La Iniciación



Rudolph Steiner

Rudolph Steiner

La iniciación es el grado supremo de una disciplina oculta sobre la cuál se pueden dar, en un libro, indicaciones que todavía pueden ser accesibles a todos. Lo que se podría decir sobre los grados que están más allá de la iniciación apenas sería comprensible. Pero se puede encontrar el camino, si a través de la preparación, la iluminación y la iniciación, se ha penetrado hasta los misterios menores.

Sin la iniciación, el hombre no podría adquirir el saber y el savoir-faire que ella confiere, más que un futuro muy lejano y después de numerosas encarnaciones, por un camino y bajo una forma completamente diferente. La persona que es iniciada hoy experimenta al presente lo que no habría sido llamada a conocer sino mucho más tarde y en unas circunstancias muy distintas.

Cada persona solamente puede descubrir, sobre los misterios de la existencia, aquello que corresponde a su grado de madurez. Es por esta sola razón por la que va encontrando obstáculos a medida que avanza hacia los grados superiores del saber y de savoir-faire. Nadie pondría un arma de fuego entre las manos de un individuo antes de que el tal individuo tuviese la experiencia suficiente como para poder servirse de ella sin causar una desgracia.

Si en estos momentos alguien fuera iniciado de buenas a primeras, le faltaría la experiencia que todavía tiene que adquirir en el transcurso de sus futuras encarnaciones, hasta el momento en que le sean desvelados los misterios correspondientes a su evolución normal. Es por esto por lo que, en el umbral de la iniciación, es preciso que, mientras se espera tener esta experiencia, tenga lugar una cosa de otro tipo.

Las primeras instrucciones que recibe el candidato a la iniciación están pues destinadas a compensar provisionalmente la experiencia por venir. Estas son las llamadas "pruebas probatorias", por las cuales es preciso pasar. Ellas constituyen el resultado normal del trabajo interior si los ejercicios han seguido correctamente el camino descrito en los capítulos precedentes.

Ciertamente, con frecuencia se encuentran libros que aluden a "pruebas". Pero ellos solamente pueden evocar una falsa imagen de la realidad. Porque el que no haya pasado por la preparación y la iluminación, ni haya tenido jamás la experiencia de estas pruebas, está absolutamente incapacitado para ofrecer una información verídica de ella.

Ante el alma del candidato se presenta un cierto número de cosas y de fenómenos provenientes de los mundos superiores; pero, naturalmente, él no puede verlas ni entenderlas más que si es capaz de comprender las figuras, los colores, los sonidos, etc., de los que hemos hablado al tratar de la preparación y de la iluminación.

La primera "prueba" consiste en adquirir, respecto a las propiedades materiales de los cuerpos inanimados, después de las plantas, a continuación de los animales y finalmente del hombre, puntos de vista más exactos que los habituales. Y aclaramos que entendemos por "puntos de vista habituales" lo que hoy día se llama conocimiento científico. No se trata de ciencia, sino de visión.

Lo que se produce generalmente es que el candidato a la iniciación aprende a reconocer de qué manera las cosas de la naturaleza y de los seres vivos se manifiestan a los ojos y a los oídos espirituales, de suerte que, en una cierta medida, estos fenómenos se le presentan al observador como desvelados y desnudos. Lo que él ve y entiende escapa a los ojos y los oídos físicos. Para la visión sensorial, se muestran recubiertos de un velo. Este velo cae, sin embargo, delante del candidato, según un proceso que se puede considerar como un fenómeno espiritual de consunción. Esta es la razón por la que a esta primera prueba se le denomina "prueba de fuego".

Para muchos hombres, la vida ordinaria constituye ya por sí misma, de manera más o menos consciente, una prueba de iniciación por el fuego. Estos hombres llevan a cabo experiencias enriquecedoras, gracias a las cuales ellos ven crecer, de una manera sana y normal, la confianza en sí mismos, su valor, su decisión y su firmeza; por consiguiente, llegan a ser capaces de soportar el dolor, las decepciones y los fracasos de sus empresas con una entereza, una grandeza de alma, una fuerza y una calma inconmovibles. Quien ha pasado por tales experiencias es a menudo ya, sin que él mismo lo sepa, un iniciado. Cualquier cosa basta para abrir sus ojos y sus oídos espirituales y hacer de él un clarividente. Porque hay que hacerlo notar bien: una verdadera "prueba de fuego" no tiene por objetivo satisfacer la curiosidad del candidato. Cierto que él descubre hechos infrecuentes de los que de ordinario no se tiene la menor idea. Pero este descubrimiento no es el objetivo de las pruebas, no constituye la meta del candidato; este descubrimiento no es más que el medio necesario para alcanzar ese objetivo, esa meta, que no es otra que adquirir, mediante este conocimiento de los mundos superiores, una confianza en sí más profunda y mejor fundada, un valor más firme, una grandeza de alma y una perseverancia completamente distintas a las que generalmente se adquieren sobre la tierra.

Después de la "prueba de fuego" todavía es posible para todo candidato volver atrás. Continuará su existencia, fortificado en su cuerpo y en su alma, y no reemprenderá su camino iniciático hasta la próxima encarnación. En la actual encarnación será un miembro más útil para la comunidad humana que lo era antes de haber pasado la prueba. En cualquier situación que se encuentre, su firmeza, su claridad de juicio y raciocinio y su beneficiosa influencia sobre sus semejantes, tanto como su espíritu de decisión, habrán hecho notables progresos.

Si el candidato que ha sufrido la prueba de fuego quiere continuar avanzando en su entrenamiento, es preciso que le sea revelado el "sistema de escritura particular" que se utiliza en la disciplina ocultista. Las verdaderas enseñanzas ocultas están redactadas en esta escritura, porque lo que constituye el carácter escondido (oculto) de las cosas no puede expresarse, por definición, ni mediante las palabras del lenguaje corriente ni mediante los signos de la escritura ordinaria. Aquellos que han recibido la enseñanza de los iniciados traducen de la mejor manera posible, en lenguaje común, las lecciones de la sabiduría. La escritura oculta se revela al alma que adquiere la percepción espiritual; sus caracteres están siempre más grabados en el mundo del espíritu. No se aprenden como los de una escritura artificial. En el alma donde crece el conocimiento clarividente, objetivo, se desarrolla una facultad, una fuerza que la impulsa a descifrar los fenómenos y los seres espirituales como los caracteres de una escritura.

Podría ocurrir que esta fuerza, con la "prueba" que ella comporta, se despertase de manera enteramente natural en el curso del desenvolvimiento interior. Se accede sin embargo con más seguridad a la meta siguiendo las indicaciones de los ocultistas versados en la lectura de estos caracteres.

Los signos de la escritura escondida no están compuestos arbitrariamente, sino conforme a las fuerzas que actúan en el universo. A su través se aprende el lenguaje de las cosas. El candidato constata muy pronto que los signos que va descubriendo corresponden a la figuras, los colores, los sonidos, etc., que ha aprendido a percibir en el curso de la preparación y de la iluminación. Se da cuenta de que todavía no ha hecho más que deletrear el alfabeto. Solamente ahora, va a comenzar a leer en los mundos superiores. Como un majestuoso conjunto, se descubre lo que antes no aparecía sino a través de fenómenos aislados. Solamente ahora son verdaderamente auténticas sus observaciones espirituales. Antes, no podía nunca tener la completa certeza de que las cosas que creía haber visto las habría visto realmente. Sólo ahora puede existir un acuerdo seguro entre el candidato y el iniciado en los dominios de la ciencia superior. Porque, cualesquiera que sean las relaciones de un iniciado y otro hombre en la vida ordinaria, el iniciado no podrá comunicar su ciencia bajo una forma inmediata más que mediante el lenguaje de los signos. A través de esta lengua, el discípulo se familiariza igualmente con un cierto número de reglas de conducta. Toma conciencia de ciertos deberes de los que con anterioridad no tenía la menor idea. Y cuando sabe poner en práctica estas reglas de conducta, puede llevar a cabo acciones cargadas de un sentido que en ningún caso pueden tener las de un hombre que no haya sido iniciado. Su conducta se inspira en los mundos superiores. Estas inspiraciones no pueden ser captadas más que en esta lengua de que hablamos.

Hay que dejar bien sentado, sin embargo que determinados seres pueden llevar a cabo inconscientemente acciones inspiradas, aunque no se hayan entrenado nunca en el ocultismo. Estos auxiliares de la humanidad y del universo atraviesan la vida repartiendo favores y bendiciones. Por razones que no podemos explicar aquí, ellos han recibido unos dones que parecen naturales. La única cosa que les distingue del investigador es que este último actúa a conciencia y con discernimiento respecto a lo que quiere realizar con relación al conjunto; él conquista, mediante la disciplina, lo que las potencias superiores entregan a los demás para el bien del mundo. Estos hombres de Dios merecen veneración, pero no por eso hay que considerar el entrenamiento como algo superfluo.

Cuando el discípulo ha aprendido la lengua de los signos, se va a encontrar frente a otra "prueba"; una prueba que debe revelar si está en disposición de evolucionar en los mundos superiores con libertad y seguridad. En la vida ordinaria, los impulsos que llevan al hombre a actuar le llegan de fuera. El cumple tal o cual tarea, porque las circunstancias se la imponen como un deber. Y en este punto, se nos hace necesario hacer notar que el estudiante no debe abandonar ninguno de sus deberes cotidianos so pretexto de que participa en una vía superior. Ningún deber, absolutamente ninguno, asumido con respecto al mundo espiritual puede forzar a nadie a descuidar una sola de sus obligaciones prácticas. El padre de familia debe permanecer siendo tan buen padre de familia como antes y la madre, tan buena madre. Ni el funcionario, ni el soldado ni ningún ciudadano de ninguna clase deben volver la espalda a sus deberes por causa de la práctica del ocultismo. Por el contrario, todas las cualidades que confieren valor a una persona en la vida ordinaria deben aumentar en el estudiante en una medida de la que el profano no podría hacerse ni una remota idea. Y si los no iniciados tienen a veces otra impresión, cosa poco frecuente e incluso rara, ello es consecuencia de que no están en absoluto capacitados para emitir un juicio sobre un iniciado; lo que trae como consecuencia que las actitudes de éste resulten a veces inexplicables para ellos.

Para quien haya alcanzado el grado anteriormente citado de la iniciación, existen unos deberes que ya no están determinados por ningún móvil exterior. No son las circunstancias de fuera las que le guían en este dominio, sino una serie de reglas de conducta que le han sido reveladas por el lenguaje "escondido". Mediante la segunda "prueba", debe demostrar ahora que estas reglas le dirigen con tanta seguridad y firmeza como un funcionario sometido a su reglamento es dirigido por éste. Para que esto sea así, el candidato debe, sentirse situado, en un determinado momento de su entrenamiento, frente a una cierta tarea. Debe cumplir una actividad inspirándose en lo que ha percibido durante los períodos de preparación y de iluminación. Y esta misma actividad debe descifrarla en el lenguaje de los signos. Si sabe reconocer su deber y actuar en consecuencia, es señal de que ha superado victoriosamente la prueba. El éxito se reconoce en el cambio provocado por la acción en las figuras, los colores y los sonidos que perciben los oídos y los ojos espirituales. A medida que se progresa en el entrenamiento oculto, se ve perfectamente cómo estas figuras, colores y sonidos producen otra impresión según la acción cumplida. Y el candidato debe saber ocasionar este cambio.

A esta prueba se le llama "prueba del agua", porque se pierde el terreno firme que procuran las condiciones exteriores, del mismo modo que a aquel que nada en un lugar de aguas muy profundas le falta todo tipo de apoyo. La prueba debe ser renovada hasta que el candidato haya conquistado una perfecta seguridad.

Mediante esta prueba, también se trata de adquirir una cualidad nueva y, a través de estas experiencias en los mundos superiores, se puede llevar en poco tiempo esta cualidad hasta un grado que normalmente no se habría podido alcanzar sino después de numerosas encarnaciones.

El punto esencial es el siguiente: para obtener la transformación requerida en esta región superior de la existencia, el candidato no debe seguir ninguna otra indicación que su percepción espiritual y lo que haya descifrado mediante el lenguaje secreto. Si, en el curso de la acción que debe cumplir, sus deseos, sus opiniones, etc., ejercitan sobre él la menor presión y olvida un solo momento conformarse a las leyes que personalmente ha reconocido como verdaderas, entonces ocurrirá una cosa completamente distinta a la que debe ocurrir. El candidato dejará muy pronto de orientarse hacia el fin de su acción y la confusión le extraviará. Mediante esta prueba, al hombre se le presenta también una ocasión excepcional para desarrollar el dominio de sí. Y en este punto hay que llamar la atención otra vez: esta prueba será superada con mayor facilidad por aquellos que, antes de la iniciación, hayan llevado una existencia capaz de brindarles el dominio de sí mismos. El que haya conquistado el poder de poner de lado sus caprichos y sus voluntades personales para servir un ideal y unos principios elevados; el que sepa siempre cumplir con su deber, inclusive cuando este cumplimiento vaya en contra de sus inclinaciones naturales y sus simpatías, éste es ya, inconscientemente, en la vida ordinaria, un iniciado. Y ya le falta muy poco para poder triunfar en la prueba descrita.

Digamos inclusive que es indispensable haber adquirido ya inconscientemente en la existencia un cierto grado de iniciación para afrontar con éxito la segunda prueba.

En efecto, las personas que no han aprendido desde su juventud a escribir correctamente experimentan grandes dificultades para hacerlo en la edad madura. Del mismo modo, será difícil, en presencia de los mundos superiores, alcanzar el grado necesario de dominio de sí, si no se posee un cierto grado de él en la existencia cotidiana. Las cosas del mundo físico permanecen siendo lo que son cualesquiera que sean nuestros deseos, pasiones y tendencias modifican el entorno; si nosotros queremos pues obtener en nuestros dominios un resultado cierto, es preciso que tengamos un completo dominio de nosotros mismos y sigamos únicamente la regla de conducta perfecta, sin ceder jamás a la arbitrariedad.

Una cualidad esencial en este estadio de la iniciación es, sin discusión, un juicio seguro y sano. Hay que tener buen cuidado de desarrollarlo desde los primeros grados, porque en estos momentos el candidato debe demostrar que lo posee en la medida suficiente como para penetrar en la verdadera senda del conocimiento. Es imposible que progrese si no tiene el discernimiento que le permita distinguir la verdad de todo cuanto es ilusión, fantasmagoría, superchería, superstición o espejismo. En los grados superiores de la existencia, este discernimiento es mucho más difícil que en el mundo físico. Todo prejuicio, toda opinión obstinada debe desaparecer ante la importancia de lo que se aborda; la verdad única debe servir de brújula. Se debe estar completamente preparado para abandonar un pensamiento, una opinión, una visión personal si el pensamiento lógico lo reclama, porque no se pueden adquirir certezas en el mundo superior más que si se renuncia para siempre a halagar la propia opinión.

Los hombres inclinados a las fantasías, las ensoñaciones, las supersticiones no pueden hacer ningún progreso en el sendero. El investigador debe adquirir un bien precioso: el de librarse de toda duda respecto a los mundos superiores. Estos se van a revelar a su mirada en su esencia y según sus leyes. Pero ello no ocurrirá mientras la persona en cuestión se deje prender por espejismos e ilusiones. Sería peligroso para ella que su imaginación o sus prejuicios ofuscasen su razón. Los fantasiosos y los soñadores no tienen condiciones para el ocultismo, como tampoco las tienen los supersticiosos. Nunca se repetirá esto bastante. La ensoñación, la imaginación desbocada, la superstición son los peores enemigos que acechan al discípulo en su tránsito por el sendero del conocimiento espiritual. No se figuren ustedes, sin embargo, que la poesía de la vida, el don de entusiasmo se les va a escapar por haber leído sobre el umbral de la puerta que lleva a la segunda prueba estas palabras. "Abandona todo prejuicio", y sobre la puerta que conduce a la primera, estas otras: "sin buen sentido a toda prueba, todos los pasos son vanos".

Si el candidato ha progresado suficientemente en este sentido, le espera la tercera prueba. Aquí, él no percibe ya ningún objetivo exterior. Todo está en sus manos. Se encuentra en una situación donde nada le impulsa a actuar. Está completamente solo para encontrar su camino y no hay en torno suyo ningún ser ni ninguna cosa que le pueda influenciar. Nada ni nadie podrán darle fuerza dentro de sí, pronto se encontrará en el mismo lugar en que se encontraba antes. Pero es preciso decir que, entre los que han salido airosos de las pruebas anteriores, hay pocos que no sean capaces de encontrar esta fuerza. O bien se ha quedado uno en el camino en una de las etapas precedentes, o bien se triunfa también ahora. Lo esencial consiste en ver con claridad sobre el terreno, porque aquí es preciso encontrar su Yo superior en el verdadero sentido de la palabra. Hace falta decidirse rápidamente a seguir en todo la indicación del espíritu. Ya no hay tiempo para deliberar o para plantearse dudas. El más breve momento de vacilación demostraría que todavía no se está maduro. Todo lo que impida prestar oídos a los consejos del espíritu debe ser esforzadamente superado. La cualidad de la que es absolutamente necesario dar testimonio en esta situación es la presencia de ánimo, que es precisamente también la cualidad que, en esta fase de la evolución, se trata de llevar a la perfección. Todo lo que conduzca a pensar o a actuar por costumbre o por reflejo desaparece. Para no sentirse paralizado es necesario no perderse a sí mismo, porque no le queda a uno más punto de apoyo que uno mismo. Ninguno de aquellos que lean estas líneas sin estar familiarizados con estos temas debe dejarse desanimar por la prueba de verse arrojado sobre sí mismo de esta manera. Porque el que la supera conoce una profunda felicidad.

Aquí, al igual que en los otros casos, la vida ordinaria es ya para muchos hombres una disciplina oculta. Para aquellos que en la vida se han vuelto capaces de tomar una rápida decisión sin vacilar ante situaciones que se presenten de improviso, la propia existencia constituye de por sí una escuela. Las situaciones más favorables son aquellas de las que es imposible salir si no se toma una decisión sobre la marcha. Si, en un caso en que un minuto de vacilación podría causar una desgracia, ustedes son capaces de tomar una decisión inmediatamente, y si esta rapidez de decisión se ha convertido en parte integrante de vuestro ser, ya han adquirido ustedes, inconscientemente, la madurez necesaria para afrontar la tercera prueba, porque ésta está destinada precisamente a perfeccionar la presencia del ánimo.

En las escuelas de ocultismo a esta prueba se la denomina "la prueba del aire", porque el candidato se encuentra privado tanto del apoyo sólido de los impulsos venidos de fuera como de la ayuda de las percepciones espirituales de formas, colores, sonidos, etc., adquiridos en el curso de la preparación y de la iluminación. Queda reducido exclusivamente a sí mismo, a sus propias fuerzas.

Si el discípulo ha pasado satisfactoriamente esta prueba, entonces adquiere el derecho a penetrar en el "templo de los conocimientos superiores". No haremos más que rozar someramente lo que habría que decir en este punto. Lo que espera al discípulo es a menudo representado como una especie de juramento que debe prestar; un juramento de no traicionar las enseñanzas secretas. Pero estas expresiones de "juramento" y "traición" no son en absoluto conformes a la realidad; pueden inclusive inducir a error. Porque en ningún modo se trata de un juramento en el sentido ordinario de la palabra: se trata más bien de una experiencia que afecta a esta etapa del desarrollo. Se aprende como poner en práctica, al servicio de la humanidad, las enseñanzas recibidas. Sólo entonces se empieza a comprender el verdadero sentido del universo. No se trata de callar las verdades superiores, sino más bien de saber cómo defenderlas con todo el tacto necesario.

Saber lo que es preciso callar es algo muy diferente. Esta notable cualidad se adquiere muy especialmente respecto a temas de los que hemos hablado con anterioridad y sobre todo de la manera en que se ha hablado de ellos. Sería un mal iniciado el que no pusiese sus conocimientos ocultos al servicio de la humanidad en la mayor medida posible. En este dominio, no hay otro obstáculo para las comunicaciones que se pueden hacer que la incomprensión de aquél a quienes se dirigen. Sin duda alguna, los misterios superiores no están ahí para servir de tema de cualquier discurso, pero no está "prohibido" hablar de ellos a quien se haya elevado hasta este grado de evolución. Ningún hombre, ningún ser le impone en este sentido un juramento. Todo se pone en manos del sentido de la responsabilidad del iniciado. En cada situación, es a él mismo a quien toca resolver sobre lo que debe hacer con lo que sabe, y la palabra "juramento" significa simplemente que ha alcanzado la madurez necesaria para tener esta responsabilidad.

Si el candidato adquiere esta madurez, recibe lo que simbólicamente se llama "bebida del olvido", es decir, que llega a poseer el secreto de actuar sin dejarse en ningún instante turbar por la memoria inferior. Es indispensable para el iniciado, porque siempre debe tener plena confianza en el presente inmediato; debe poder rasgar el velo del recuerdo que se interpone entre el hombre y los hechos en cada instante de su vida. Si juzgo lo que se me presenta hoy según mis experiencias de ayer, me expongo a múltiples errores. Naturalmente, esto no quiere decir que sea preciso renunciar a la experiencia que la vida nos ha dado. Hay que servirse de ella de la mejor manera posible. Pero, como iniciado, se debe poder juzgar por sí mismo cada nuevo acontecimiento, y dejarlo actuar libremente sobre el espíritu, sin dejarse turbar por los recuerdos del pasado. Es necesario, que a cada instante yo esté dispuesto a lo que un ser o una cosa me pueda aportar como revelación enteramente nueva. Si evalúo lo nuevo según lo antiguo, estoy sujeto a error. Sin embargo, el recuerdo de las experiencias antiguas me resulta de una extrema utilidad, porque me permite ver lo nuevo. Si yo no tuviese ya una cierta experiencia de las cosas, es probable que determinadas cualidades de un objeto o de un ser que se presenten a mí se me escapasen por completo. La experiencia debe servir precisamente para ver lo nuevo, pero para juzgarlo según lo antiguo. El iniciado adquiere a este respecto facultades muy precisas que le revelan muchas cosas que permanecen enteramente ocultas para el no iniciado.

La segunda bebida que se ofrece al iniciado es la "bebida del recuerdo". Gracias a ella, le resulta posible tener siempre presentes en el espíritu las verdades superiores. La memoria ordinaria no bastaría para ello. Es preciso "hacerse uno" con estas verdades. No basta con conocerlas, deben integrarse con toda naturalidad en la acción viva como el alimento o la bebida en la vida física. Deben convertirse en ejercicio, en costumbre, en inclinación. Ya no debe ser necesario reflexionar sobre ellas en el sentido ordinario de la palabra. Deben expresarse por lo que es el hombre mismo, expandirse por todo su ser y convertirse en algo así como las funciones vitales de su organismo. De esta manera, realizará cada vez más espiritualmente el objetivo para el que la naturaleza le ha constituido físicamente.