El Sermón Del Monte
La Llave Para Triunfar En La Vida
Emmet Fox
Capítulo 4
No resistáis al mal
- 27 Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo, y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.
- 28 Y si tu mano derecha te escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca, que no que todo el cuerpo sea arrojado a la gehenna.
(MATEO, V 27-31)
La integridad del alma es la única cosa que importa. No hay otro problema
que resolver ni otra necesidad que satisfacer sino ésa, porque teniéndola,
se tiene todo. Y es por eso que Jesús se esfuerza constantemente en hacemos
comprender la abrumadora importancia de esta verdad profunda, y en enseñarnos
cómo podemos realizarla.
Él insiste en que ningún sacrificio es demasiado
grande si asegura la integridad del alma. Absolutamente toda cosa que la
impide debe abandonarse. Cueste lo que cueste, implique lo que implique,
hay que preservar la integridad del alma, porque todas las demás cosas —los
pensamientos, la conducta, la salud, la prosperidad, la vida misma— dependen
de ella. Mejor es sacrificar el mismo ojo derecho, dice El, o amputar la
mano derecha si fuera necesario, para que el alma pueda conseguir la claridad
de comprensión, sin la cual no hay salvación alguna.
Todo lo que se oponga a nuestra comunión con Dios debe desaparecer —un pecado,
un viejo rencor todavía sin perdón, la codicia de cosas materiales, cualquier
cosa que sea, es necesario deshacerse de ella—.
Tales cosas, sin embargo,
son tan evidentes, que el transgresor no puede menos que descubrirlas. Pero
hay otras, en cambio, más sutiles, como el egocentrismo, el sentimos rectos
según nuestra propia estimación, el orgullo espiritual, y demás, que son
muy difíciles de percibir y exorcizar; pero hay que hacerlo. Algunas veces
ocurre que el ejercicio de cierta profesión, o la compañía de ciertas personas,
o el ser miembro de cierto grupo es lo que nos impide el camino. En ese
caso tampoco debemos vacilar: hay que pagar el precio.
También se ha dicho dicho: El que repudiare a su mujer, déle libelo de repudio.
Pero yo os digo que quien repudie a su mujer —excepto el caso de fornicación—
la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
(MATEO, V 31-32)
En el tiempo en que Jesús enseñó, la ley hebraica concedía el divorcio por
razones insignificantes. Los casados que no vivían armoniosamente estaban
dispuestos a huir del problema obteniendo una disolución y probando fortuna
con otra persona. Pero ninguna felicidad permanente puede ser obtenida de
este modo. Mientras huyamos de un problema lo continuaremos encontrando
bajo una nueva apariencia a cada vuelta del camino. La solución científica
es hacer frente a la dificultad allí donde aparece, mediante la acción espiritual
o la Oración Científica. Esto se aplica a los problemas matrimoniales tanto
como a los otros, si no más aún. Como nadie es perfecto, y tanto el querellante
como el delincuente tienen cada uno sus faltas, ambos deberían esforzarse,
si es posible, para restablecer la armonía. Si el que se cree ofendido hace
cuanto sea posible para ver en el otro la Verdad Espiritual, es casi seguro
que resultará una solución feliz.
Yo podría citar varios ejemplos. Una mujer que había adoptado esa actitud
mental hacia su marido, dijo después de algunos meses: "El hombre del que
me iba a divorciar ha desaparecido; y el hombre con el que me casé ha vuelto.
Ahora volvemos a ser completamente felices."
Si una persona cambia de una vocación a otra, o de un modo de vida a otro
sin efectuar un cambio en sí misma, cada vez se encontrará más o menos en
las mismas condiciones. De la misma manera, los que se divorcian fácilmente
volviendo a casarse de nuevo, acaban siempre tan descontentos como empezaron.
Los problemas matrimoniales, como cualquier otra clase de dificultades,
deben resolverse cuando se presentan por medio de la Oración Científica.
Sin embargo, lo que un hombre o una mujer pueden soportar en el matrimonio
tiene su límite, y en casos excepcionales la disolución es el mal menor;
pero sólo debe recurrirse a ésta en último extremo. Sabemos que Jesús se
abstuvo siempre de formular reglas a cal y canto para los detalles de nuestra
conducta, persuadido de que, si obedecemos sus principios, nuestros actos
se producirán en consecuencia; y podemos estar seguros de que con su manera
eminen-temente realista y práctica de afrontar los problemas humanos. Él
habría encontrado en cada caso particular la solución sabia y misericordiosa.
Fue así como, a pesar de las Escrituras, Él perdonó a la mujer adúltera
y la despidió en paz, no obstante que, según la Ley de Moisés todavía vigente
en aquel tiempo, ella debería haber sido apedreada. Todos aquellos que estén
en duda acerca de cómo actuar en una situación como ésta, cualesquiera que
fueren las circunstancias, tienen a mano un sencillo recurso —la Oración
Científica—. Deberán afirmar mentalmente que la Sabiduría Divina los está
iluminando y dirigiendo en sus acciones, y evitar los pasos definitivos
hasta haber encontrado en la propia conciencia la guía precisa.
Esta misma regla sirve para todas las situaciones de la vida. No acudamos
precipitadamente al divorcio, o tratemos enseguida de amputar lo malo; dejemos
más bien que la dificultad vaya disolviéndose hasta que desaparezca por
completo en nuestra acción espiritual. Así lo hizo la mujer que dijo que
el hombre con quien se casó había vuelto; y consideró que su demostración
era perfecta.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás; antes cumplirás
al Señor tus juramentos.
Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera: ni por el cielo, porque es
el trono de Dios; Ni por la tierra, pues es el escabel de sus pies; ni por
Jerusalén, pues es la ciudad del gran Rey.
Ni por tu cabeza jurarás tampoco, porque no está en ti volver uno de tus
cabellos blanco o negro.
Sea vuestra palabra: Sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede.
MATEO, V 23-27)
No juréis, es uno de los puntos cardinales que Jesús enseña. Quiere decir,
brevemente, que no debemos hacer votos, que no debemos hipotecar el futuro
de antemano. No prometer hacer o dejar de hacer algo mañana, o el año próximo,
o de hoy en treinta años. Es insensato disponer hoy nuestra conducta o nuestras
creencias de mañana. Es parte vital de la enseñanza de Jesús esta obligación
de buscar constantemente la inspiración directa de Dios, y mantenemos siempre
listos para permitir al Espíritu Santo manifestarse por medio de nosotros.
Pues, si decidimos de antemano lo que vamos a hacer, o a creer, o a pensar
mañana, o el año que viene o el resto de la vida, y en especial si tomamos
esta decisión irrevocable por el acto solemne de un voto, ya no estamos
accesibles a la acción del Paracleto, sino que por este acto le cerramos
la puerta. Si queremos dejamos guiar por la Sabiduría Divina, es absolutamente
necesario que mantengamos abierta la mente, porque muy a menudo ocurre que
la actitud sabia no concuerda con nuestras opiniones personales o sentimientos
del momento. Si por un voto o una promesa hemos comprometido nuestra alma,
nuestra libertad se ha perdido; y si no somos libres, la acción del Espíritu
Divino no puede efectuarse. Éste es, en efecto, ni más ni menos que el pecado
contra el Espíritu Santo del que habla la Biblia; pecado que ha asombrado
tanto a los corazones sensibles, y del cual existe un falso concepto general.
¿Cuál es ese pecado contra el Espíritu? Tal pecado consiste en toda acción
que impida en nosotros la obra del Espíritu Santo; todo aquello que intercepte
la acción vivificante y siempre renovadora de Dios, porque ese hecho es
la vida espiritual misma. El castigo de este error es el estancamiento espiritual,
y puesto que el único remedio, en este caso, es buscar la acción directa
del Espíritu Santo y nuestro error consiste precisamente en impedir esa
acción, la condición resultante de ello es un lamentable círculo vicioso.
Es evidente que las cosas no pueden cambiar mientras persistamos en nuestra
equivocación. De ahí que, en este sentido, el pecado se convierte en irremisible,
es decir, no tiene perdón. El problema no puede resolverse de ninguna manera
hasta que la víctima no esté lista para cambiar su actitud. Los síntomas
de esta enfermedad son la parálisis del alma y la falta de poder para elevarse
hacia la Verdad; síntomas éstos que van acompañados muchas veces de un sentimiento
de superioridad moral y de orgullo espiritual.
Naturalmente, Jesús no quiere decir que no debemos comprometemos en los
negocios ordinarios de la vida, tales como tomar en alquiler una casa, firmar
un contrato, aceptar un socio, o tantas otras cosas. Tampoco quiere decir
que el juramento ordinario exigido por los tribunales es inadmisible, porque
estas cosas facilitan las transacciones entre los hombres y son correctas
y necesarias en una sociedad organizada. El Sermón del Monte, como hemos
visto, es una disertación sobre la vida espiritual, que lo dirige todo.
El que comprende la enseñanza espiritual de Jesús y la pone en práctica
no podrá faltar a una obligación de honor. Será un buen inquilino, un socio
honrado, y un testigo digno de confianza ante los tribunales.
Muchas iglesias exigen todavía a sus ministros, en el momento de su ordenación,
que prometan so-lemnemente que van a continuar creyendo durante el resto
de su vida en las doctrinas de su secta particular, y esto ocurre en un
momento de su ejercicio en que todavía son jóvenes, y sus mentes carecen
de madurez. Esto es exactamente lo que Jesús quería evitar. Si un joven
ora todos los días pidiendo esclarecimiento y dirección, es evidente que
no seguirá guardando las mismas ideas a medida que envejezca, sino que las
irá ampliando y corrigiendo continuamente. El hombre que es hoy, morirá
cada día, para renacer al día siguiente más sabio y mejor.
Otros movimientos religiosos todavía exigen a sus miembros que acepten determinado
libro de reglas e instrucciones destinadas a servirles de guía perpetua;
pero esto resulta fatal porque impide automáticamente que se realice la
acción del Espíritu Divino. En lo que a esto respecta, ciertas iglesias
organizadas recientemente están tan faltas de sabiduría como las antiguas.
Cada persona debe, en cada momento, ser libre de dirigir los asuntos de
su alma según la inspiración recibida del Altísimo. Orar o dejar de orar,
hacerlo de esta manera o de otra, leer o no ciertos libros, asistir o no
a la iglesia —todo esto no puede planearse arbitrariamente de antemano,
sino que debe decidirse según la urgencia espiritual del momento.
En este mismo espíritu fatal, algunos directores espirituales prohíben a
sus discípulos que lean otros libros religiosos que no sean los de su propia
iglesia. Éste es un crimen contra la vida misma del alma, y resulta tan
espantoso que no hay palabras para calificarlo.
En general, este mandamiento contra las reglas a cal y canto se aplica sobre
todo a nuestras oraciones. Muchas personas se han fabricado moldes rígidos
para la expresión de sus oraciones, pero de esa rigidez resulta infaliblemente,
tarde o temprano, la destrucción de la vida espiritual. Unos dicen: "Siempre
comienzo con la plegaria del Señor" o con cierto Salmo o alguna otra cosa.
Todo esto debe evitarse, porque siempre conviene orar según la inspiración
del momento, guiados por la acción del Espíritu Santo. Es la oración espontánea,
el pensamiento que se produce en el momento mismo, lo que tiene la eficacia
suficiente. Un pensamiento que se nos da de esta manera tiene diez veces
más poder que uno que pudiéramos seleccionar de antemano. Recordemos, sin
embargo, que sólo las reglas inflexibles deben evitarse. Es bueno tener
algunos modelos de oraciones que podrán ser usadas cuando no se presente
algo mejor; y a la mayoría de los principiantes tal cosa les será necesaria
por algún tiempo. Lo que importa es estar siempre dispuesto a abandonar
la regla para escuchar al Espíritu. Algunas veces se llega a un extremo
en que las oraciones parecen no tener resultado. Esto se debe con frecuencia
a que la forma reglamentada de la oración la ha convertido en una cosa maquinal.
En tal caso, es necesario buscar a tientas alguna inspiración, dejarse guiar
por el primer pensamiento que llegue, o bien tratar de descubrir la inspiración
abriendo la Biblia a la ventura.
Este pasaje del Sermón nos enseña, además, que no debemos empeñamos en señalar
nosotros mismos
determinadas condiciones o circunstancias, o soluciones particulares a nuestros
problemas. Cuando tengamos que enfrentamos a alguna dificultad debemos pedir
espiritualmente la armonía y la libertad, pero no tratar de determinar la
solución exacta que haya de acontecer, o decidir el curso exacto que vayan
a seguir las cosas. Si uno se resuelve de antemano a obtener una cosa particular,
podrá, si tiene cierto tipo de mentalidad, lograrla; pero de ese ejercicio
del libre albedrío resulta, casi infaliblemente, una serie de complicaciones.
La persona obtendrá lo que deseaba, pero luego lo lamentará profundamente.
Sí, sí; no, no, representan lo que llamamos en la Oración Científica la
Afirmación y la Negación, res-pectivamente. Éstas son la Afirmación de Verdad
y Armonía y la Omnipresencia de Dios en la Realidad; y la negación de cualquier
poder en el error y la limitación.
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, y diente por diente.
Pero yo os digo: No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla
derecha, dale también la otra;
Y al que quiera litigar contigo y quitarte la túnica, déjale también en
manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos.
Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien desea de ti algo prestado
(MATEO V, 38-42)
Jesús es el más revolucionario de todos los maestros. El vuelve las cosas
de arriba abajo para los que aceptan su enseñanza. Una vez que se acoge
su mensaje, todo cambia de aspecto; nada vuelve a ser como era antes. Todos
los valores humanos se transforman de manera radical. Aquellas cosas en
las cuales con-sumíamos caudales de energía y de tiempo, parecen luego no
valer en absoluto la pena de poseerse, mientras que otras que pasábamos
por alto llegan a ser las únicas que nos importan. Comparados con Jesús,
el resto de los revolucionarios y reformadores de la historia no han hecho
más que escarbar en la superficie —arreglando un poco los detalles externos
y de menor importancia—. En cambio Jesús ahondó hasta la raíz misma de las
cosas.
La Vieja Ley, destinada a mantener cierto grado de orden, por rudimentario
y sencillo que fuese, entre un pueblo bárbaro —porque cualquier ley es siempre
mejor que la anarquía— se había basado en la conocida frase: ojo por ojo
y diente por diente. Cualquier daño que un hombre hiciese a otro, tendría
que sufrirlo en sí mismo por vía de castigo. Si mataba a otro, la ley lo
mataba a él. Si le sacaba un ojo a otro hombre los oficiales de la justicia
le sacaban el suyo propio. En la medida en que él dañara o perjudicara a
otro, estaba condenado a recibir en sí mismo idéntico castigo. Y sin embargo,
un código así era mejor que ninguno, y acaso no fue malo como comienzo.
Para gente bárbara, incapaz de apreciar la idea abstracta de la justicia
y de ver más allá de la pasión momentánea, sin imaginación para darse cuenta
de un castigo que no era obvio esto sirvió, sin duda alguna, en la mayoría
de los casos, de freno eficaz a los instintos primitivos. Luego, a medida
que pasó el tiempo y la barbarie se fue convirtiendo en civilización, la
misma opinión pública se fue encargando de modificar paulatinamente este
código primitivo hasta hacerse menos rudo y brutal de lo que había sido
hasta entonces.
Tal me el caso en lo que a la justicia pública se refiere. En la vida privada,
no obstante, el viejo código continuó imperando en los corazones y en las
mentes, aunque ya sin traducirse en actos de extrema violencia; y no es
exagerado decir que su influencia ha subsistido hasta la hora presente.
El deseo de venganza, de recobrar lo propio, de traer las cosas a su nivel
de una manera u otra cuando nos han lastimado o hemos sufrido una injusticia
o hemos sido testigos de cosas que no aprobamos, subsiste todavía en nosotros
—y seguirá subsistiendo a menos que lo destruyamos deliberadamente—. "La
venganza", dijo Bacon, "es una clase de justicia salvaje", y el hombre natural,
con su instintiva sed de justicia (porque la verdadera justicia es parte
de la Divina Armonía, y los hombres en cada etapa de su desarrollo parecen
tener un destello intuitivo de esa Armonía Espiritual y Divina que se esconde
tras todas las apariencias) siente que el camino más exitoso para restablecer
el roto equilibrio de la justicia, no es otro que pagar con la misma moneda.
Pero éste es precisamente el error fatal que se encuentra en la raíz de
toda discordia, pública o privada, en este mundo. Es la causa directa de
las guerras internacionales, de las discusiones en familia y de las querellas
personales y, como veremos en el estudio científico de la Biblia, es también
la causa de muchas, si no de la mayor parte, de nuestras enfermedades y
otras miserias que acaecen en la vida del hombre. Pero he aquí que Jesús
siempre nos expone el reverso de esta situación, es decir, que si alguien
nos hace daño, en lugar de buscar venganza o de pagarle con la misma moneda,
debemos perdonarle y dejarle ir en paz. No importa cuál sea la provocación
ni cuántas veces se haya repetido; hemos de proceder de esa manera. Conviene
liberarle y dejarle ir en paz, porque solamente así conseguiremos liberamos
a nosotros mismos, y de este modo podremos conservar la integridad de nuestra
alma. Devolver mal por mal, responder a la violencia con la violencia y
al odio con el odio, es entrar en un círculo vicioso en el que se consumirá
nuestra vida y también la de nuestro hermano.
"El odio no cesa con el odio", dijo la Luz de Asia, enunciando con muchos
siglos de anterioridad esta gran Verdad Cósmica; y Jesús, la Luz del Mundo,
la puso en primer lugar en su enseñanza, porque es la piedra angular de
la salvación.
Esta doctrina de la "no-resistencia al mal" es el gran secreto metafísico.
Al mundo profano que no lo puede comprender, esta rendición completa al
agresor le parece un suicidio moral; sin embargo, a la luz revelada en Jesucristo,
adquiere un aspecto nuevo, y vemos que en realidad constituye una estrategia
espiritual admirable. Cuando consideramos con hostilidad una situación,
le damos el poder de gobernamos; cuando no le ofrecemos resistencia, la
privamos del poder y el prestigio.
Como hemos visto. Jesús es el Supremo Metafísico, y Él mismo se interesa
solamente por los estados de conciencia, los pensamientos y las creencias
que adoptan los hombres, porque éstas son las cosas que importan, las cosas
en las que residen las fuerzas causales. El no da instrucción alguna en
lo referente a los detalles de la conducta o las acciones exteriores; y
cuando habla de los procedimientos de la justicia, de la ropa y del manto,
de prestar o pedir prestado y de volver la otra mejilla, está sirviéndose
de símbolos para describir estados mentales, y estas palabras no deben interpretarse
en un sentido literal. Esto no representa un intento de evadirse o de evitar
comentar un texto difícil. Nunca recordaremos demasiado que si nuestro pensamiento
es justo, nuestra conducta no puede ser mala; y por otra parte, toda acción
motivada por causas exteriores puede ser mala o buena, porque no hay reglas
generales adecuadas para una conducta recta. Ningún maestro puede decir
que determinada acción será justa en cualquier tiempo, porque el juego de
circunstancias de la vida es demasiado complicado para una predicción tal.
Cualquier persona con la más ligera experiencia del mundo sabe, por ejemplo,
que prestar dinero sin discriminación a cuantos lo pidan no es siempre un
acto sabio —muchas veces incluso injusto para uno mismo y para los que de
uno dependen, y en muchos casos hasta al que recibe el dinero prestado le
resulta un mal en lugar de un bien—. Notemos que Jesús mismo, cuando le
golpearon en casa de Pilato, hizo frente con dignidad solemne a sus agresores.
La exhortación de volver la otra mejilla no tiene más que un valor simbólico.
Se refiere a lo que debemos hacer con los pensamientos cuando estamos en
presencia del error, y simboliza el acto de oponerle al error, no otro error,
sino la Verdad, lo cual funciona generalmente como por arte de magia.
Cuando alguien esté comportándose mal a nuestros ojos, si en vez de pensar
en la falta cometida apartamos la atención de lo humano para fijarla en
lo Divino o en la Realidad Espiritual de la persona en cuestión, veremos
cómo su conducta cambiará de forma inmediata. Este es el secreto para tratar
con personas de carácter difícil, y Jesús había comprendido esto profundamente
Si los que nos rodean se molestan, no tenemos más que cambiar deliberadamente
nuestro pensamiento respecto a ellos, y enseguida cambiarán ellos también.
Tal es la verdadera venganza. Este procedimiento ha sido probado miles,
acaso millones, de veces; y nunca falla si se aplica de buena fe. A veces
es hasta divertido verlo funcionar como un mecanismo. Si alguien entra de
mal talante en nuestra casa, en la oficina o en la tienda donde estamos,
no le contrarrestemos agresivamente ni pensemos en huir de la dificultad;
todo lo contrario. Fijémonos en la Armonía Divina, y nos complaceremos al
ver cómo la ira desaparece de su semblante y se sustituye por otra expresión.
Sus facciones sin duda revelarán el cambio progresivo que tiene lugar en
el corazón. Tal vez puede que al principio nos sea más fácil llevar a cabo
el "tratamiento" sin mirar directamente al sujeto, pero cuando tenga-mos
práctica nos será posible ver a través de él la Verdad Espiritual.
Una mujer se incomodó oyendo a dos hombres que trabajaban debajo de su ventana
y que, ignorando su proximidad, se expresaban de una manera grosera. Por
un momento la ira y el desprecio se levantaron en ella pero, recordando
este mandamiento, enseguida concentró su atención en la Presencia Divina
en cada uno de los hombres —presencia que duerme en el fondo del corazón
de todo ser humano— y (hablando en términos religiosos modernos) saludó
mentalmente al Cristo que había en ellos. Al instante cesó el lenguaje vulgar.
Ella dijo que fue como si la conversación se hubiera cortado con un cuchillo.
Probablemente ella se dio cuenta de una forma tan intensa de la Verdad y,
en ese caso, los dos hombres recibieron una sustancial elevación, un le-vantamiento
espiritual, y acaso quedaron del todo curados de su vulgaridad oral.
Todos los que han tenido alguna experiencia en estas aplicaciones prácticas
de la Verdad podrían citar numerosos ejemplos en los que se ha restablecido
la armonía por este método sencillo de Jesús. Los animales responden aún
más fácilmente a este tratamiento que los seres humanos. Recuerdo dos ocasiones
en que unos perros luchaban con tal ferocidad entre ellos que todos los
esfuerzos para separarlos habían resultado inútiles, cuando la visión mental
del Amor Divino en todas las criaturas bastó para restablecer la paz. En
uno de estos casos el efecto tomó varios minutos; en el otro fue prácticamente
instantáneo.
Algunas veces ocurre que uno se encuentra en un grupo donde la conversación
tiende a ser muy negativa. Se habla de enfermedades o desgracias de toda
índole, describiéndolas detalladamente, o se critica sin piedad a los ausentes.
Por una u otra razón puede sernos difícil abandonar la reunión; en tal caso,
nuestro deber es claro: debemos mentalmente "volver la otra mejilla", y
ayudar así tanto a los que hablan como a sus víctimas "Déjale también la
capa" y "vete con él dos millas", son dos expresiones dramáticas que subrayan
aún más el principio de no ofrecer resistencia mental a las condiciones
aparentes del mal. Simpaticemos con la actitud del prójimo tanto como sea
posible, concedamos cada punto que no sea absolutamente esencial, y redimamos
el resto con la Verdad de Cristo. Nunca nos rindamos al error, por supuesto;
pero es al pecado y no al pecador a quien debemos condenar.
Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen
para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: Él hace salir
el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos.
Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen esto
también los publicanos?
Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen
esto también los gentiles?
(MATEO V, 43-48)
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los
que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen. "El odio
no cesa con más odio", he aquí el mismo tema otra vez; pero ahora Jesús
presenta esta verdad fundamental de una manera tan clara y sencilla que
hasta un niño de corta edad puede entenderla. En lugar de odiar al que parece
ser nuestro enemigo, como el instinto primitivo nos incita a hacer, debemos
amarle. A las maldiciones debemos responder con bendiciones; al odio, con
bondad. Debemos orar en especial por aquellos que llevan las cosas hasta
el extremo de perseguimos. Jesús nos lo dice de una manera plena y directa,
y a fin de ser comprendido por todos, hasta por los más sencillos; añade:
"Si al amor respondéis con amor, ¿qué recompensa tendréis?" Nada seguramente,
porque cualquiera haría otro tanto. Para adelantar en los caminos del espíritu
hay que hacer mucho más. Hay que deshacerse de la hostilidad y del resentimiento;
hay que cambiar el estado mental hasta ser consciente sólo de la armonía
y la paz interiores, y mantener un sentimiento de buena voluntad hacia todos.
Este sistema no solamente es el más práctico, sino que, por razones que
forman la base del Sermón del Monte, es el único con el cual se puede hacer
algún progreso. La misma salud física, por ejemplo, es un bien del cual
no podemos gozar indefinidamente si no guardamos sentimientos de misericordia
y de buena voluntad hacia los demás; y aun nuestra prosperidad material
desaparecerá un día si nuestra alma no se ha purificado de la hostilidad
y la condenación. En efecto, tal libertad es requisito sin el cual es imposible
progreso alguno, y todos los que tengan sentido espiritual reconocerán fácilmente
esto cuando les toque a ellos. Todo aquél que llega a ser consciente del
significado de la Idea Espiritual encuentra que estos versículos constituyen
una lección maravillosa para la práctica del tratamiento espiritual o la
Oración Científica. La Idea Espiritual es la comprensión del hecho fundamental
de la permanencia, la omnipresencia y la omnipotencia del Bien; y la comprensión
de que el mal es una ilusión transitoria, sin base ni carácter propio, que
es destruido por la Oración Científica. De ahí que, lo que podemos llamar
el secreto del tratamiento espiritual, no reside en luchar contra el error,
porque eso sólo le da más vida y poder, sino en destruirlo, negándole precisamente
esa energía de creer en él, que es lo que hace que tome cuerpo. La única
existencia que posee es la que nosotros le damos animándolo temporalmente
con nuestros pensamientos. Quitémoselos, y se esfumará en la nada. Nosotros
hemos pensado el error en la existencia, conscientemente o, con muchas más
frecuencia, inconscientemente, y así le damos vida. Está en nuestro poder
quitarle esa vida. Dejemos de pensarlo. Es siempre nuestro pensamiento lo
que importa. En realidad, como dice Shakespeare: "No hay nada del todo bueno
o malo, sino que es el pensamiento el que hace que lo parezca." Así pues,
el temor, el odio y el re-sentimiento son ideas cargadas de emoción, y cuando
las añadimos a cualquier dificultad no hacemos sino inyectarle nueva y vigorosa
energía haciéndola aún más difícil de vencer. Es más, el mero repaso mental
de cualquier dificultad le infunde nueva vida. Volver sobre pasados agravios,
pensar cuán injustamente nos trató alguien en cierta ocasión, recordando
los detalles, por ejemplo, tiene como efecto el vivificar aquello que estaba
muriendo lentamente por abandono.
Cualquiera que sea la dificultad que se nos presenta de improviso, es la
acogida mental que le brindamos, la actitud que adoptamos hacia ella, lo
que determina completamente el efecto que producirá en nosotros. Esto es
lo que importa. No las personas, o las cosas, o las circunstancias en sí,
sino los pensamientos y la posición mental que observamos hacia ellas. No
es la conducta de otros lo que nos mejora o nos frustra, sino nuestros propios
pensamientos. Escribimos la historia futura de nuestra vida con nuestros
pensamientos de hoy. Somos nosotros mismos los que construimos nuestro destino
día a día, por el modo como reaccionamos a las circunstancias que se nos
presentan. Reaccionar correctamente es el arte supremo de la vida, y Jesús
condensó el secreto de ese arte en unas palabras: No resistáis al mal.
No resistir al mal: he aquí el principio que, referido a su sentido espiritual,
constituye el gran secreto del éxito. Nos permite salir de la tierra de
Egipto y de la Casa de Servidumbre, regenerar el cuerpo, liberar el alma,
y en verdad rehacer la vida de arriba abajo. Tan pronto como resistamos
mentalmente una circunstancia desagradable, o inesperada, le damos por esa
resistencia un poder que se volverá contra nosotros, y en igual medida reducimos
nuestros propios recursos. Cualquiera que sea la dificultad con la que nos
enfrentemos —ya se refiera a la salud, a los bienes materiales, a los negocios
o a los sentimientos personales— no nos lancemos contra ella mentalmente,
como es la costumbre general, ni nos plantemos obstinadamente en medio del
camino exclamando:
"¡No conseguirás lo que pretendes!" Obedezcamos la ley de Jesús, y no resistamos
al mal. Abstengámonos de contrarrestarla mentalmente, así como de alimentarla
con nuestra propia esencia. Busquemos mentalmente, a tientas, la Presencia
de Dios, como buscaríamos algún apoyo si de repente nos encontráramos metidos
en un cuarto oscuro. Fijemos nuestro pensamiento firmemente en esa Presencia
que está con nosotros, y que está también en la persona o en el lugar en
que el mal se ha presentado; en otras palabras "ofrezcamos la otra mejilla".
Si así lo hacemos, la situación desfavorable y el malestar provocado por
la misma, desaparecerán en la nada, de donde vinieron, y nos dejarán libres.
En esto consiste el verdadero método espiritual de amar a nuestros enemigos.
El amor es Dios, y es, por consiguiente, todopoderoso. Tal es la aplicación
científica del amor, al cual ningún mal puede resistir. El amor destruye
las condiciones del mal, y si se refiere a una persona, la libera a ella
tanto como a nosotros. Pero responder al odio con el odio, a la maldición
con la maldición, al temor con la agresión, no hace más que aumentar la
dificultad, igual que un sonido débil es multiplicado por el amplificador.
Devolver amor por odio a la manera científica es seguir el camino real de
la liberación trazado por Jesucristo. Éste es el método perfecto de protegemos
ante cualquier circunstancia y por medio del cual nos hacemos invulnerables.
Si alguien nos trata con odio no nos enfademos; no resistamos al mal. Veamos
en el enemigo la Presencia Divina y todo marchará bien. Él cesará de molestamos,
cambiando su actitud hacia nosotros, o desaparecerá por completo de nuestra
vida, sacando provecho de nuestro pensamiento. Si recibimos malas noticias,
no las resistamos mentalmente; seamos conscientes de la naturaleza inmutable
y la armonía infinita del Bien, siempre a nuestro alcance en cada momento
de nuestra existencia, y todo se arreglará. Si estamos descontentos en nuestro
trabajo, o en casa, no resistamos estas condiciones mentalmente.
Tampoco nos quejemos ni nos compadezcamos a nosotros mismos. Tales cosas
no harán sino fortalecer esa particular materialización del error; no resistáis
al mal. Busquemos a tientas la Presencia del Espíritu Divino en derredor
nuestro; afirmemos su realidad en todas las cosas; proclamemos que tenemos
dominio sobre toda circunstancia, cuando decimos la Palabra en nombre de
Yo Soy El que Soy, y pronto nos veremos libres.
Además, amar a los enemigos según este método científico es también el secreto
de la salud física, que es imposible de alcanzar si no se posee ese amor.
Tal secreto se basa en la realización de la Vida Divina y del Amor Divino.
Todo mejoramiento físico sigue al descubrimiento de este secreto; no lo
precede. Hoy día se habla mucho de la influencia de las glándulas en el
organismo, pero las glándulas mismas son gobernadas enteramente por nuestras
emociones. Por lo tanto, si queremos asegurarnos de que funcionan a la perfección
es preciso cultivar sentimientos generosos, inclusive en la mente subconsciente,
lo cual sólo puede conseguirse mediante el tratamiento u Oración Científica.
Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial.
(MATEO, V 48)
Este mandamiento de Jesús es una de las cosas más tremendas que aparecen
en toda la Biblia. Meditemos Sus palabras. El nos manda que seamos perfectos
como Dios mismo es perfecto; y, como sabemos que Él no ordenaría lo imposible,
vemos cómo Él afirma aquí la doctrina de que es posible que el hombre pueda
llegar a ser divinamente perfecto. Pero aún es más: Jesús lo propone como
algo que tenemos que efectuar. De aquí se desprende, por tanto, que el hombre
no puede ser ese hijo del pecado, desheredado y sin esperanza, que tan a
menudo nos ha presentado la teología, sino que es de linaje divino —hijo
del Padre que está en los Cielos— y en consecuencia potencialmente divino
y perfecto.
Ahora bien, si en verdad somos hijos de Dios, capaces de expresar la perfección
divina, no puede existir ningún poder verdadero en el mal o en el pecado
que nos pueda mantener permanentemente esclavizados. Es decir, usando el
método correcto, será sólo cuestión de tiempo el que alcancemos nuestra
verdadera salvación espiritual; por lo tanto, no vacilemos más antes de
emprender la marcha hacia arriba. Es preciso que, en este mismo momento,
si todavía no lo hemos hecho, nos levantemos como el hijo pródigo de entre
los desperdicios de la materialidad y la limitación y, confiándonos a las
promesas de Jesús, exclamemos: "Me levantaré e iré hacia mi Padre".
Los que se sientan desanimados por un sentimiento de indignidad y de falta
de comprensión propias, y se crean a sí mismos muy lejos del camino, deberán
recordar que todos los Grandes Maestros Espirituales han convenido en una
frase que viene a recordar: "Para alcanzar el reino de los cielos hay que
pasar por la tormenta."
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