El Sermón Del Monte
La Llave Para Triunfar En La Vida
Emmet Fox
Índice
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Prefacio Capítulo 1 ¿Qué enseñó Jesús? Capítulo 2 Las Bienaventuranzas Capítulo 3 Como un hombre piensa Capítulo 4 No resistáis al Mal Capítulo 5 Tesoro en los Cielos Capítulo 6 Con la medida con que midiereis Capítulo 7 Por sus frutos El Padre Nuestro (Una interpretación) |
A mis estudiantes de Gran Bretaña a América, que han sido la inspiración y el estímulo de este libro...
Prefacio
Este libro es la esencia destilada de muchos años de estudios bíblicos y
metafísicos, y de las muchas conferencias que he impartido. Hubiera sido tarea
más fácil escribir una obra más amplia; pero mi objeto ha sido ofrecer al lector
un manual práctico de desarrollo espiritual, y con tal fin he condensado todo lo
posible la materia porque, como sabe muy bien todo estudiante, la concisión es
indispensable para alcanzar el dominio de cualquier asunto.
Que nadie imagine que es posible asimilar todo el contenido del libro en una
o dos lecturas. Es necesario repasarlo muchas veces para comprender a fondo el
sentido completamente nuevo de la vida y la gama de valores absolutamente
originales que el Sermón del Monte presenta a la humanidad. Sólo entonces se
experimentará el Nuevo Nacimiento.
El estudio de la Biblia no es distinto de la búsqueda de diamantes en África
del Sur. Al principio, los exploradores hallaban sólo unos pocos en el barro
amarillo, felicitándose por su buena fortuna, pensando que eso sería todo lo que
verían.
Luego, a medida que iban cavando capas más profundas, llegaron al limo azul y
quedaron maravillados al encontrar en un día tantas piedras preciosas como las
que antes habían obtenido en un año, y lo que antes les había parecido una gran
riqueza ahora resultaba insignificante en presencia del nuevo tesoro.
De igual manera, querido lector, en tu exploración de la Verdad en la Biblia,
procura no quedar satisfecho ante los primeros descubrimientos espirituales, los
del barro amarillo. Sigue hasta que puedas dar con el rico barro azul que se
halla en el fondo. La Biblia, sin embargo, difiere de los terrenos diamantíferos
por el hecho sublime de que debajo del limo azul aún quedan en ella más y más
estratos. Éstos son cada vez más ricos y esperan el contacto de la percepción
espiritual para toda la eternidad.
Sobre todo, mi buen lector, cuando leas la Biblia, afirma constantemente que
la Sabiduría Divina te va iluminando.
Es el camino para recibir la inspiración del Todopoderoso.
He seguido la conveniente práctica moderna a la que se acomodan muchos
autores de libros metafísicos y que consiste en usar mayúsculas en todos
aquellos términos que representen aspectos o atributos de Dios.
Capítulo 1
¿Qué enseñó Jesús?
JESUCRISTO es, sin duda, la figura más importante que jamás haya aparecido en
la historia de la humanidad. Esto hemos de admitirlo; no importa cómo le
consideremos. Ello es verdad así le llamemos Dios u hombre; y, si le
consideramos hombre, ya le tengamos por el más grande Profeta y Maestro del
mundo, o meramente como un bienintencionado fanático que, después de una efímera
y tempestuosa vida pública, sufrió el dolor, la ruina y el fracaso. Sea cual sea
nuestra interpretación, quedará el hecho incontrovertible de que su vida y su
muerte, así como las enseñanzas que se le atribuyen, han influido en el curso de
la historia más que las de cualquier otro hombre que jamás haya vivido. Mucho
más, incluso, de lo que lo hicieron Alejandro, o César, o Carlomagno, o
Napoleón, o Washington. Son muchas las personas influenciadas por sus doctrinas,
o al menos, por las que se le atribuyen; se escriben, leen y compran multitud de
libros acerca de Él; se pronuncian más discursos (o sermones) sobre su persona
que sobre todos los nombres mencionados juntos.
Él ha sido la inspiración religiosa de toda la raza europea durante los dos
milenios en que ésta ha dominado y moldeado los destinos del mundo entero —tanto
cultural, como social, como políticamente—, y durante el período en que toda la
superficie terrestre fue por fin descubierta y ocupada y sus rasgos salientes
trazados por la civilización.
Estos hechos lo colocan a El en el primer lugar de la importancia mundial.
No hay, por lo tanto, empresa más elevada que la de inquirir e investigar
acerca de Sus ideales.
- ¿Qué enseñó Jesús?
- ¿Qué quiso verdaderamente que creyésemos e hiciésemos?
- ¿Cuáles fueron los fines que albergaba en su corazón?
Y,
- ¿Hasta qué punto logró cumplir estos fines con Su vida y con Su muerte?
- ¿Hasta qué punto ha expresado o representado Sus ideas el movimiento llamado cristianismo, tal como ha existido durante los últimos diecinueve siglos?
- ¿Qué alcance tiene el mensaje que el cristianismo de hoy presenta al mundo?
Si Él volviese ahora,
- ¿Qué diría, en general, de las naciones que se llaman cristianas, y en particular de las iglesias cristianas, de los adventistas del Séptimo Día, de los anglicanos, los bautistas, los católicos, los cuáqueros, los griegos ortodoxos, los metodistas, los presbiterianos, los salvacionistas o los unitarios?
- ¿Qué fue lo que enseñó Jesús?
Éstas son las preguntas que tengo intención de responder en este libro. Me
propongo demostrar que el mensaje que nos trajo Jesús tiene un valor único
porque es la Verdad, la única explicación perfecta de la naturaleza de Dios y
del hombre, de la vida y del mundo, así como de la interdependencia que existe
entre ellos. Y lo que es más, encontraremos que Su enseñanza no es una mera
apreciación abstracta del universo, lo cual sólo tendría un interés académico,
sino que constituye un método práctico para el desarrollo del alma,
un método que nos sirve para reformar nuestra vida y nuestro destino, de
manera que podamos hacer de ellos lo que queramos.
Jesús nos explica lo que es la naturaleza de Dios y lo que es nuestra propia
naturaleza; nos habla del significado de la vida y de la muerte; nos enseña por
qué cometemos errores; por qué caemos en la tentación; por qué enfermamos y nos
empobrecemos, por qué nos hacemos viejos; y, lo que es más importante, nos dice
cómo pueden ser vencidos todos estos males, y cómo podemos traer salud,
felicidad, y prosperidad verdadera a nuestras vidas y a la vida de los que nos
rodean, si ellos lo desean realmente.
Lo primero que tenemos que comprender es un hecho de importancia fundamental,
porque significa romper con los puntos de vista ordinarios de la ortodoxia. La
verdad es que Jesús no enseñó teología alguna. Su enseñanza es enteramente
espiritual o metafísica. El cristianismo histórico, desafortunadamente, ha
puesto su mayor atención en las cuestiones teológicas y doctrinales, las que,
por extraño que parezca, no tienen nada que ver con la enseñanza evangélica en
sí. Mucha gente sencilla se sorprenderá al comprobar que todas las doctrinas y
teologías de las iglesias son invenciones humanas, nacidas en la mente de sus
autores e impuestas a la Biblia desde fuera. Pero es así. No hay absolutamente
ningún sistema teológico o doctrinal que pueda ser hallado en la Biblia;
sencillamente ninguno. Personas honradas que sintieron la necesidad de obtener
cierta explicación intelectual de la vida, creyendo también que la Biblia era
una revelación de Dios al hombre, llegaron a la conclusión de que una debía
encontrarse dentro de la otra, y luego, más o menos inconscientemente, se
pusieron a crear aquello que querían encontrar. Pero les faltaba la llave
espiritual y metafísica. No estaban afirmados sobre lo que podemos llamar Base
Espiritual, y en consecuencia buscaron una explicación de la vida puramente
intelectual o tridimensional, y es imposible explicar la existencia con
semejante criterio.
La explicación verdadera de la vida del hombre descansa en el hecho de su
entidad esencialmente espiritual y eterna, y en que este mundo, y la vida que
intelectualmente conocemos, no son más que lo que muestra un corte en sección de
la verdad completa acerca de él. Y un corte en sección de cualquier cosa —sea
una máquina o un caballo— no puede damos ni tan siquiera una explicación parcial
de lo que es el todo.
Mirando a un rinconcito del universo —y eso con ojos entreabiertos— y
colocándose en un plano exclusivamente antropocéntrico y geocéntrico, los
hombres han creado absurdas y horribles fábulas acerca de un Dios limitado y
semejante al hombre, que rige su universo tal como un reyezuelo oriental, más
bien ignorante y bárbaro, que manejara los asuntos de su pequeño reino. A este
ser así creado se le atribuyen toda suerte de flaquezas humanas, tales como la
vanidad, la inconstancia, y el rencor. Luego surgió una leyenda forzada e
inconsecuente acerca del pecado original, la expiación por la sangre, el castigo
infinito por transgresiones finitas, y, en ciertos casos, se añadió una doctrina
increíblemente horrible de la predestinación al tormento eterno o a la felicidad
eterna. La Biblia no enseña ninguna teoría semejante. Y si estuviera en los
objetivos de la Biblia sostener tal cosa, ello aparecería claramente expuesto en
algún capítulo u otro, pero no es así.
El "Plan de Salvación" que figuraba con tanta prominencia en los sermones
evangélicos y en los libros de teología de la pasada generación, es tan
desconocido para la Biblia como lo es para el Corán. Nunca hubo tal plan en el
universo, y la Biblia no lo expone en ninguna manera. Lo que ha sucedido es que
algunos textos oscuros del Génesis, ciertas frases sacadas acá y allá de las
epístolas de San Pablo y unos cuantos versículos aislados de otras partes de las
Sagradas Escrituras, han sido entresacados y reunidos por los teólogos para
sostener la clase de doctrina que a su parecer debería encontrarse en la Biblia.
Jesús desconocía todo esto. Claro está que El no es en modo alguno como
Pollyanna o un optimista. Nos advierte, no ya una vez sino muchas, que la
obstinación en el pecado trae en verdad muy serias consecuencias, y que el
hombre que perdiere la integridad de su alma, aun cuando ganare el mundo entero,
resulta extremadamente necio. Por otra parte, nos enseña que somos castigados a
causa de nuestros propios errores, o mejor aún, son nuestros propios errores los
que nos castigan. Jesús nos enseña también que cada hombre o mujer, por
encenegados que estén en lo impuro y malo, tienen acceso directo a un Dios de
misericordia, paternal y todopoderoso, quien los perdonará y les proporcionará
Su propia fortaleza para ayudarles a descubrirse de nuevo a sí mismos, setenta y
siete veces si es necesario.
Jesús ha sido también mal comprendido y mal representado en varias otras
maneras. Por ejemplo, no hay ningún fundamento en su enseñanza sobre el cual
establecer determinada forma de eclesiasticismo, jerarquía, o tal o cual sistema
ritualista. Él no autorizó semejante cosa, y, de hecho, todo el contenido de su
pensamiento es definitivamente antieclesiástico. A través de toda su vida
pública lo vemos frente a los clérigos y demás oficiales religiosos de su propio
país. Por eso ellos se le opusieron y lo persiguieron después, llevados por un
instinto de propia conservación —instintivamente sintieron que la Verdad, tal
como Él la exponía, anunciaba el fin de su poderío, y más tarde le hicieron
matar—. Él pasó por alto la pretendida autoridad que tenían ellos como
representantes de Dios; y hacia su ritual y ceremonias no mostró otra cosa que
impaciencia y desprecio.
Parece ser que, en materia religiosa, la naturaleza humana está más
predispuesta a creer en aquello que quiere que en tomarse el trabajo de
escudriñar las Escrituras con una mente abierta. Hombres realmente sinceros, por
ejemplo, se han abrogado el papel de guías del cristianismo con los más
imponentes y pre-suntuosos títulos, y después se han vestido de hábitos
elaborados y magníficos para impresionar así a las gentes, pese a que su
Maestro, en el más claro lenguaje, ordenó estrictamente a Sus discípulos que no
hiciesen nada de eso "Pero vosotros
no os hagáis llamar Rabbí, porque uno solo es vuestro maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos" (MATEO 23:8). Denunció a los
fariseos como hipócritas.
Jesús, como veremos más adelante, no sancionó nunca la importancia de
ceremonias rituales, ni de leyes rígidas, ni de ordenanzas severas de ninguna
clase. En lo que sí insistió fue en que cierto espíritu prevaleciera en la
conducta de uno, siendo cuidadoso en enseñar sólo
principios, sabedor de que cuando el
espíritu es recto los detalles lo serán en consecuencia, "la letra mata pero el
espíritu vivifica", según lo demostraba el triste ejemplo de los fariseos. Sin
embargo, a pesar de esto, la historia del cristianismo ortodoxo se compone en su
mayor parte de esfuerzos encaminados a hacer observar a los fíeles toda clase de
ritos externos.
Un ejemplo lo tenemos en los puritanos, al querer imponer a los
cristianos el sábado de los judíos como día de descanso, a pesar de que las
leyes sabáticas eran una ordenanza puramente hebraica. También lo tenemos en los
crueles castigos sufridos por los que descuidaban lo referente exclusivamente a
la profanación del sábado; y a pesar del hecho de que Jesús no miraba con
simpatía la observancia supersticiosa del sábado, diciendo que el sábado fue
hecho para el hombre y no el hombre para el sábado, e insistiendo en hacer
cualquier cosa que creyera oportuno en ese día. A través de Su enseñanza se
advierte claramente que el hombre debe hacer de cada día un sábado espiritual,
pensando y conduciéndose de una manera espiritual.
Es obvio, pues, que si el sábado hebreo fuera todavía impuesto a los
cristianos, como éstos no guardan su observancia sino la del domingo, aún
estarían incurriendo en las mismas consecuencias de quebrantarlo.
Muchos cristianos modernos, sin embargo, se dan cuenta de que no hay ningún
sistema de teología en la Biblia, a menos que se quiera ponerlo allí de forma
deliberada, y han renunciado casi por completo a la teología; pero todavía
cuentan con el cristianismo porque sienten intuitivamente que es la Verdad. En
realidad, su actitud carece de justificación lógica puesto que no poseen la
Clave Espiritual, que hace inteligible la enseñanza de Jesús, y por eso tratan
de racionalizar su actitud de diversas maneras. Tal es el dilema de quien no
posee ni la ciega fe de la ortodoxia, ni la interpretación espiritual y
científica de la Biblia.
Se encuentra sin sostén en todo aquello que no
pertenece a la vieja Escuela Unitaria. Si no rechaza del todo los milagros,
siente gran incomodidad con respecto a ellos; le desconciertan y quisiera que no
apareciesen en la Biblia, se alegraría mucho si los pudiera dejar de lado.
Un bien conocido clérigo ha publicado recientemente una
Vida de Jesús que ilustra cuán falsa es
esta posición. En este libro el autor concede la posibilidad de que Jesús curase
a algunas personas o les ayudase a curarse a sí mismas; pero nada más. Niega
rotundamente los otros milagros. Según él, éstos no fueron más que las
acostumbradas leyendas que se forman alrededor de todos los grandes personajes
de la historia. Cuando ocurría la tempestad en el lago, por ejemplo, los
discípulos se hallaban en extremo asustados, hasta que se acordaron de Jesús, y
este pensamiento sólo sirvió para calmar sus temores. Este hecho fue exagerado
más tarde hasta convertirse en una historia absurda que describía a Jesús mismo
andando sobre las aguas para acercarse al barco.
En otra ocasión, sigue el mismo
autor, parece que Jesús reformó a un pecador, levantándole de una sepultura de
pecados, y esto, años después, llegó a ser una leyenda ridícula en que se relata
la resurrección de un muerto. Otra noche, mientras Jesús oraba fervorosamente,
su rostro se iluminó con un extraordinario resplandor, y Pedro, que se había
dormido, se despertó sobresaltado. Años después Pedro refería, en un cuento
confuso, cómo le pareció ver a Moisés en aquella ocasión. Así se creó la leyenda
de la Transfiguración, y tal es el origen de otros y otros ejemplos semejantes.
Por supuesto, debemos escuchar con compasión los argumentos sinceros de un
hombre que se halla impresionado por la belleza y el misterio de los Evangelios,
pero, faltándole la Clave Espiritual, cree sentir que su sentido común y toda la
erudición científica de los hombres están en contradicción con el contenido de
esos Evangelios. Pero no es tan sencillo. Si los milagros no sucedieron
realmente, todo el resto de los Evangelios pierde su significación real. Si
Jesús no creyó que fuesen posibles, tratando de llevarlos a cabo —nunca, es
cierto, por ostentación, pero sí constante y repetidamente—, si Él no creyó y
enseñó muchas cosas en franca contradicción con la filosofía racionalista de los
siglos dieciocho y diecinueve, entonces el mensaje de los Evangelios es caótico,
contradictorio y carente de todo significado.
No podemos eludir este dilema
diciendo que Jesús no estaba interesado en las creencias y supersticiones de su
tiempo, y que las aceptó más o menos pasivamente porque lo que le interesaba en
verdad era el carácter. Éste es un
argumento débil, porque este carácter debe incluir una comprensión de la vida
inteligente y vital a la vez. Asimismo debe incluir ciertas creencias y
convicciones definidas acerca de las cosas de importancia valedera.
Pero los milagros sí ocurrieron. Todos los hechos que los cuatro Evangelios
relatan de Jesús sucedieron, y muchos más. "Muchas otras cosas hizo Jesús, que si se escribiesen una por una,
creo que este mundo no podría contener los libros" (JN. 21:25).
Jesús mismo justificó con sus obras lo que la gente estimó ser una extraña y
maravillosa enseñanza; pero Él fue aún más lejos y dijo refiriéndose a aquellos
que estudian y practican sus enseñanzas: "Las cosas que hago las haréis, y
muchas más aún."
Después de todo, ¿qué es un milagro? Los que niegan la posibilidad de los
milagros apoyándose en el argumento de que el universo es un sistema de leyes
que funcionan perfectamente sin que quepa el más mínimo fallo, están en lo
cierto. Pero olvidan que el mundo que conocemos a través de los cinco sentidos,
y cuyas leyes son las únicas conocidas por la mayoría de los hombres, no es más
que un pequeñísimo fragmento de todo el universo existente en la realidad, y que
cada ley está subordinada a otra superior en un sentido de menor a mayor. Ahora
bien, el recurrir de una ley inferior a otra superior no es realmente quebrantar
la ley, porque la posibilidad de tal cosa cabe dentro de la constitución suprema
del universo. Por eso, en el sentido correcto de lo que la violación de una ley
implica, los milagros no son posibles. Empero en el sentido de que todas las leyes ordinarias y las limitaciones corrientes de lo físico
pueden ser abrogadas y contrarrestadas por algo más alto que las comprenda, los
milagros, en el sentido coloquial de la palabra, no solamente son posibles sino
que pueden ocurrir y ocurren.
Supongamos, por ejemplo, que un lunes nuestros asuntos se encuentran en tal
condición que, humana-mente hablando, es seguro que antes que la semana termine
se producirán determinados cambios. Puede tratarse de cuestiones legales, acaso
alguna dura resolución judicial o problemas físicos en nuestra salud corporal.
Puede que una alta autoridad médica haya decidido que es indispensable una
operación muy delicada, o aún más, que estime su deber decir al paciente que no
hay esperanzas de que recobre su salud. Ahora bien, si en presencia de tales
condiciones el sujeto en cuestión pueden elevar su conciencia por encima de las
limitaciones del plano físico —lo cual no es más que una enunciación científica
de lo que hacemos cuando oramos— las condiciones de ese plano serán cambiadas, y
de un modo del todo imprevisto e imposible normalmente, las trágicas
consecuencias esperadas se desvanecerán. La sentencia legal no se pronunciará,
el paciente se recuperará en lugar de tener que sufrir la operación o de morir,
y las cosas se arreglarán para el provecho de todos.
En otras palabras, los milagros, en el sentido corriente de la palabra,
pueden suceder y, en efecto, suelen suceder como resultado de la oración.
La oración tiene realmente el poder de
cambiar las cosas. Sí, gracias a la oración, las cosas pueden venir en forma muy
diferente a como hubieran venido de no haberse orado. No importa cuál sea la
dificultad que enfrentamos; no importan las causas que la hayan producido.
Suficiente oración barrerá la dificultad; solamente debemos ser perseverantes en
nuestra apelación a Dios.
La oración, sin embargo, es al mismo tiempo una ciencia y un arte; y fue a la
enseñanza de esta ciencia y de este arte que Jesús dedicó la mayor parte de su
ministerio. Los milagros de los Evangelios sucedieron porque Jesús tenía aquella
comprensión espiritual que le daba un poder en la oración superior al que nadie
había tenido jamás.
Encontramos otro intento de interpretar los Evangelios digno de tomarse en
cuenta, que es el de Tolstoi. Éste trató de presentar El Sermón del Monte como
una guía práctica de vida, tomando sus preceptos literalmente y pasando por alto
la interpretación espiritual de la cual no era consciente; asimismo hizo
exclusión del Plano del Espíritu en el cual no creía. Aceptando de la Biblia
sólo los cuatro Evangelios y suprimiendo de ellos los milagros, hizo un esfuerzo
tan heroico como vano de armonizar cristianismo y materialismo, y, por supuesto,
fracasó. Su verdadero lugar en la historia resulta así no el del fundador de un
nuevo movimiento religioso, sino el del genio cuyo anarquismo práctico abrió el
camino a la revolución bolchevique tal como Rousseau preparó el advenimiento de
la Revolución Francesa.
Es la Clave Espiritual lo que revela el misterio del contenido de la Biblia
en general, y de los Evangelios en particular. Es esa Clave o interpretación
espiritual lo que nos explica los milagros, y nos muestra cómo Jesús los hizo
para probamos que nosotros también podíamos hacerlos y libramos así del pecado,
de la enfermedad y de las limitaciones. Con esa Clave podemos prescindir de las
inspiraciones de la elocuencia, y deshacemos de interpretaciones de la Biblia
literales y supersticiosas, y no obstante entender que es ella el más preciado y
auténtico tesoro que posee la humanidad.
Desde fuera, la Biblia es una colección de documentos inspirados que fueron
escritos a través de siglos por hombres de todos los tipos y en circunstancias
diversas. Muy contados de estos documentos que han llegado a nosotros son
originales; en su mayoría se trata de redacciones y compilaciones de fragmentos
más antiguos, y el nombre de los autores rara vez se sabe con seguridad. Esto,
no obstante, no afecta en lo más mínimo al propósito espiritual de la Biblia;
sino que en realidad carece de importancia. El libro, tal como lo tenemos, es
una fuente inagotable de la Verdad espiritual, no importan los caminos por los
que ha llegado a su forma presente. El nombre del autor de un capítulo
cualquiera no tiene más interés que el de su amanuense a quien tal vez se lo
hubiera dictado. La Sabiduría Divina es el autor, y eso es todo lo que nos
importa. La exégesis o alta crítica se ocupa exclusivamente del aspecto externo,
de la letra de las Escrituras, pasando por alto su contenido profundo, y tal
crítica carece de valor desde el punto de vista espiritual.
El mensaje profundo de la Biblia nos es presentado a través de formas
diversas: historia, biografía, así como lírica y otras formas poéticas; pero
sobre todo se emplea la parábola para expresar la verdad espiritual y
metafísica. En ciertos casos, lo que nunca había sido destinado a ser más que
una parábola, fue interpretado literalmente durante algún tiempo; de ahí que a
menudo haya parecido que la Biblia enseña cosas en completa contradicción con el
sentido común. Un ejemplo de esto lo tenemos en la historia de Adán y Eva en el
Jardín del Edén. Interpretado correctamente, este relato es tal vez la más
maravillosa de todas las parábolas. No fue el objeto del autor presentar esta
historia como verídica, pero muchos la han tomado así, dando origen a toda una
serie de absurdas consecuencias.
La Clave o interpretación espiritual de la Biblia nos libera de todas estas
dificultades, dilemas y aparentes inconsecuencias. Al mismo tiempo, nos evita
caer en las falsas posiciones del ritualismo, del evangelismo y también del
llamado liberalismo, porque nos da la Verdad. Y la Verdad viene a ser nada menos
que la sorprendente pero innegable realidad de que todo el mundo exterior —sea
el cuerpo físico o las cosas comunes de la vida, los vientos y la lluvia, las
nubes, la tierra misma— está sujeto al pensamiento del hombre, y que él puede
dominarlo cuando adquiere conciencia de ello. El mundo exterior, lejos de ser
una prisión de circunstancias como comúnmente se le supone, no tiene en realidad
ningún carácter propio, ni bueno ni malo. Su carácter es ni más ni menos que el
que nuestros pensamientos le dan. Es plástico a nuestro pensamiento,
cuya forma toma, y ello es cierto, entendámoslo o no, querámoslo o no.
Los pensamientos que a lo largo del día ocupan nuestra mente, nuestro lugar
secreto, están modelando nuestro destino hacia lo bueno o hacia lo malo.
Verdaderamente, toda la experiencia de nuestra vida no es más que la proyección
externa de nuestro pensamiento.
Ahora bien, está en nosotros elegir la clase de pensamientos que albergamos
en nuestro receptáculo mental. Acaso sea difícil cambiar el rumbo ordinario de
nuestro vicioso modo de pensar, pero puede hacerse. Podemos escoger la índole de
nuestros pensamientos —y en efecto, siempre lo hacemos así—, por consiguiente,
nuestras vidas son justamente el resultado de nuestra selección mental. Son, por
lo tanto, la hechura de lo que nosotros mismos hemos dispuesto, y en
consecuencia, existe perfecta justicia en el universo. No existen sufrimientos
como consecuencia del pecado original de otro, sino que recogemos la cosecha que
nosotros mismos hemos sembrado. Poseemos libre albedrío, pero este albedrío
descansa en nuestra selección mental.
Tal es la esencia de lo que Jesús enseñó. Ello es, como veremos, el mensaje
fundamental de toda la Biblia, pero no está expresado con igual claridad a
través de toda ella. En los primeros fragmentos del libro brilla tenuemente como
la luz de una lámpara envuelta en velos, pero a medida que pasa el tiempo los
velos van desapareciendo sucesivamente y la claridad de la luz va haciéndose más
fuerte, hasta llegar a los pasajes de Jesucristo en que la luz alcanza su máxima
pureza y resplandor. La Verdad nunca cambia, lo que cambia es la comprensión que
de ella tienen los hombres. A través de los siglos esta comprensión ha ido
mejorando. En verdad, lo que llamamos progreso no es más que la expresión
exterior correspondiente a la idea cada vez más adecuada y amplia que se van
formando los hombres de Dios.
Jesucristo recapituló esta Verdad, la enseñó cabalmente y a fondo, y sobre
todo la encarnó, es decir, la demostró en su propia persona. Ahora muchos de
nosotros podemos comprender intelectualmente lo que debe significar la plenitud
de este mensaje, de lo que sucedería si se llegara a alcanzar una comprensión
completa del mismo. Pero lo que podemos demostrar es algo muy diferente. Aceptar
la Verdad es el primer paso, pero poco hemos adelantado hasta que no la probemos
en nuestras acciones cotidianas. Jesús demostró todo lo que enseñó, hasta la
victoria sobre la muerte en lo que llamamos la Resurrección. Por razones que no
viene al caso explicar aquí, sucede que cada vez que superamos una dificultad
por medio de la oración prestamos una ayuda a toda la raza humana en general,
presente, pasada y futura; y la ayudamos a vencer esa misma clase de dificultad
en particular. Jesús, al vencer toda suerte de limitaciones a que la humanidad
vive sujeta, y en particular venciendo a la muerte, llevó a cabo una obra de un
valor único e incalculable y por eso es lícito lla-marle Salvador del mundo.
En una ocasión de su ministerio que estimó conveniente, Jesús quiso reunir y
expresar toda su enseñanza en una serie de discursos, que probablemente le
llevaron varios días, hablando quizá dos o tres veces al día. Este ordenamiento
ha sido comparado en ocasiones y con bastante exactitud, a cierto sistema de
escuelas de verano que tenemos hoy día.
Jesús aprovechó aquella oportunidad para hacer un resumen de su mensaje o, lo
que es lo mismo, para poner los puntos sobre las íes, como se dice vulgarmente.
Es natural que muchos de los presentes tomaran apuntes, los cuales fueron más
tarde debidamente reunidos y ordenados como el Sermón del Monte. Cada uno de los
cuatro evangelistas recogió material de aquel sermón de acuerdo con sus puntos
de vista personales, y es Mateo quien nos da la versión más completa y
coherente. La presentación que él nos ofrece es una codificación casi perfecta
de la religión de Jesucristo, y es por esa razón que se ha escogido la versión
de Mateo como texto fundamental para este libro. Mateo contiene lo esencial; es
personal y práctico; es conciso y específico, y no obstante su enseñanza es
pictórica de luz. Una vez que el sentido de sus conceptos ha sido debidamente
comprendido, no falta sino ponerlos fielmente en práctica para obtener enseguida
los resultados. La importancia y el alcance de tales resultados estarán en
relación directa a la sinceridad y constancia con que sus instrucciones sean
aplicadas. Ésta es una cuestión individual que cada uno tiene que responderse a
sí mismo "nadie puede salvar el alma de su hermano, o pagar la deuda de su
hermano". Podemos y debemos ayudamos unos a otros en determinadas ocasiones,
pero es menester que cada uno de nosotros aprenda a hacer su propio trabajo y a
dejar de pecar, antes que pueda sucederle una cosa peor.
Si lo que deseamos realmente es cambiar nuestras condiciones de vida; si
realmente queremos transfor-mamos; si de verdad anhelamos la salud, la serenidad
y el cultivo espiritual, debemos poner nuestra mira en el Sermón del Monte,
porque allí Jesús nos dice lo que tenemos que hacer. La tarea no es fácil, pero
estamos seguros de que puede realizarse porque otros lo han hecho. Mas es
necesario pagar el precio, y éste consiste en aplicar estrictamente los
principios de Jesús en cada aspecto de la vida y en cada hecho cotidiano, tanto
si sentimos el deseo de hacerlo como si no, y especialmente en aquellos casos en
que nos sentimos inclinados a no hacerlo.
Si estamos dispuestos a pagar ese precio, entonces el estudio de este
magnífico Sermón del Monte se convertirá para nosotros verdaderamente en el
Monte de la Liberación.
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