El Sermón Del Monte
La Llave Para Triunfar En La Vida
Emmet Fox
Capítulo 6
Con la medida con que midiereis
- 1 No juzguéis, y no seréis juzgados,
- 2 porque con el juicio con que juzgareis, seréis juzgados,
- 3 y con la medida con que midiereis se os medirá.
- 4 ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en el tuyo?
- 5 ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo?
- 6 Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo,
y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano.
(MATEO VII, 1-5)
Esta sección del Sermón del Monte consta de cinco versos cortos, y sólo
unas cien palabras, y sin embargo no se exagera diciendo que es el
documento más sorprendente que jamás se haya presentado a la humanidad.
En estos cinco versos se nos dice más acerca de la naturaleza del
hombre, el significado de la vida, la importancia de la conducta, el
arte de vivir, el secreto de la felicidad y del buen éxito, la manera de
superar la adversidad, el acceso a Dios, la emancipación del alma, y la
salvación del mundo, que lo que todos los filósofos y todos los teólogos
y todos los sabios juntos nos han dicho, porque nos explica la Gran Ley.
Es infinitamente más importante que un hombre, y especialmente un niño,
comprenda el significado de estos cinco versos, que ninguna otra cosa
que se enseña en las escuelas y las universidades. No hay nada en los
cursos de estudio corrientes, no hay nada que se pueda aprender en las
bibliotecas o los laboratorios que valga la millonésima parte de la
enseñanza de estos versos. Si alguna vez fuese posible justificar el
dicho fanático: "Quemen los demás libros porque todo está en éste", se
estaría haciendo mención a estos versos.
"No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio que juzgareis
seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá" (MT. 7,
1-2). Si el hombre común comprendiese, aun por un momento, el
significado de estas palabras, y verdaderamente las creyese, de
inmediato revolucionarían toda su vida de arriba abajo radicalmente; su
conducta diaria se transformaría por completo, y él mismo cambiaría
tanto que, en un tiempo relativamente corto, sus amigos más íntimos casi
no lo conocerían. Tanto si fuese primer ministro como si fuese un hombre
de la calle, esta comprensión le cambiaría el mundo, y, como la verdad
es más contagiosa de lo que se puede imaginar, su metamorfosis
transformaría el mundo también para muchos otros.
Cada vez que leemos de nuevo el Sermón del Monte en una actitud mental
receptiva, nos asombramos de encontrar que las afirmaciones que contiene
han sido, en la práctica, pasadas por alto por la mayoría de los
cristianos. Si no se supiese que es un hecho que estas palabras se oyen
constantemente en público, y son leídas en privado por millones de
cristianos de todas clases, casi no se podría creer que esto fuera
posible; porque las verdades expresadas aquí parecen no tener nada que
ver con los motivos de su vida y conducta diaria. Sin embargo, estas
palabras expresan la Ley de la Vida, sencilla e inevitable.
Porque tal es la Ley de la Vida: tal como pensamos de otros, tal como
hablamos de ellos, tal como nos portamos hacia ellos, así pensarán, y
hablarán de nosotros, y así se portarán con nosotros. Sea cual fuere
nuestra conducta, inevitablemente nos será devuelta. Todo lo que les
hacemos a otros, tarde o temprano, aquí o allí, alguien nos lo hará. Lo
bueno que hacemos se nos devolverá en el mismo grado; y lo malo que les
hacemos a otros de la misma manera se nos devolverá también. Esto no
quiere decir de ninguna manera que las personas a quienes tratamos bien
o mal sean las mismas que nos devuelvan mañana la acción. Casi nunca
ocurre así; pero lo que ocurre es que, en otro momento, tal vez años
después, en otro lugar lejano, alguien que no sabe nada de la acción
anterior nos la pagará con la misma moneda. Por cada palabra áspera que
decimos a otra persona o de otra persona, tal palabra se nos dirá o se
dirá de nosotros. Por cada vez que defraudemos, seremos defraudados; por
cada vez que engañemos, seremos engañados. Por cada mentira que digamos,
se nos mentirá también. Por cada vez que descuidemos un deber, por cada
evasión de una responsabilidad, cada abuso de la autoridad sobre otras
personas, estaremos haciendo algo por lo cual, inevitablemente, se nos
pagará haciéndonos sufrir una herida igual. "Con la medida que midiereis
se os medirá."
¿No es evidente que, si la gente se diera cuenta de todo ello, de que es
literalmente cierto, esto influiría en su conducta en la forma más
profunda? ¿No haría más, en la práctica, tal comprensión para hacer
disminuir los crímenes y elevar el nivel moral de toda la comunidad, que
todas las leyes elaboradas por los parlamentos, o todos los castigos
impuestos por jueces y magistrados? La gente tiende a pensar,
especialmente cuando la tentación es muy fuerte, que probablemente
podrán escaparse de la ley del país, escaparse del alguacil, o
deslizarse de las manos de las autoridades de cualquier otra manera.
Esperan que los individuos les perdonen, o que no puedan vengarse, o que
todo se olvide con el tiempo; o mejor aún, que nunca se descubra la
falta. Sin embargo, si comprendiesen que la ley de la retribución es una
Ley Cósmica, tan impersonal e inmutable como la ley de la gravedad, que
no considera personas ni respeta instituciones, una ley sin rencor y sin
piedad, reflexionarían más antes de tratar injustamente a sus prójimos.
La ley de la gravedad nunca duerme, nunca está desprevenida, nunca se
cansa, no es compasiva ni vengativa; y nadie podría imaginar que pudiese
evadirla o engatusarla, o sobornarla, o intimidarla. La gente la acepta
como inevitable e ineludible, y se comportan de acuerdo a ello. La ley
de la retribución es tan inmutable como la ley de la gravedad. Tarde o
temprano, el agua encuentra su nivel; y el trato que les damos a otros
se nos devuelve.
Algunos cristianos, al oír la explicación de la ley de la retribución
han puesto objeción diciendo que esta ley es de origen budista o
indostano, y no cristiano. Es verdad que esta ley es enseñada por los
budistas y los indostanos, y hacen bien en enseñarla porque es la ley de
la naturaleza. Es verdad también que esta ley se comprende mejor en los
países orientales que entre nosotros; pero eso no quiere decir que sea
una posesión oriental. Lo que quiere decir es que las iglesias ortodoxas
cristianas han faltado a su obligación de exponer a la gente una sección
importante de la enseñanza de Jesús.
A los que dicen que ésta no es una ley cristiana, se les puede
responder: ¿Es un documento cristiano el Evangelio de Mateo, o no? ¿Era
cristiano o budista Jesucristo? Esta doctrina, nos guste o no nos guste,
si queremos, podemos tratar de pasarla por alto; pero no podemos negar
que Jesucristo la enseñó, y de la manera más directa y enfática, cuando
dijo: "No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que
juzgareis seréis juzgados y con la medida que midiereis seréis medidos"
(MT. 7, 1-2).
Sir Edwin Arnold, en su poema titulado La Canción Celestial, describió
esta ley implacable de la justicia inmanente.
No hay nadie que la pueda menospreciar;
quien la impida, pierde; quien la sirva, gana;
el bien hecho en secreto da paz y deleite, el mal escondido trae dolor.
Por ella el cuchillo apuñaló al asesino;
el juez injusto perdió su defensor,
la lengua falsa sentencia su propia mentira;
y el vil ladrón despoja sólo para restituir.
Ella lo ve y lo nota todo;
sé justo —¡te recompensará!—
Injusto —serás pagado con la misma moneda—
aunque Dharma tal vez tarde en llegar.
Bien claro está que conviene no hacerle a otra persona lo que no
quisiéramos que alguien nos hiciese a nosotros, porque eso es lo que
ocurrirá. Especialmente es éste el caso cuando actuamos mal con alguien
que está en nuestro poder.
De la misma manera, igualmente, es cierto que por cada buena acción que
cumplimos, por cada palabra bondadosa que pronunciamos, un día u otro
recibiremos su equivalente. Muchas personas suelen quejarse de
la ingratitud de aquéllas a quienes han ayudado o a quienes han
concedido favores —y frecuentemente con razón—; pero esta queja
manifiesta una actitud mental que es importante corregir. Cuando alguien
se siente ofendido porque le han mostrado ingratitud por un favor, es
porque ha esperado gratitud, y esto es un gran error. La verdadera razón
para ayudar a otros es porque es nuestro deber ayudar en la medida en
que podamos hacerlo sabiamente; o porque es una expresión del amor. Por
supuesto, el amor verdadero no busca un quid pro quo y haber cumplido
nuestro deber tendría que ser la propia recompensa, recordémoslo, o si
lo preferimos así, de una manera u otra nuestra buena acción será
reconocida a su tiempo. Cuando se espera la gratitud, se crea en la otra
persona un sentido de obligación, y esta persona, probablemente, tendrá
esto en su inconsciente y lo sentirá con más fuerza, porque tal cosa es
algo que repugna a la naturaleza humana. Hagamos la buena acción y
sigamos nuestro camino, sin esperar ni desear el reconocimiento
personal.
¿No es acaso un pensamiento hermoso y estimulante que todas las
oraciones que hemos pronunciado en nuestra vida, todo lo bueno que hemos
hecho y todas nuestras palabras bondadosas permanecen con nosotros, y
que nada puede quitárnoslas? En efecto, éstas son las únicas cosas que
podemos guardar, porque todo lo demás ha de desaparecer. Nuestros
errores mentales, y orales, y nuestros pecados van eliminándose según la
Ley: pero el bien sigue incólume por toda la eternidad.
Los estudiosos del Cristianismo Científico que comprenden el poder del
pensamiento, se darán cuenta de que es aquí, en el reino de los
pensamientos, donde la Ley encuentra su verdadera aplicación; y verán
que lo que importa, en última instancia, es guardar pensamientos rectos
hacia otros, lo mismo que hacia sí mismo. Pensar rectamente en lo
tocante a Dios, en lo tocante al prójimo y en lo tocante a sí mismo;
esto es la Ley y los Profetas. Sabiendo que el dominio se encuentra en
el Lugar Secreto, es en el Lugar Secreto donde hay que poner la
atención, observando el mandamiento: No juzguéis.
La Regla de Oro interpretada científicamente es: Pensad de otros tal
como quisierais que pensaran de vosotros. A la luz del conocimiento que
ahora tenemos, la observancia de esta regla se convierte en un deber
solemne, y más aún, es una vital deuda de honor. Una deuda de honor es
una obligación que ninguna ley escrita puede hacemos cumplir, una
obligación que cumplimos en secreto para satisfacción de nuestra
conciencia; y del mismo modo, como nadie puede saber, y mucho menos
probar, lo que estamos pensando, no somos responsables por nuestros
pensamientos ante ningún tribunal sino ante el más alto: el Tribunal que
nunca se equivoca y cuyas sentencias nunca se evaden.
Habiendo comprendido la Ley Suprema y su función, resumidas tan
maravillosamente por Jesús en este pasaje, el discípulo está preparado
para dar el siguiente paso importante y comprender cómo es posible
elevarse incluso por encima de la Gran Ley en el nombre de Cristo. En la
Biblia el término "Cristo" no es sinónimo de Jesús, el individuo. Es un
término técnico que quiere decir la Verdad Espiritual y Absoluta acerca
de cualquier cosa. Discernir esta Verdad acerca de alguna persona, o
condición o circunstancia, inmediatamente sana a esa persona o condición
o circunstancia, siendo el mejoramiento en la misma medida del grado de
toma de conciencia del que piensa. He aquí la esencia de la curación
espiritual, y por eso vemos que en el sentido más amplio, y con total
independencia, al mismo tiempo, de las obras especiales y sin par
realizadas por el mismo Jesús, es verdad que el Cristo viene al mundo
para redimirlo y salvarlo. Cuandoquiera que el Cristo —eso es, la Idea
Verdadera de algo— nace en el pensamiento de alguien, la curación
física, o moral, o mental, según sea el caso, viene a continuación.
Una curación mental consiste en hacer lúcida e inteligente a una persona
estúpida. Los niños más atrasados en la escuela responden como si fuera
magia a tal tratamiento espiritual. Se pide para ellos la Inteligencia
Divina y se cae en la cuenta de que Dios es el alma del hombre. La
enfermedad y el pecado, la pobreza y la confusión, la ignorancia y la
flaqueza humana, todo desaparece bajo el poder del Cristo Sanador. Por
profundas que sean las raíces de nuestros males, una visión clara del
Cristo, una visión de la Verdad Espiritual, eternamente presente detrás
de las apariencias, nos curará. Para esto no hay excepción alguna.
Porque el Cristo es nada menos que la acción directa de Dios mismo, el
Autoconocimiento del Espíritu, pasa por encima de todo.
La Ley Espiritual eclipsa y domina todas las leyes del plano físico y
del plano mental. Esto, como hemos visto en el primer capítulo, no
significa que las leyes del plano físico o del plano mental se pueden
romper, sino que el hombre, por su naturaleza esencialmente divina,
tiene el poder de levantarse por encima de estos planos al plano del
Espíritu, plano de dimensión infinita, donde tales leyes no le afectan
más. El no viola sus leyes, se aventura más allá de sus fronteras.
Cuando el globo aerostático se levanta hacia el sol, no obstante su
peso, así que se hincha, parece que desafía la ley de la gravedad. Sin
embargo, no se rompe esa ley, sino que más bien se cumple por esa
acción, aunque la experiencia normal de la vida diaria está, de hecho,
invertida. La Ley de Karma, ley infalible que no respeta a nadie ni
olvida nada, no vale más que para los planos físico y mental; no es una
ley del Espíritu. En Espíritu todo es perfecto, eterno, inalterable. En
este dominio no hay nada malo que se pueda cosechar porque no se puede
sembrar, y por consiguiente cuando el hombre levanta su atención hacia
el mundo del Espíritu, por lo que llamamos la oración, la meditación o
el tratamiento, transfiere su atención al dominio del Espíritu y así se
pone —a ese grado— bajo la ley del Bien perfecto y se libera de Karma.
Así es que el hombre puede elegir entre Karma o el Cristo. He aquí las
mejores noticias que jamás haya recibido la humanidad, y por eso se
llama alegre noticia, o buena nueva, o Evangelio, pues tal es el sentido
de esta palabra. Esta es la carta de las libertades humanas; el dominio
del ser humano, hecho a la imagen de
Dios y conforme a su semejanza, sobre todas las cosas. Pero el hombre
puede elegir. Puede permanecer en la región limitada —el plano físico y
el plano mental— y en ese caso queda estrechamente atado a la rueda del
Karma; o puede apelar, por medio de la oración y la meditación, al Reino
del Espíritu, esto es, al Cristo, y, de este modo, liberarse. Puede
elegir. Cristo o el Karma; y Cristo es el Señor del Karma.
En Oriente, donde se comprende tan bien la ley del Karma, la humanidad
no ha recibido el mensaje del Cristo; y por eso se encuentra en una
posición de falta de esperanza. Pero nosotros, así que penetremos el
espíritu del Evangelio, podemos liberamos. En otras palabras, resulta
que el Karma no es inexorable sino mientras no hacemos oración. En
cuanto oramos, comenzamos a elevamos por encima del Karma; es decir,
comenzamos a erradicar gradualmente las consecuencias desagradables de
nuestros errores pasados. Por cada falta, o tenemos que sufrir las
consecuencias —ser castigados— o tenemos que cancelarlas por medio de la
Oración Científica, por la Práctica de la Presencia de Dios. Tenemos esa
gran alternativa —Cristo o el Karma.
¿Significa eso que cualquier falta, cualquier estupidez —hasta un pecado
grave— puede expurgarse del Libro de la Vida, con todos los castigos o
sufrimientos naturalmente resultantes? Sí, significa nada menos que eso.
No hay ningún mal que pueda resistir la acción del Cristo Sanador. Dios
ama tanto a la humanidad que manifiesta su poder único por medio de
Cristo, a fin de que el que lo elige no perezca a causa de su flaqueza o
fragilidad, sino que tenga la salvación eterna.
No es necesario decir que no se debe suponer que las consecuencias de
una falta pueden evitarse a bajo precio, repitiendo una oración a la
ligera. Para borrar el castigo que de otro modo sigue al pecado no sirve
ninguna oración superficial, sino que se requiere una toma de
consciencia de Dios suficiente para cambiar radicalmente el carácter del
pecador. Cuando la oración o la sanación espiritual ha sido tan eficaz
que el pecador llega a ser otro hombre (un hombre nuevo) y ya no desea
repetir el pecado, entonces está salvado. Entonces los castigos están
redimidos, porque Cristo es Señor del Karma.
♠
Y mientras buscó al Señor, Dios le protegió.
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