El Sermón Del Monte
La Llave Para Triunfar En La Vida
Emmet Fox
Capítulo 3
Como un hombre piensa
- 13 Vosotros sois la sal de la Tierra; pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Para nada aprovecha ya, sino para tirarla y que la pisen los hombres.
- 14 Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte,
- 15 ni se enciende una lámpara y se la pone debajo de un celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos cuantos están en la casa.
- 16 Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
(MATEO V, 13-16)
En este maravilloso pasaje, Jesús se está dirigiendo a aquellos que han
llegado a comprender la esclavitud de las cosas materiales y adquirido
alguna comprensión de la naturaleza del Ser. Es decir, Él está hablando
a quienes reconocen la Omnipotencia de Dios o del Bien, y la impotencia
de lo malo en presencia de la Verdad. A tales personas las llama "la sal
de la tierra y la luz del mundo"; y ello ciertamente no es ensalzar
demasiado a los que comprenden la Verdad y la ponen de manifiesto en sus
vidas personales. Es posible, y en efecto, es demasiado fácil, aceptar
la verdad de estos principios fundamentales, proclamar su belleza, y sin
embargo no
ponerlos en práctica en la propia vida. Pero ésta es una actitud
peligrosa, porque en tal caso la sal ha perdido su sabor y no es buena.
Si comprendemos y aceptamos lo que Jesús enseña; si nos esforzamos por
realizarlo en cada fase de nuestra vida diaria; si tratamos
sistemáticamente de destruir en nosotros mismos todo aquello que sabemos
no debería estar ahí, es decir, el amor propio, el orgullo, la vanidad,
la sensualidad, la presunción, el recelo, la conmiseración de nosotros
mismos, incluyendo también aquí el resentimiento, la condenación,
etcétera; si no alimentamos estos defectos cediendo a ellos, sino que
los dejamos morir negándonos a que tomen expresión; si cultivamos con
toda lealtad un recto pensar hacia todas las personas o cosas a nuestro
alcance, y especialmente a las personas que no nos son simpáticas y a
las cosas que no nos gustan, es entonces cuando somos dignos de ser
llamados "la sal de la Tierra".
Si verdaderamente vivimos esta vida, las circunstancias que nos rodean
actualmente carecen de toda importancia; cualesquiera que sean las
dificultades con que tengamos que luchar, serán superadas, y la verdad
de nuestra doctrina tendrá su demostración. Y no solamente haremos esta
demostración en el más breve tiempo posible, sino que seremos capaces,
positiva y literalmente, de ejercer una influencia luminosa y sanadora a
nuestro alrededor, y ser bendición para toda la humanidad. Es más,
haremos bien a hombres y mujeres en lugares y tiempos remotos, a
personas que jamás han oído ni oirán hablar de nosotros, seremos así la
luz del mundo, por sorprendente y maravilloso que parezca.
El estado de nuestra alma se manifiesta a través de las condiciones
exteriores de nuestra vida material, y en la influencia intangible que
irradiamos. Hay una Ley Cósmica: que nada puede negar permanentemente su
propia naturaleza.
Emerson dijo: "Lo que eres grita con una voz tan alta que no puedo oír
lo que estás diciendo." En la Biblia la palabra "ciudad" simboliza
siempre la conciencia, y la palabra "montaña" simboliza la oración o
actividad espiritual. "Alzo mis ojos a los montes, de donde ha de venir
mi socorro" (SALMOS 121,1). "Si Yahvé
no guarda la ciudad, en vano vigilan sus centinelas" (SALMOS
127, 1.)
El alma que va desarrollándose y que se construye en la oración no se
puede esconder, brilla esplen-dorosamente a través de la vida que vive.
Habla de por sí, pero en un silencio profundo, y cumple sus mejores
obras inconscientemente. Su sola presencia sana y bendice sin esfuerzos
todo lo que la rodea.
Nunca debemos tratar de imponer a otros la Verdad Espiritual. Más bien,
vivamos de tal manera que se queden tan impresionados por nuestra
conducta, por la paz y felicidad que nos iluminan el semblante, que
acudan espontáneamente a pedimos que repartamos con ellos la cosa
maravillosa que poseemos. El alma que vive así habita en la Ciudad de
Oro, la Ciudad de Dios. Esto es lo que significa así ha de lucir vuestra
luz para gloria de nuestro Padre que está en los cielos. (MT. 5.16)
No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas: no he venido
para abrogar, sino a consumarla. (MT. 5,16)
Porque en verdad os digo, que antes pasarán el cielo y la tierra, que
falte una jota o una tilde de la ley, hasta que todo se cumpla.
Si, pues, alguno infringiere alguno de estos preceptos menores, y así
enseñare a los hombres, será tenido por muy pequeño en el reino de los
cielos; pero el que practicare y enseñare, éste será tenido por grande
en el reino de los cielos.
Porque os digo, que si vuestra justicia no supera a la de los escribas y
fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
(MATEO, V-20)
El verdadero cristianismo es una influencia totalmente positiva.
Engrandece y enriquece la vida del hombre, la hace más amplia y mejor;
nunca más mezquina. El conocimiento de la Verdad no nos puede acarrear
la pérdida de nada que valga la pena poseer. Los sacrificios vienen sin
duda, pero las cosas que hemos de sacrificar son aquéllas cuya posesión
nos hace infelices, no las que nos traen la felicidad. Muchas personas
tienen la idea de que comprender mejor a Dios requiere la renuncia a
muchas cosas que sentirían perder. Decía una joven: "Confiaré en la
religión más tarde, o cuando sea vieja, pero ahora quiero disfrutar un
poco." Esto es confundir la cuestión. Las cosas que uno tiene que
sacrificar son el egoísmo, el temor y la idea de que la limitación es
necesaria. Una cosa sobre todo ha de ser sacrificada: la creencia de que
el mal tiene alguna resistencia o poder aparte del que nosotros mismos
le concedemos creyendo en él. Acercarse a Dios no habría causado a
aquella joven pérdida alguna de felicidad. Por el contrario, habría
ganado un caudal inmenso de felicidad. Cierto es que, a medida que su
alma fuera ganando en desarrollo, habría encontrado que ciertas formas
del placer ya no le causaban satisfacción. Pero, de ocurrir esto, habría
encontrado también una compensación mucho más valiosa en la nueva luz
que iluminaría toda fase de su vida, y en los nuevos y maravillosos
aspectos que vería en las cosas a su alrededor. Son sólo las cosas sin
valor las que tienen que desaparecer bajo la acción de la Verdad.
Por otra parte, sería de todo punto insensato que una persona creyese
que el conocimiento de la Verdad del Ser la colocaría por encima de la
ley moral, autorizándola a quebrantarla. En tal caso descubriría muy
pronto que había cometido un error fatal. Cuanto mayor es nuestro
conocimiento espiritual, tanto más severo es el castigo que nos acarrea
si violamos la ley moral. El cristiano no puede permitirse el ser más
descuidado que
otros en la observancia rigurosa de todo el código moral; antes al
contrario, debe ser mucho más cuidadoso que las demás personas. En
efecto, todo desarrollo espiritual verdadero va acompañado
necesariamente de un progreso moral definido. Una aceptación teórica de
la letra de la Verdad puede ir acompañada de descuido moral (con grave
peligro del delincuente), pero es del todo imposible Progresar en el
aspecto espiritual a menos que se trate sinceramente de vivir según la ley moral. No es posible en manera
alguna separar el conocimiento espiritual verdadero de la conducta justa
y moralmente sana que le corresponde. Una "jota" (la jota griega)
significa "hod", la letra más pequeña del alfabeto hebraico. La "tilde",
parecida a un "pequeño cuer-no", es una de esas pequeñas prominencias
que distinguen una letra hebraica de otra. Esto quiere decir que
conviene no sólo vivir según la letra de la ley moral, sino también en
los más mínimos detalles. Hemos de mostramos no sólo según las normas
morales corrientes, sino de acuerdo con el más elevado concepto del
honor.
Los escribas y los fariseos, a pesar de sus defectos, eran en su mayor
parte hombres honrados, que obedecían en su vida particular la ley moral
tal como la comprendían. Por desgracia, no conocían más que la letra de
la ley a la cual se conformaban escrupulosamente, cumpliendo su deber
tal como lo concebían. Sus defectos consistían en la fatal debilidad que
surge dondequiera que haya formalismo religioso: orgullo espiritual y
presunción de la propia rectitud. Ellos eran completamente inconscientes
de tales defectos, creían obrar bien en todo, lo cual es la mortal
ilusión de estas enfermedades del alma. Jesús comprendió esto y le dio
su lugar; de ahí que advirtiera a sus seguidores que, a menos que su
conducta fuera tan buena como la de aquella gente, y aun mejor, no
debían en modo alguno suponer que estaban progresando en el camino
espiritual. El desarrollo espiritual y el nivel más alto de conducta
deben ir juntos. No puede existir lo uno sin lo otro.
A medida que crecemos en poder espiritual y en comprensión, vamos
comprobando que muchas reglas que gobiernan el aspecto exterior de la
conducta llegan a ser completamente innecesarias; pero esto es
consecuencia de que nos hemos elevado sobre ellas; nunca, nunca, porque
hayamos caído por debajo de su nivel. Llegar a este punto, donde la
comprensión de la Verdad permite pasar por alto ciertos requisitos y
ordenanzas exteriores, es llegar a la Mayoría de Edad Espiritual. Tan
pronto como uno deja de ser es-piritualmente niño deja de necesitar
algunas de aquellas observancias externas que antes le parecían
indispensables. Nuestra vida, entonces, resulta más pura, más verdadera,
más libre y menos egoísta de lo que era antes. Y ello es la prueba.
Para dar un sencillo ejemplo, algunas personas encuentran que, en cierto
estado de su progreso, sus procesos mentales alcanzan tal grado de
método y claridad que pueden hacer su trabajo diario, cumplir sus
compromisos y desempeñar sus deberes sin necesidad de reloj. Al mismo
tiempo sucede que un amigo, sabedor de esto y deseando emularlos, deja
en casa su reloj, y resulta que llega tarde a sus citas, trastornando
así todas las ocupaciones del día tanto a sí mismo como a los demás.
Cuando el discípulo esté listo espiritualmente para pasar sin utilizar
reloj, hará cada cosa a su tiempo sin tener que consultarlo. Si, por el
contrario, tiene que esforzarse para pasarse sin reloj y después llega
tarde a las citas del día, es evidente que todavía no ha alcanzado el
poder espiritual necesario. Es mejor que lo lleve y que trabaje a su
hora, y que se consagre a cosas que realmente importan, tales como
sanarse a sí mismo y a otros, venciendo el pecado, esforzándose por
lograr comprensión y sabiduría, etcétera. No se puede apresurar ni
forzar el momento en que se alcanza la Mayoría de Edad Espiritual; tiene
que llegar a su debido tiempo, cuando la conciencia esté lista, así como
el florecimiento de un bulbo está sujeto a la evolución natural de la
planta. Tenemos que mostramos allí dónde estamos. Pretender mostramos
más allá de donde verdaderamente estamos no es prueba de espiritualidad.
El progreso espiritual es una cuestión de desarrollo, que no debe ser
imprudentemente apresurado. Pongamos con entusiasmo nuestra atención en
las cosas espirituales y, mientras tanto, hagamos todo lo que es
necesario hacer, sencillamente; y sin tratar conscientemente de
precipitamos, nos sorprendere-mos al comprobar lo rápido de nuestro
progreso.
Tomemos un simple ejemplo: supongamos que ha ocurrido un accidente en la
calle y nos encontramos con un hombre que se ha cortado una arteria y le
brota la sangre a chorros. Lo natural será que, si no se reprime esa
sangría, la víctima muera en pocos minutos. ¿Qué debemos hacer? ¿Qué
actitud mental debemos asumir? La respuesta es muy sencilla. Debemos
"mostrar la otra mejilla" conociendo la Verdad de la Omnipresencia de
Dios.
Si vemos esto lo suficientemente claro, como Jesús lo haría, por
ejemplo, la arteria cortada será curada enseguida, y no habrá que hacer
nada más. Sin embargo, es muy probable que la mayoría de nosotros no
haya alcanzado un desarrollo espiritual suficiente para obtener tales
resultados, por lo cual, mostrando en donde estamos, debemos tomar las
medidas habituales para salvarle la vida al hombre, improvisando un
torniquete.
O supongamos también, que un niño cae en un canal en el momento que
pasamos por allí. Si tenemos Poder Espiritual suficiente, el niño se
verá sano y salvo; pero si no, entonces tendremos que salvarle del mejor
modo posible, sumergiéndonos si es necesario, orando al mismo tiempo.
Pero, ¿qué diremos del hombre que, consciente de sus imperfecciones
morales, acaso un grave pecado habitual, desea con sinceridad
desarrollarse espiritualmente? ¿Ha de posponer la búsqueda de
conocimientos espirituales hasta que su conducta sea reformada? De
ninguna manera. En realidad, todo esfuerzo para mejorar moralmente sin
un previo desarrollo espiritual está malogrado de antemano. Así como
ningún hombre —para usar la frase de Lincoln— puede levantarse del suelo
tirando de las correas de sus botas, tampoco
puede un pecador reformarse por sus propios esfuerzos personales. El
único resultado de confiarse a sí mismo en tales casos será un repetido
fracaso, el desaliento consiguiente, y probablemente, al fin, la
desesperación de no poder mejorar. La única cosa que debe hacer la
persona es orar sistemáticamente, sobre todo en el momento de la
tentación, y dejar a Dios la responsabilidad del éxito. De esta suerte
debe perseverar, no importa cuántos fracasos vengan; y si continúa
orando, especialmente orando de una manera científica, encontrará muy
pronto que, en efecto, el poder del mal se ha roto y que él mismo está
ya libre de ese pecado. Orar científicamente es afirmar con insistencia
que Dios nos ayuda, que la tentación no tiene ningún poder sobre
nosotros, y que el hombre es, según su naturaleza verdadera, espiritual
y perfecto. Este método es mucho más eficaz que el de pedir simplemente
la ayuda de Dios. De este modo, la regeneración moral y el desarrollo
espiritual se llevan a cabo de manera simultánea. La vida cristiana no
requiere que poseamos una perfección de carácter; si así fuera, ¿quién
de nosotros estaría capacitado para vivirla? Lo que sí se requiere es un
esfuerzo honrado y genuino por acercamos lo más posible a tal
perfección.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; cualquiera que
matare, será reo de juicio.
Mas yo os digo, que quien se irrita contra su hermano, será reo de
juicio; y cualquiera que dijere, a su hermano "raca", será reo ante el
Sanedrín y el que dijere "loco" será reo de la gehenna del fuego.
Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas
de que tu hermano tiene algo contra ti:
Deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu
hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda.
(MATEO, V 21-24)
La Ley Antigua, al tener que ver con un estado más primitivo y bajo de
la conciencia humana, se aplicaba necesariamente a cosas exteriores,
porque la evolución aparente del hombre primitivo operaba mientras él se
levantaba del mundo de las meras apariencias hacia la vida del
pensamiento, de lo exterior hacia lo interior; mientras que todo
desarrollo espiritual se expresa al revés, del espíritu hacia el mundo
de apariencias, de dentro hacia fuera. Toda la atención del hombre
primitivo está concentrada en lo que le llega a través de sus sentidos.
Él cree que puede encontrar en su mundo físico la causa y también los
efectos. Pero mientras se desarrolla espiritualmente, llega a comprender
que las cosas exteriores no son más que el resultado de causas y sucesos
interiores. Cuando esto se percibe, ha comenzado la búsqueda de Dios.
Así, la Ley Antigua, por lo menos en la letra, se ocupaba casi
exclusivamente de cuestiones externas, y quedaba satisfecha si eran
cumplidas. Si un hombre no mataba, obedecía la Ley, por grande que fuese
su deseo de matar, y por intenso que fuese su odio hacia su enemigo. Con
tal que no se apropiase de los bienes de su vecino, el hombre vivía
según la Ley, por mucho que desease cometer el robo.
Jesús vino a preparar a la humanidad para dar el paso más importante de
todos, a saber, el de ensanchar nuestras fronteras espirituales. El
objeto principal del Sermón del Monte, que es la esencia del mensaje
cristiano, es mostramos la necesidad de dar este paso; es enseñamos que,
para alcanzar la Mayoría de Edad Espiritual no solamente tenemos que
conformamos con las reglas exteriores, sino que también hemos de cambiar
toda nuestra vida interior. Jesús decía que el deseo de matar, o aun el
enfadarse uno con su hermano, es por sí mismo bastante para impedimos la
entrada al Reino de los Cielos, y por supuesto que así es. Fue un gran
paso en el progreso cuando se pudo persuadir a las gentes bárbaras y
primitivas, no solamente de que no matasen a quienes los ofendían o
agraviaban, sino que era necesario además adquirir bastante control de
sí mismos para dominar su cólera. Ninguna prueba espiritual puede
Cumplirse si no se destruye la cólera en el corazón. Es imposible tener
alguna experiencia de Dios, o ejercer una influencia espiritual digna de
atención, o llevar a cabo la sanación de los enfermos hasta que uno se
deshaga del resentimiento y de la condenación del prójimo. Mientras no
estemos listos para deshacemos de estos sentimientos malos, el resultado
de nuestras oraciones será de muy poco valor. No cabe duda alguna de que
cuanto más amor haya en el corazón, tanto más poder tendrán las
oraciones; por eso los que se proponen alcanzar éxito en el camino del
desarrollo espiritual, tienden a esforzarse constantemente para quitar
de su espíritu todos los pensamientos de crítica y condenación. Saben
que pueden escoger entre la prueba o la indignación, pero nunca ambas a
la vez. Y no malgastan su tiempo tratando de realizar lo imposible.
La indignación, el resentimiento, el deseo de castigar a otros o de
verlos castigados, el deseo de decirse a sí mismo "le han pagado con la
misma moneda"; el sentimiento de "le está bien empleado", todas estas
cosas forman una barrera impenetrable a la acción espiritual. Jesús,
sirviéndose de símbolos a la manera oriental, nos dice que si venimos
con algún presente al altar y nos acordamos de que nuestro hermano tiene
algún resentimiento contra nosotros, debemos depositar allí nuestro
presente e ir a reconciliamos antes con nuestro hermano; después de lo
cual, el presente será aceptable. Como sabemos, era costumbre llevar al
templo ofrendas de diversas clases —desde toros y vacas hasta palomas, y
también incienso, o, si convenía, una ofrenda en dinero del mismo valor
de estas cosas—. Ahora, según la Nueva Ley o dispensa cristiana, nuestro
altar es nuestra propia conciencia y nuestras ofrendas son nuestras
oraciones y nuestros ejercicios espirituales. Nuestros "sacrificios" son
los pensamientos malos que destruimos en el fuego espiritual. Y es por
eso que Jesús nos dice que, cuando vamos a orar, si nos acordamos de que
tenemos un sentimiento vengativo contra alguno de nuestros prójimos o
contra cierto grupo, debemos detenemos allí, reflexionar y
meditar hasta que nos deshagamos de este sentimiento enemigo, y
restablezcamos nuestra integridad espi-ritual.
Jesús desarrolla esta gran lección, otra vez según la manera oriental,
por pasos sucesivos —tres en este caso—. Primero dice que el que está
enojado con su hermano corre un gran riesgo; seguidamente expresa que el
hombre que guarda en sí un sentimiento vengativo contra su prójimo está
en peligro grave; y finalmente nos advierte que, si nos permitimos
considerar a nuestro hermano un marginal fuera de los límites de
conducta aceptable, y decirlo, nos cerramos así la puerta del Reino de
los Cielos mientras nos mantengamos en ese estado mental. Y por último
nos previene que el llamar a un hombre "loco" en tal sentido equivale a
no esperar ningún bien de él, esto es, negar en un ser humano el poder
del Cristo viviente. Y muy serias consecuencias se derivarán seguramente
de semejante actitud.
Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el
camino; no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas
puesto en prisión.
Que en verdad te digo, que no saldrás de allí, hasta que pagues el
último centavo.
(MATEO, V 25-26)
Este párrafo es de la mayor importancia práctica. En él Jesús insiste en
su mandamiento "velad y orad". Es mucho más fácil superar una dificultad
que acaba de aparecer que esperar a que tenga tiempo de arraigarse en la
mente, hasta que se instale hondamente. Los soldados saben que mientras
las tropas enemigas marchen a campo raso, es relativamente fácil
derrotarlas y destruirlas; pero una vez atrincheradas su derrota se hace
muy difícil. Así sucede con el mal. En el momento en que se presenta a
nuestra atención, debemos rechazarlo, repudiarlo, negarle cabida en
nosotros, y, afirmando serenamente la Verdad, no darle la oportunidad de
instalarse. Si hacemos esto, encontraremos que no tendrá ningún poder
sobre nosotros. Este método implicará una gran lucha mental, y es
posible que por un momento el enemigo parezca ganar terreno; pero, con
tal que le ataquemos al principio, le veremos de pronto desaparecer, y
nosotros saldremos victoriosos.
De otro modo, aceptando un error y pensando en él, lo incorporamos a la
mente; y en tanto persistamos en tal actitud, más difícil será
deshacemos de él. La mayoría de nosotros hemos comprobado la veracidad
de esta afirmación tras una dolorosa experiencia. Una vez que hemos
aprendido a orar científicamente, encontramos relativamente fácil vencer
nuevas dificultades a medida que se van presentando; pero aquéllas que
se hallan alojadas en la mente ya por mucho tiempo, son difíciles de
expulsar.
Siempre que Jesús deseaba acentuar para sus oyentes un punto de
importancia especial, acostumbraba a servirse de algún ejemplo tomado de
la vida diaria. Las leyes que entonces se referían a los deudores eran
en extremo severas. Cuando un hombre estaba en deuda, le era importante
llegar a un acuerdo con su acreedor de una manera u otra, y lo más
pronto posible. Aun hoy en día es conveniente que el caso no llegue a
los tribunales, si se quieren evitar gastos inútiles. Cuanto más dura el
proceso, tanto más se aumenta su costo: los honorarios de los abogados,
los impuestos del tribunal y otros gastos diversos además de la deuda
original. Así sucede con las distintas dificultades que se nos presentan
en la vida diaria. La dificultad inicial suele multiplicarse muchas
veces por nuestros pensamientos erróneos acerca de ella, y no nos
liberaremos hasta que la deuda no haya sido pagada. En cambio,
poniéndonos de acuerdo primero con el adversario, esto es, aplicando al
caso un pensamiento recto, no añadiremos gastos a la deuda, y la
dificultad será vencida fácil-mente.
Tomemos un ejemplo familiar: estamos estornudando. Si decimos: "Ya he
vuelto a resfriarme" y continuamos, como suelen hacer muchas personas,
pensando que hemos cogido un catarro con toda la serie de inconvenientes
que lo acompañan, estamos ofreciendo al resfriado incipiente un terreno
de cultivo donde desarrollarse. ¿Y quién no se ha entregado algunas
veces a una serie de reflexiones sobre las enfermedades en general y los
resfriados en particular? Trata uno de determinar el momento exacto en que se resfrió,
y decide con cierta satisfacción que este resfriado es
probablemente el resultado de haberse sentado el martes cerca de una
ventana abierta, o de haberse quedado el miércoles con un amigo que
tenía un resfriado, etcétera. Luego se acuerda de va-RIOS
llamados remedios, los cuales, sin embargo, han resultado ineficaces en
repetidas ocasiones. Empieza a preguntarse cuánto tiempo durará este
nuevo resfriado, suponiendo que diez días o quince serán su duración
apropiada. En ciertos casos, habiendo adquirido la costumbre de
atribuirles ciertas complicaciones, decide que puede resultar una
bronquitis, o un ensordecimiento general, o un mal de vientre, o
cualquier otra cosa. Tal como hemos visto, éste es el orden exacto en
que se producen todas estas cosas y, como consecuencia natural, ocurre
que en el mismo orden previsto los síntomas van dejándose ver.
Si tal persona tiene algún conocimiento general de la Verdad, después de
estar pensando de aquel modo por un tiempo, comenzará a aplicarse el
tratamiento espiritual de la mejor manera a su alcance. Pero ya el error
ha tomado mucho cuerpo porque le ha permitido atrincherarse, y le será
muy difícil entonces desembarazarse de su resfriado. En cambio, si al
estornudar o sentir escalofríos, hubiese rechazado inmediatamente la
idea de resfriarse, reclamando su poderío y afirmando la Verdad, eso
habría puesto fin al caso, o por lo menos, la molestia se habría pasado
al cabo de unas horas.
La misma regla vale para cualquier otra forma de error mental. Tanto las
dificultades de la familia como las de los negocios o cualquier cosa de
la vida diaria, deberán ser tratadas de igual manera. Supongamos que
cierto
día, al abrir las cartas en el correo de la mañana, encontramos malas
noticias financieras. Digamos, por ejemplo, que el banco en donde
depositamos la mayor parte de nuestro dinero ha quebrado. La actitud
general en tales casos es aceptar lo peor y estancarse en la mala
noticia. En semejante situación, muchas personas se saturarían
completamente con la idea de la bancarrota, pensando en ella día y
noche, y discutiendo todos los detalles y repasando las diversas
dificultades que podrán sobrevenir. Además, sentirían en muchos casos un
agudo resentimiento y condena hacia los ejecutivos del banco y hacia
todos aquéllos que pudieran ser los culpables. Pero incluso un
conocimiento rudimentario del poder del pensamiento nos permite percibir
los resultados inevitables de esta actitud mental. Sabemos que no puede
hacer más que aumentar y multiplicar nuestras dificultades.
Naturalmente, en tal caso todo discípulo sincero de Jesucristo
empezaría, tarde o temprano, a rechazar en su mente tales pensamientos
negativos y a sustituirlos por lo que está aprendiendo: la Ley Divina.
Puede ser, sin embargo, que, sorprendido por la precipitación y gravedad
del suceso, pase algún tiempo antes de que comience a ver el problema a
la luz de la Verdad; y es esta tardanza lo que complicará en gran medida
la dificultad. De acuerdo con Jesús, lo que conviene hacer al recibir
las malas noticias es volverse a Dios —el apoyo verdadero—, negarse a
aceptar los pensamientos de la pérdida y el peligro, y todos los que
tengan que ver con el resentimiento y el temor. Si así se hace con
persistencia hasta que se restablezca la tranquilidad mental, se
encontrará pronto fuera del peligro, de una manera u otra; la desgracia
se desvanecerá y el orden será restablecido. El banco recobrará su
crédito —y no hay razón alguna por la cual la oración de una sola
persona no pueda salvar de la ruina las fortunas de miles de personas y
al banco mismo— pero, si por alguna causa esto no ocurre, él recibirá
una suma igual o más grande que aquélla que perdió, y acaso de una
manera totalmente imprevista.
Este mismo principio puede aplicarse igualmente a todas las
dificultades, ya que la armonía universal es la Ley Verdadera de la
creación. Una disputa, una querella o una equivocación de cualquier
clase, deben ser tratadas de igual manera en el mismo momento en que
aparecen.
- Habéis oído que fue dicho:
- No adulterarás:
Mas yo os digo, que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón.
(MATEO V, 27-28)
En este párrafo inolvidable. Jesús da énfasis a la Verdad Magistral, tan
marcadamente fundamental, aunque ignorada de los hombres, de que lo que
importa de veras es el pensamiento. Los humanos están acostumbrados
desde siempre a creer que, en tanto que los actos se conformen a la ley,
ya se ha hecho todo lo que razonablemente podía esperarse de ellos, y
que los pensamientos y sentimientos son cosa de poca importancia, o que,
por lo menos, no importan sino al individuo. Pero ahora sabemos no sólo
que un acto es la consecuencia de un pensamiento, sino también que el
tipo de pensamientos a los que permitamos hacerse hábito en nuestra
mente irán, tarde o temprano, a expresarse en el plano de la acción.
Comprendemos ahora, a la luz de la Biblia, que nuestros pensamientos son
realmente actos, y que nuestra conducta depende en exclusiva de la
selección mental que hagamos de nuestros pensamientos. En otras
palabras, hemos aprendido que un pensamiento malo es tan destructivo
como un acto malo.
La consecuencia lógica de este hecho cierto es sorprendente. Si
codiciamos los bienes de un vecino somos en el fondo del corazón
ladrones, aunque todavía no hayamos metido la mano en el cajón; y si
continuamos guardando en la mente un pensamiento codicioso, será sólo
cuestión de tiempo el que cometamos el robo. Si nos complacemos en un
sentimiento de odio, somos realmente asesinos, aunque nuestras manos no
se hayan movido para matar. El que aun sólo mentalmente comete
adulterio, está corrompiendo su alma, a pesar de que su pensamiento
nunca se exprese en el plano físico. La lujuria, el recelo, el deseo de
venganza, no pueden existir en nosotros a menos que los aceptemos en el
alma; y en esa aceptación reside la malignidad del pecado, aun cuando
tales sentimientos no se hayan traducido todavía en actos exteriores.
"Guarda tu corazón con toda cautela, porque de él brotan manantiales de
vida. " (PROV, 4,23)
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