Lo que espera al discípulo es a menudo
representado como una especie de juramento que debe prestar; un
juramento de no traicionar las enseñanzas secretas. Pero estas expresiones
de "juramento" y "traición" no son en absoluto conformes a la realidad;
pueden inclusive inducir a error. Porque en ningún modo se trata
de un juramento en el sentido ordinario de la palabra: se trata
más bien de una experiencia que afecta a esta etapa del desarrollo.
Se aprende como poner en práctica, al servicio de la humanidad,
las enseñanzas recibidas. Sólo entonces se empieza a comprender
el verdadero sentido del universo. No se trata de callar las verdades
superiores, sino más bien de saber cómo defenderlas con todo el
tacto necesario.
Saber lo que es preciso callar es algo muy diferente. Esta notable
cualidad se adquiere muy especialmente respecto a temas de los que
hemos hablado con anterioridad y sobre todo de la manera en que
se ha hablado de ellos. Sería un mal iniciado el que no pusiese
sus conocimientos ocultos al servicio de la humanidad en la mayor
medida posible. En este dominio, no hay otro obstáculo para las
comunicaciones que se pueden hacer que la incomprensión de aquél
a quienes se dirigen. Sin duda alguna, los misterios superiores
no están ahí para servir de tema de cualquier discurso, pero no
está "prohibido" hablar de ellos a quien se haya elevado hasta este
grado de evolución. Ningún hombre, ningún ser le impone en este
sentido un juramento. Todo se pone en manos del sentido de la responsabilidad
del iniciado. En cada situación, es a él mismo a quien toca resolver
sobre lo que debe hacer con lo que sabe, y la palabra "juramento"
significa simplemente que ha alcanzado la madurez necesaria para
tener esta responsabilidad.
Si el candidato adquiere esta madurez, recibe lo que simbólicamente
se llama "bebida del olvido", es decir, que llega a poseer el secreto
de actuar sin dejarse en ningún instante turbar por la memoria inferior.
Es indispensable para el iniciado, porque siempre debe tener plena
confianza en el presente inmediato; debe poder rasgar el velo del
recuerdo que se interpone entre el hombre y los hechos en cada instante
de su vida. Si juzgo lo que se me presenta hoy según mis experiencias
de ayer, me expongo a múltiples errores. Naturalmente, esto no quiere
decir que sea preciso renunciar a la experiencia que la vida nos
ha dado. Hay que servirse de ella de la mejor manera posible. Pero,
como iniciado, se debe poder juzgar por sí mismo cada nuevo acontecimiento,
y dejarlo actuar libremente sobre el espíritu, sin dejarse turbar
por los recuerdos del pasado. Es necesario, que a cada instante
yo esté dispuesto a lo que un ser o una cosa me pueda aportar como
revelación enteramente nueva. Si evalúo lo nuevo según lo antiguo,
estoy sujeto a error. Sin embargo, el recuerdo de las experiencias
antiguas me resulta de una extrema utilidad, porque me permite ver
lo nuevo. Si yo no tuviese ya una cierta experiencia de las cosas,
es probable que determinadas cualidades de un objeto o de un ser
que se presenten a mí se me escapasen por completo. La experiencia
debe servir precisamente para ver lo nuevo, pero para juzgarlo según
lo antiguo. El iniciado adquiere a este respecto facultades muy
precisas que le revelan muchas cosas que permanecen enteramente
ocultas para el no iniciado.
La segunda bebida que se ofrece al iniciado es la "bebida del recuerdo".
Gracias a ella, le resulta posible tener siempre presentes en el
espíritu las verdades superiores. La memoria ordinaria no bastaría
para ello. Es preciso "hacerse uno" con estas verdades. No basta
con conocerlas, deben integrarse con toda naturalidad en la acción
viva como el alimento o la bebida en la vida física. Deben convertirse
en ejercicio, en costumbre, en inclinación. Ya no debe ser necesario
reflexionar sobre ellas en el sentido ordinario de la palabra. Deben
expresarse por lo que es el hombre mismo, expandirse por todo su
ser y convertirse en algo así como las funciones vitales de su organismo.
De esta manera, realizará cada vez más espiritualmente el objetivo
para el que la naturaleza le ha constituido físicamente.
Libro de Visitas
Vea Mi Guestbook
Firme Mi Guestbook


