El Sermón Del Monte
La Llave Para Triunfar En La Vida
Emmet Fox
Capítulo 5
Tesoro en los Cielos
- 1 Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.
- 2 Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en sus sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
- 3 Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha,
- 4
para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve en lo oculto, te premiará.
Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres: en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve en lo oculto te premiará. - 5 Y cuando oréis no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas, y en los ángulos de las plazas, para 6 ser vistos de los hombres; en verdad os digo, que ya recibieron su recompensa.
- 6 Tú, cuando ores, entra en tu cámara, y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido te recompensará.
- 7 Y orando, no seáis habladores como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar.
- 8
No os asemejéis, pues, a ellos; porque vuestro Padre conoce las cosas de las que tenéis necesidad, antes que se las pidáis.
(MATEO VI, 1-4)
La esencia de esta parte del Sermón está contenida en los versos 6 y 7,
especialmente el mandamiento que dice: "Ora a tu Padre que está en lo
secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará." La doctrina
del "Lugar Secreto" y su importancia como centro de control del Reino es
el factor esencial de lo que Jesucristo enseña.
El hombre es el soberano de un reino, aunque en la mayoría de los casos
no lo sabe. Ese reino no es otro que el mundo de su propia vida y
experiencia. El Antiguo Testamento abunda en historias de reyes y de
reinos; de reyes sabios y de reyes necios; de reyes buenos y de reyes
malos; de reyes victoriosos y de reyes vencidos; de reinos que surgen y
de su decadencia, debido a toda suerte de causas. Jesús, expresándose en
parábolas, se sirve a menudo de la misma idea y de los mismos símiles.
"Había un gran rey...", comienza Él muchas veces. Pues cada uno de estos
reyes es, en verdad, cada uno de nosotros, según los distintos aspectos
en que nuestros diversos estados del alma nos presentan. La Biblia es el
libro de cada hombre. Sobre todo es un manual de metafísica, un manual
para el desarrollo del alma, y toda ella, desde el Génesis al
Apocalipsis, se ocupa de ese desarrollo, de ese despertar del individuo.
Todos nuestros problemas se estudian en ella desde todos los ángulos
posibles, y las lecciones fundamentales de la Verdad Espiritual se
presentan de la manera más variada, para responder a todas las
condiciones, a todas las necesidades y a casi todas las disposiciones de
ánimo de la naturaleza humana. Unas veces somos un rey, otras un
pescador, un jardinero, un tejedor, un alfarero, un comerciante, un
sacerdote, un capitán o un mendigo.
En el Sermón del Monte el hombre es rey; es el soberano absoluto de su
propio reino. Y esto no es meramente una figura retórica, porque cuando
realizamos en nosotros la Verdad Espiritual, llegamos a ser,
literalmente hablando, monarcas absolutos de nuestras propias vidas.
Creamos nuestras propias condiciones y podemos destruirlas. Creamos o
destruimos nuestra propia salud; atraemos a cierta clase de personas o
circunstancias y rechazamos otras; atraemos la riqueza o la pobreza, la
serenidad o el temor, y todo según la manera como gobernamos nuestro
reino. Desde luego, el mundo ignora esto. La mayoría de los hombres
creen que lo que les pasa depende principalmente de las personas y
circunstancias que les rodean. Creen que estamos siempre expuestos a
accidentes de todas clases, a acontecimientos imprevistos que pueden
cambiar, y aun destruir todos nuestros proyectos. Pero la Verdad del Ser
es precisamente lo contrario de todo eso y, como la humanidad ha
aceptado en general la interpretación falsa, no podemos extrañamos de
que la historia esté llena de toda suerte de calamidades, sufrimientos y
errores innumerables.
El empeño por dirigir cualquier negocio basándonos en falsos principios,
sólo puede traer como consecuencia la desgracia y la confusión, así como
el persistir en razonar usando premisas erróneas —y naturalmente eso es
lo que ha sucedido—. El hombre ha sufrido porque se ha engañado acerca
de la naturaleza de la vida y de la suya propia, y es por eso que Jesús
—el Salvador del Mundo— dijo: "Conoce la Verdad, y la Verdad te hará
libre." Y por eso también pasó Él los años de su vida pública enseñando
esa Verdad, hablando de las relaciones entre Dios y el hombre, y
explicando cómo se debe vivir.
Si es verdad —como indudablemente lo es— que nuestras desgracias nacen
de nuestros pensamientos erróneos, presentes y pasados, se puede
preguntar, considerando el sublime grado de conciencia logrado por
Jesús: ¿Por qué tuvo El que enfrentarse de vez en cuando con tantas
dificultades, y, sobre todo, por qué esa terrible lucha con el miedo en
Getsemaní, y su muerte en la cruz?
La respuesta es que el caso de Jesús es del todo excepcional, porque Él
sufrió, no por algún pensamiento erróneo suyo, sino por los nuestros.
Gracias a su alto nivel de comprensión, habría podido abandonar la vida
tranquilamente, sin sufrimiento alguno, como Moisés y Elías lo hicieron
antes. Pero fue Él quien deliberadamente escogió emprender su terrible
tarea para ayudar a la humanidad; por lo cual bien merecido tiene el
título de Salvador del Mundo.
Consideremos ahora nuestro reino más detalladamente, y encontraremos que
el Palacio del Rey, las oficinas del gobierno, por decirlo así, son nada
menos que nuestra conciencia, nuestra propia mentalidad. Éste es nuestro
gabinete particular donde se tratan nuestros asuntos, que son el
torbellino de pensamientos que atraviesan continuamente nuestra mente.
Es lo que el salmista llama el "Lugar Secreto del Reino" y es secreto
porque nadie más que nosotros sabe lo que pasa en él. Es un recinto
privado bajo nuestro dominio exclusivo. Allí podemos guardar los
pensamientos que queramos; también podemos escoger unos y rechazar
otros; y en ese lugar somos soberanos. Cualquier pensamiento que
elijamos para fijarnos en él tendrá, tarde o temprano, su realización
—en cosas o en hechos— en el mundo exterior; de ahí nuestra
responsabilidad. Habiendo alimentado ciertas ideas, no tenemos poder
para cambiar sus consecuencias. Nuestra libertad consiste en la facultad
de elegir nuestros pensamientos. Si no deseamos tener ciertas
consecuencias desagradables, vale más que nos abstengamos de los
pensamientos que las engendran. Si queremos evitar que una máquina se
ponga en marcha, no abriremos la válvula; si queremos evitar que un
timbre suene, no tocaremos el botón. Por consiguiente, si realmente
entendemos lo que implica este principio fundamental, haremos bien en
ser de ahora en adelante muy cuidadosos con nuestro pensar.
Si entendemos que los pensamientos de hoy determinan los hechos de
mañana; que nuestra salud y nuestros negocios —es decir, todo lo que nos
importa— dependen de lo que pasa en la conciencia, selec-cionaremos
nuestros pensamientos (nuestro alimento espiritual) con el mismo cuidado
con que escogemos siniestro alimento físico. No olvidemos nunca que la
idea que hoy se fija en la mente, va a traducirse mañana en un hecho
correspondiente, no necesariamente idéntico a nuestro pensamiento, pero
siempre de la misma naturaleza. Por ejemplo, si pensamos mucho en las
enfermedades, estamos minando nuestra salud; si pensamos mucho en la
pobreza y la depresión en el mundo de los negocios, estamos
arriesgándonos a atraer a nuestra propia vida la pobreza; y si pensamos
en las desgracias, las discordias y los actos deshonrosos, estamos
atrayéndonos estos males. Lo que realmente ocurre, consecuencia lógica
de nuestras reflexiones, es rara vez la reproducción exacta de una
sucesión de pensamientos en particular. Es más bien el resultado de la
acción combinada de esa sucesión de pensamientos y nuestra actitud
mental general.
El pensar en la enfermedad sólo es uno de los dos factores que la
producen, y generalmente es el menos importante. El otro factor, más
importante, es alimentar emociones negativas o destructivas, hecho que,
al parecer, es muy poco comprendido, incluso por los estudiantes de
metafísica. Sin embargo, es tan importante que nunca se insistirá
demasiado en el hecho de que la mayoría de las enfermedades son
producidas por emociones destructivas. Nunca se repetirá lo bastante que
la ira, el resentimiento, los celos, el rencor, etc., son perjudiciales
para la salud, y muy aptos para dañarla seriamente. La cuestión no
estriba en si tales sentimientos pueden o no justificarse Ello no tiene
nada que ver con los resultados, ya que se trata de las consecuencias de
una ley natural.
Supongamos que alguien dice: "Tengo derecho a enfadarme" afirmando así
que ha sido víctima de un trato injusto y que, por lo tanto, posee como
un permiso especial para alimentar sentimientos de ira sin que su cuerpo
reciba las consecuencias naturales. Esto es, por supuesto, absurdo. No
hay nadie que pueda conceder tal permiso, y si ello pudiera ser
—admitiendo que en circunstancias especiales una ley general pudiera
echarse a un lado— tendríamos entonces, no un universo, sino un caos. Si
oprimimos el botón, sea con una intención buena o mala, bien para
salvarle la vida a un hombre o bien para quitársela, el timbre eléctrico
sonará, porque tal es la ley de la electricidad. Si inadvertidamente
bebemos un veneno letal, moriremos o, por lo menos, nuestro cuerpo
sufrirá daños, porque tal es la ley. Aun cuando creamos beber un líquido
inofensivo, no se cambiará el resultado de nuestro acto, porque la ley
no hace caso de la intención. Por la misma razón, el permitirse guardar
emociones negativas es una invitación a la desgracia —primero, a las que
atañen a nuestra salud física, y después, toda clase de molestias, aun
cuando estimemos que estas emociones negativas están enteramente
justificadas.
Una vez encontré un viejo sermón pronunciado en Londres durante la
Revolución francesa. El autor, (fue tenía una visión extremadamente
superficial del Evangelio decía, refiriéndose al Sermón del Monte:
"Naturalmente, es justificable odiar a ese archi-carnicero Robespierre y
execrar al asesino de Bristol". Esta sentencia ilustra perfectamente la
falacia que hemos estado considerando. Alentar el odio es atraerse ipso
facto desagradables consecuencias y, en cuanto a nosotros se refiere, no
importa el nombre al que vaya vinculada la emoción: "Robespierre o
Fulano, o Zutano, o Mengano. La cuestión de si Robespierre era, en
efecto, un ángel de la luz o de las tinieblas no tiene nada que ver con
lo que nos ocupa. Permitir que la emoción del odio nos domine —aun
cuando creamos que la persona en cuestión bien lo merece— equivale
infaliblemente a atraer la desgracia sobre nosotros, en proporción a la
intensidad de la emoción y al tiempo que se haya dedicado a ella. Ningún
estudioso de la Biblia considerará jamás que el odio o la execración
puedan justificarse en circunstancia alguna; pero sea cual fuere nuestra
opinión personal al respecto, las consecuencias prácticas son las
mismas. Pensar otra cosa sería tan tonto como el beber dos tragos de
ácido prúsico. Sabemos perfectamente las consecuencias del veneno.
Es muy significativo el hecho de que Jesús haya llamado a nuestra
conciencia el "Lugar Secreto". Él desea, como siempre, imprimir en
nosotros la verdad de que lo interior es la causa de lo exterior, y no
es éste lo que determina las condiciones de aquél. Ni puede nunca un
hecho exterior ser la causa de otro hecho exterior. Causa y efecto
actúan de dentro hacia fuera. Esta ley absoluta es fácil de comprender
en teoría, una vez que se ha enunciado claramente; sin embargo, en el
torbellino de la vida diaria, es muy difícil no perderla de vista.
Estamos constituidos de tal manera que nuestra atención sólo puede
concentrarse en una sola cosa a un tiempo, y cuando no estamos
deliberadamente atendiendo a la observancia de esta ley, cuando el
interés de lo que hacemos o decimos monopoliza nuestra atención, es
evidente que nuestros hábitos ya formados van a determinar la índole de
nuestros pensamientos. Olvidamos constantemente la obediencia a esa ley
absoluta en la práctica, hasta que no nos hayamos ejercitado en su
cumplimiento con el más riguroso cuidado. Mientras tanto, siempre que
dejemos de cumplirla, aunque fuere por causa de olvido, estaremos
expuestos a sufrir el castigo.
De ahí se desprende que nada merece la pena ni tiene verdadero valor, a
menos que signifique un cambio de orientación en el Lugar Secreto.
Pensad rectamente, y tarde o temprano todo cambiará alrededor en favor
vuestro. Pero si nos conformamos con un cambio meramente externo sin
cambiar también nuestros pensamientos y sentimientos, no solamente
malgastaremos nuestro tiempo, sino que podemos adormecemos con facilidad
en un falso sentido de seguridad y, sin damos cuenta, caer en el pecado
de la hipocresía.
Desde tiempo inmemorial la humanidad ha mantenido la insensata ilusión
de que los hechos exteriores, tan fáciles de captar, pueden sustituir a
un cambio interior de pensamientos y emociones, lo cual es de por sí tan
difícil. Es muy fácil comprar y llevar vestidos ceremoniales, repetir a
ciertas horas rezos aprendidos de memoria, practicar devociones
estereotipadas, asistir a servicios religiosos en períodos determinados
y, sin embargo, dejar sin cambio alguno el corazón. Para atar la
fílacteria necesitaban los fariseos solamente un momento; pero la
limpieza del corazón requiere años de oración diligente y de disciplina
mental.
Hace unos años decía un cuáquero eminente: "En mi juventud nosotros
abandonamos el vestido distintivo de los cuáqueros y algunas otras
costumbres. Nos dimos cuenta de que personas que no cuidaban de seguir
nuestros ideales cuáqueros, se unían a nosotros con el fin de dar a sus
hijos una educación a bajo costo y otras ventajas. Les era fácil
declararse miembros de nuestra Sociedad de Amigos, comprar y llevar un
abrigo sin botones ni cuello e intercalar en la conversación algunas
particularidades gramaticales, mientras no obraban cambio alguno en su
carácter."
Los cuáqueros no son los únicos que han tenido que hacer frente a este
problema. Este peligro fue también la roca contra la cual se estrelló el
puritanismo. Los puritanos llegaron al final a insistir en un
cumplimiento exterior con toda clase de prácticas que no eran esenciales
y castigaban severamente toda infracción de este código estricto.
Regulaban los detalles más nimios de la vida. Cierta manera de hablar,
de vestirse, de andar; el poner a los niños nombres pomposos tomados del
Antiguo Testamento llegó a significar para ellos un pasaporte a la
promoción en la vida civil, comercial o eclesiástica, como si la
observancia de tales futilidades pudiese tener en sí misma el menor
valor espiritual, y no condujese en realidad al autoengaño propio y a la
hipocresía flagrante. Es incuestionable que la espiritualización del
pensamiento conduce, en la práctica, a simplificar la vida de quien se
aplica a ello, porque muchas cosas que antes parecían de gran
importancia resultan luego carentes de valor e interés. Asimismo, es
indudable que tal persona comprobará gradualmente cómo va conociendo a
gente distinta, leyendo libros distintos y empleando su tiempo de manera
distinta; y también, como es natural, que su conversación experimenta un
notable cambio de calidad. "Las cosas viejas pasaron; he aquí que yo
hago nuevas todas las cosas." Estas cosas siguen a un cambio de corazón;
jamás lo preceden.
Esto nos demuestra cuán vano es el intento de adquirir popularidad, o
cultivar la buena opinión de otros, pensando que de tales cosas puede
derivarse alguna ventaja. Los que escuchaban a Jesús en el Monte habían
visto a los más indignos de los fariseos llevar a cabo buenas obras de
la manera más ostensible, para ganar entre los hombres la reputación de
ser ortodoxos y santos, y también, probablemente, porque tenían la
impresión confusa de que así servían a sus intereses espirituales. Jesús
analizó y denunció este error. Él nos dice que la aprobación que reciben
los actos exteriores es su única recompensa, pero que aquellos cumplidos
en el silencio del Lugar Secreto son los que alcanzan verdaderamente la
aprobación divina.
Jesús también pone aquí énfasis en la necesidad de que las oraciones
tengan vida. La mera repetición de frases aprendidas, tal como hacen los
loros, carece por completo de valor. Cuando estemos en oración debemos
proponemos "sentir" la inspiración divina, poniéndonos en actitud
receptiva (no negativa) hacia Dios. No es malo repetir constantemente
una frase; esto ayuda, aunque no se comprenda mucho su sentido
espiritual, con tal de que la repetición no se tome un acto puramente
maquinal. Jesús mismo repitió tres veces las mismas palabras en los
instantes de su agonía en el Huerto de los Olivos. Si alguna vez
acontece que nuestro espíritu se embota mientras oramos, es mejor que
nos detengamos, nos ocupemos en otra cosa durante algún tiempo, y
volvamos después a orar con el espíritu vivificado.
Lo que es bueno ya existe eternamente por la Omnipresencia de Dios; no
tenemos que crearlo. No obstante, hemos de ponerlo de manifiesto por
medio de nuestra concepción personal de la Verdad. Este texto no
significa que nos abstengamos de pedir por nuestras necesidades y
problemas particulares. Ni tampoco, como lo creen algunos, que no
debamos buscar más allá de la armonía general. De hacerlo así, los
resultados de nuestro orar se distribuirán por igual en cada aspecto de
nuestra vida, y la mejora en cada detalle particular puede ser tan
pequeña que no merezca ser tenida en consideración. La actitud correcta
es concentrar nuestro pensamiento en aquello que queremos ver realizado
en el momento.
Es verdad que no debemos orar por cosas materiales en sí; pero cuando
tengamos una necesidad, ya sea de dinero, pongamos por caso, o de
empleo, o de una casa, o de un amigo, nos consideraremos a nosotros
mismos, es decir, a nuestra alma en relación con aquella necesidad.
Cuando hayamos orado lo suficiente como para llegar a una comprensión
espiritual sobre aquel punto, la cosa necesitada aparecerá como una
prueba de que nuestra parte se ha realizado. Llenemos el vacío de
nuestros anhelos con el sentido del Amor de Dios, y las cosas que
necesitemos aparecerán en nuestra vida como por encanto. Cuando hagamos
nuestras oraciones, no tengamos temor de ser demasiado definidos,
precisos y prácticos. El mismo Jesús era así. Nadie huyó más de la
vaguedad o de lo indefinido que El.
Así, pues, habéis de orar:
- Padre nuestro que estás en los cielos,
- santificado sea tu nombre.
- venga tu reino,
- hágase tu voluntad,
- así en la tierra como en el cielo.
- Danos hoy nuestro pan de cada día.
- Y perdónanos nuestras deudas,
- así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
- Y no nos dejes caer en la tentación,
- mas líbranos del mal:
- porque tuyo es el reino,
- y el poder,
- y la gloria, por todos los siglos.
- Amén.
Porque si vosotros perdonáis a otros sus ofensas, también os perdonará a
vosotros vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas.
(MATEO VI, 9-15)
Ésta, la más grande de todas las oraciones, llamada comúnmente el Padre
Nuestro, es en efecto un resumen magnífico de toda la enseñanza de
Jesucristo. Se trata de un resumen que por lo breve y completo no tiene
igual. Es nada menos que un esquema acabado de la metafísica cristiana.
En estos versos Jesús define la naturaleza de Dios y del hombre, y
explica su interdependencia; nos dice lo que el universo es realmente, y
proporciona un método de rápida evolución espiritual para quienes lo
usen cada día de manera inteligente.
Notemos particularmente cuánto insiste Jesús en la necesidad de perdonar
y ser perdonados, si en verdad queremos alcanzar algún progreso en los
dominios del espíritu.
Y cuando ayunéis, no aparezcáis tristes, como los hipócritas, que
demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os
digo que ya tienen su recompensa.
Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, para que no vean los
hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre,
que ve en lo secreto, te recompensará.
(Mateo VI, 16-18)
El ayuno era una costumbre general de aquel tiempo, y Jesús lo da por
sentado.
El ayuno, como lo interpretan hoy en día los que tratan de llevar a la
práctica científicamente la vida cristiana, consiste en abstenerse de
ciertos pensamientos, sobre todo, de los pensamientos negativos o malos;
pero en algunos casos es necesario, si deseamos tener resultados
positivos, abstenemos de pensar por algún tiempo en la dificultad
particular que nos inquieta. Hay ciertos problemas, casi siempre los que
hemos repasado muchas veces en nuestra mente, que no se resuelven sino
"sólo por medio de la plegaria y del ayuno". En tal caso es preferible
afrontar la cuestión definidamente y después abandonarla por algún
tiempo, o también, confiarla a otra persona que la considere en su justa
medida mientras nosotros nos fijamos en otras cosas.
El ayuno físico resulta a veces eficaz para solucionar un problema,
especialmente en el caso de lo que llamamos dificultades crónicas, pero
debe ir acompañado de un tratamiento espiritual. Esto se debe al alto
grado de concentración que puede lograrse durante la abstinencia.
Notemos que el versículo 18 es sustancialmente una repetición del 6.
Cuando la Biblia repite algo de esta manera, es una indicación evidente
de que se trata de un punto de importancia primordial.
No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los
corroen y donde los ladrones horadan y roban.
Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los
corroen, y donde los ladrones no horadan ni roban. Donde está tu tesoro,
allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo: sí, pues, tu ojo estuviere sano, todo
tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo estuviese enfermo, todo tu
cuerpo será tenebroso, pues si la luz que hay en ti es tinieblas ¡qué
tales serán las tinieblas!
(MATEO V, 19-23)
Habiéndose extendido acerca de la naturaleza del Lugar Secreto, y
habiéndonos dado la Oración Modelo, o Realización Divina como la Llave
de la Vida, Jesús sigue llamando la atención sobre ciertas consecuencias
que seguirán, a fin de mostramos que debemos conformar lo antes posible
nuestra existencia a este principio fundamental. Por ejemplo, una vez
que comprendamos que todo lo existente en el plano material no es más
que la exteriorización de nuestros pensamientos, podemos hacemos cargo
de lo necio que resulta acumular o tratar de acumular riquezas o bienes
materiales de cualquier clase. Si nuestra conciencia está en rectitud,
esto es, si comprendemos que Dios es Amor, que es la fuente dispensadora
de todo bien, siempre estaremos en aptitud de lograr todo aquello que
necesitemos, bien sea dinero o cualquier otra cosa, dondequiera que
estemos y en cualquier circunstancia que nos encontremos. Nada nos
llegará a hacer falta cuando comprendamos que para el Espíritu Divino
demandar y obtener son la misma cosa. A la inversa, mientras no
comprendamos esto, siempre estaremos expuestos a la pobreza o a
cualquier necesidad. Podemos, ciertamente, llegar a poseer grandes
caudales de riqueza, acciones, bonos, casas, tierras pero, a menos que
tengamos una comprensión espiritual de la propiedad, estos tesoros,
tarde o temprano, adquirirán alas, y volarán. En verdad, no hay otro
camino para alcanzar seguridad que el de la comprensión espiritual.
Los bancos más seguros hacen bancarrota; la Bolsa está expuesta a
catástrofes imprevistas; las minas y los pozos de petróleo pueden ser
destruidos por un cataclismo natural; una nueva invención puede arruinar
a una vieja; el abrir o cerrar una estación de ferrocarril o el iniciar
una nueva empresa en otro lugar puede comprometer el valor de nuestras
tierras, sin hablar del efecto que sobre toda clase de propiedad causan
los trastornos inesperados que se producen en el mundo político. En
pocas palabras, es malgastar el tiempo dirigir demasiado nuestro interés
hacia la acumulación de bienes materiales, que son vulnerables a los
cambios y venturas.
Si dedicásemos a la meditación y a la Oración Científica una pequeña
parte del tiempo y de la atención que empleamos en perseguir los bienes
del mundo, el cambio de conciencia resultante nos pondría a salvo de la
pobreza y la adversidad.
Si tuviésemos suficiente comprensión espiritual de las leyes que rigen
el aprovisionamiento de cada uno, es probable que nuestras inversiones
no fracasarían; y en caso de que salieran mal, las pérdidas se
sustituirían inmediatamente, antes de que sufriésemos por ellas. En todo
caso, el que tiene su mente puesta en un sentido de prosperidad, no
puede empobrecerse; ni puede alcanzar bienestar material el que mantiene
en la mente la idea de la pobreza.
A la larga, nadie puede conservar lo que no le pertenece por derecho de
conciencia; ni tampoco puede perderlo aquél que lo tiene por el mismo
derecho.
Por lo tanto, haremos bien en no fundar nuestra paz sobre tesoros
terrenales, sino más bien sobre riquezas en los cielos, lo cual es la
comprensión de la Ley Espiritual. Si concentramos nuestra felicidad en
las cosas materiales, transitorias y mudables, no es a Dios a quien
ponemos en el primer lugar de prioridad. Si El ocupa el primer plano de
nuestra vida, nada nos causará inquietud ni ansiedad.
Ahondando con más detalle en el mismo tema, Jesús nos dice que aquellos
que establecen su vida sobre esta nueva base estarán libres de las
pequeñas inquietudes y afanes del vivir diario, que continúan
incomodando a los demás. Cuestiones de dieta, por ejemplo, se arreglarán
por sí solas si pensamos correctamente. El que ha orientado su vida por
este nuevo rumbo no tiene que preocuparse por todo lo que come,
convirtiendo así la función del comer en una carga penosa. Come natural
y espontáneamente el alimento ordinario que se presenta, sabiendo que la
buena dirección de sus pensamientos habituales hará asimilable lo que
come. Si realiza las oraciones de cada día con sabiduría y dirección
comerá menos, es decir, la cantidad de alimento naturalmente requerida.
El mismo principio es aplicable a todos los detalles de la vida
cotidiana. Si oramos cada día de manera conveniente, encontraremos que
las cosas secundarias de la vida se arreglan por sí mismas, sin
necesidad de esfuerzo alguno por nuestra parte. Fijémonos en el
contraste entre esto y el método usual de ordenar las cosas por
separado, es decir, organizando mil y un detalles pequeños, y
apreciaremos cuán maravillosamente nos libera la nueva base espiritual.
Si, pues, tu ojo estuviese sano, todo tu cuerpo estará luminoso. He aquí
la expresión absoluta de la Verdad. En efecto, si el ojo está sano, todo
el cuerpo de la experiencia estará lleno de luz.
El ojo simboliza la percepción espiritual. Aquello en que ponemos
nuestra atención, es la cosa que gobierna nuestra vida. La atención es
de importancia capital. Nuestro libre albedrío reside en la orientación
de nuestra atención. Aquello que capta nuestra atención con insistencia
entrará en nuestra vida para dominarla. Si no nos fijamos en ninguna
cosa en particular —y esto ocurre muy a menudo— entonces nada en
particular nos acontecerá en la vida excepto la duda y la incertidumbre;
iremos vagando a la ventura. Si nos fijamos en el mundo exterior, el
cual por su naturaleza es variable y está sujeto a cambios,
infaliblemente tendremos que sufrir la infelicidad, la pobreza y una
salud deficiente. Por otra parte, si dirigimos nuestra atención hacia
Dios, si la cosa que más nos importa es Su Gloria y la norma de nuestra
vida es expresar Su voluntad, entonces nuestro ojo será sano, y nuestro
cuerpo y nuestra existencia toda serán luminosos.
Nadie puede servir a dos señores; pues, o bien aborreciendo al uno amará
al otro, o bien adhiriéndose al uno menospreciará al otro. No podéis
servir a Dios y a las riquezas.
Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de
comer o de beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir.
¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
Mirad como las aves del cielo no siembran, ni siegan ni encierran en
graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros
más que ellas?
¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un
solo codo?
Y del vestido ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo,
cómo crecen; no se fatigan ni hilan.
Pues yo os digo, que ni Salomón en toda su gloria vistió como uno de
ellos.
Pues si la hierba del campo que hoy es, y mañana es arrojada al homo.
Dios la viste así, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?
No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con
qué nos vestiremos?
Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre
celestial que de todo eso tenéis necesidad.
Buscad, pues primero el Reino y su justicia, y todo eso se os dará por
añadidura.
(MATEO VI, 25-34)
Muchos cristianos aceptan estos hechos en teoría, pero se manifiestan
indiferentes cuando es cuestión de ponerlos en práctica, y esta
vacilación los mete siempre en un sinnúmero de dificultades, nacidas de
su flaqueza e inconsecuencia. En general, los materialistas son más
felices, porque por lo menos viven según sus conocimientos y se
conforman con lo que comprenden. Tratar de apoyarse en un principio
ahora y en otro luego es servir a dos señores, y esto es imposible. No
podéis servir a Dios y a las riquezas.
El hombre es esencialmente espiritual, y ha sido creado a la imagen y
semejanza de Dios. En consecuencia, está hecho para vivir felizmente en
el plano espiritual, y no puede realmente tener éxito en ningún otro.
Las
aves del cielo y los lirios del campo le ofrecen al hombre una
sorprendente lección por su completa adaptación a las leyes de sus
planos respectivos. Expresan verdaderamente su propia y auténtica
naturaleza, van a través de la vida siendo a la perfección ellos mismos;
y no conocen nada que se le parezca a la inquietud y la ansiedad que
destruyen tantas vidas humanas. Los lirios de los que aquí se habla son
las magníficas amapolas silvestres del Oriente, y quienquiera que haya
visto un campo de estas flores meciéndose y balanceándose a la brisa,
apreciará el sentido de reposo y libertad de espíritu, y gozo que según
Jesús pertenece a la humanidad por derecho de nacimiento.
Por supuesto. Él no quiere decir que los seres humanos, que están en un
plano biológico infinitamente más elevado, deban imitar al pie de la
letra las vidas o los métodos de los pájaros o de las flores. La lección
que tenemos que aprender es que nosotros debemos adaptamos a nuestro
propio elemento, de la misma manera que ellos lo hacen con el suyo. Y
nuestro verdadero elemento, es la Presencia de Dios.
San Agustín dijo: "Tú nos has creado para ti mismo, y nuestros corazones
están inquietos hasta que no reposan en ti" Cuando el hombre llegue a
aceptar que la Verdad se encuentra en Dios tan completa e indudablemente
como las flores y los pájaros aceptan la verdad de su propia condición,
demostrará en sí la abundancia y la armonía divinas tan perfectamente
como lo hacen estas otras criaturas de Dios.
Si alguien fuere lo bastante necio para interpretar estos símiles de
forma literal en vez de espiritualmente, y se acostase en un campo de
amapolas esperando a que Dios hiciese un milagro dramático en su favor,
muy pronto se daría cuenta de que ése no es el camino. Poseyendo
facultades infinitamente superiores a las de los animales y las plantas,
el hombre imitará en verdad su sabiduría y su gloria siendo activo en su
propia esfera, la de la oración y meditación. La Base Espiritual no es
un sinónimo de laissez faire; significa actividad intensa, pero en el
plano espiritual, que es bien distinto del material. Ésta es la única
forma por medio de la cual uno puede buscar el Reino de los Cielos;
después de lo cual todas las cosas necesarias vendrán como una
consecuencia.
Si nos sentimos muy desanimados y desconcertados, ha llegado el momento
de echamos mentalmente entre las amapolas, leer la Biblia y orar con
serenidad, pero con perseverancia, hasta que algo suceda, o bien dentro
o bien fuera de nosotros. Y esto no es laissez faire porque la oración
es acción. Una vez, en Londres, conocí a una señora cuyos asuntos se
enredaron tan desesperadamente que parecía destinada inexorablemente a
la más completa ruina. La animé a que abandonase mentalmente toda su
carga y, sin temor a las consecuencias inmediatas, pasase dos o tres
días buscando en la Biblia una inspiración y pidiendo en oración la paz
y la felicidad. Al cabo de una semana, sin que hubiese realizado acción
material alguna, todo quedó aclarado como por arte de magia.
La manera normal de ganarse la vida es tener una profesión o desempeñar
una ocupación que resulte útil y agradable. Se trata de hacer
conscientemente la tarea y recibir a cambio una remuneración
satisfactoria. La Oración Científica colocará a cada uno en tal
posición, si no la tiene aún, y entonces, si ora cada día como conviene,
dándose cuenta de la verdadera situación y pidiendo la oportunidad de
servir, cualquiera que sea su actual posición irá mejorando a medida que
pasa el tiempo. Pero tendrá que orar diariamente como conviene. No es
necesario trabajar o ejercer una profesión fuera de casa. La mujer que
lleva a cabo sus deberes en el hogar es un miembro de la comunidad tan
útil como cualquier otro; y muchas personas que no tienen necesidad de
preocuparse por el dinero debido a sus ingresos personales, prestan
grandes servicios a la humanidad cultivando las artes o la literatura y
fomentando las investigaciones científicas. Lo cierto es que nadie cuya
vida repose en la Base Espiritual vivirá inactivamente, por grande que
sea su riqueza.
De vez en cuando se oyen casos de ciertas personas que se creen tan
espirituales que no necesitan ganarse la vida. Otra persona —algún
pariente o un amigo— que trabaja, porque no es demasiado espiritual,
suele mantenerlos en la ociosidad. Pero esa actitud mental habla por sí
misma. Si la comprensión que una persona tiene de la metafísica resulta
suficiente para permitirle pasar sin el trabajo ordinario, se encontrará
automáticamente provista de lo necesario, permaneciendo independiente y
digna de respeto. Y esto no puede en manera alguna aplicarse a los
deudores o a los que viven a costa de otros. Si queremos experimentar
apoyándonos en el poder de la Palabra, bien; pero estemos seguros de
hacerlo con una sinceridad absoluta. El único modo de llevar a cabo este
experimento de manera genuina es dejar que sea una demostración de fe.
De lo contrario, tendremos que atenemos a consecuencias extremas. Si
contamos secretamente con alguien que puede ayudamos, no estaremos
confiando en la Palabra Divina. Todo adepto de la Ciencia Espiritual
puede esperar una prosperidad razonable que le permita vivir
confortablemente y con seguridad. Mientras tanto no podamos probar esa
Verdad sólo por el poder de la Palabra Divina, debemos continuar
practicando el tratamiento espiritual que nos llevará a alcanzar una
posición adecuada en la que desenvolvemos con éxito.
Jesús nos dice en este pasaje que todos nuestros esfuerzos de voluntad
serán insuficientes para aumentar un codo a nuestra estatura. Ésta es
otra manera de expresar la verdad que Él presenta de tantos modos
diferentes, esto es, que debemos volver a nacer espiritualmente. En
tanto permanezcamos como estamos, no podremos, pese a todo esfuerzo,
lograr cambio alguno, ni en nosotros mismos, ni fuera de nosotros.
Siempre hacemos lo que somos. Nuestra vida exterior se corresponde
siempre con la interior. No podremos lograr ningún progreso si no
nacemos de nuevo, esto es, si no llevamos a efecto una toma de
conciencia de la Presencia de Dios.
No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá
sus propias inquietudes;
bástale a cada día su afán.
(MATEO VI, 34)
En la Oración Científica empleamos generalmente el tiempo presente. Todo
el principio de la Oración Científica consiste en corregir y orientar la
conciencia, y eso tiene que hacerse en el presente. Así, cuando se nos
presente un problema referente al futuro, por ejemplo, un examen que
tendremos dentro de seis meses, o un viaje desagradable que tenemos que
realizar la semana siguiente, es ahora cuando conviene orar. No
esperemos hasta el último momento. Trabajemos mentalmente ahora; esto
es, trabajemos ahora en nuestra conciencia sobre el asunto, en el
presente. No proyectemos nuestro tratamiento espiritual hacia el futuro,
porque de esa forma no se obtendrán los resultados esperados. El hecho,
sin duda, concierne al porvenir, pero el acto de pensar en él ahora
significa que ya está en nuestra conciencia; y por tratarse de un
pensamiento actual, puede y debe ser tratado en tiempo presente. De la
misma manera podemos obrar respecto a los hechos pasados, y debemos
hacerlo si aún nos inquietan, tratándolos como si fueran presentes,
porque hoy es cuando persiste el pensamiento en nosotros. Tratemos todos
los hechos, pasados y futuros, como si ocurriesen en el momento
presente. No olvidemos que Dios está fuera de lo que llamamos tiempo y
que, en consecuencia, la acción benéfica de Su Santa Presencia es
igualmente eficaz —ayer, hoy y mañana.
Recordemos que los únicos pensamientos que importan son los de hoy. Los
pensamientos de ayer o del año pasado ya no nos interesan, porque si
nuestros pensamientos de hoy son justos, todo se encontrará rectificado
en este mismo momento. La mejor manera de prepararse para el mañana es
hacer serenos y armoniosos los pensamientos de hoy. Todos los demás
bienes vendrán en consecuencia.
Sería inútil profundizar en nuestra mente para buscar obstáculos que
pudiésemos erradicar. Tratemos fiel-mente los errores que nos llaman la
atención y nos estaremos ocupando de todo lo que está escondido.
En el mismo espíritu, el Cristianismo Científico nos disuade de conceder
demasiada atención a otro plano o a las condiciones de la vida después
de la muerte. Tales preocupaciones no suelen ser sino una evasión de las
realidades de esta vida y los problemas cotidianos que deben afrontarse
y resolverse aquí y no evadirlos o, lo que es lo mismo, diferirlos en
nuestro pensamiento.
Tenemos que hacer hincapié en la Vida, y no en la muerte, y centramos en
hacer nuestra demostración aquí y ahora.
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Y mientras buscó al Señor, Dios le protegió.
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